¡Ay, chica, si supieras lo que me pasó anoche! No, espera, déjame empezar por el principio, porque esto es de locos. Me llamo Tracy, tengo 27 años, y en el instituto soy la reina del deporte sin quererlo. Corro como el viento, lanzo el peso más lejos que nadie, nado como un pez… pero ¿competiciones? Ni de coña. ‘¡No, no y no! Dejadme en paz con vuestras medallas y banderas’, les digo a los profes cada vez que insisten.
Ese día, salgo echando leches del gimnasio, cabreada. Y ahí está él, mi crush, esperándome con esa sonrisa tonta. ‘¿Todo bien?’, me pregunta. ‘Si me hablas de carreras, te parto la cara’, le suelto. Se ríe. ‘Solo quería confirmar lo de esta noche. Cine, ¿no?’. Le miro, esos ojos… ‘Sí, pero el cine me la suda. Quieres estar conmigo, admítelo’. ‘Un poco, sí’, confiesa. Me acerco y le planto un beso suave, labios contra labios, su aliento cálido a chicle de menta.
La chica que rechaza las competiciones
En el cine, ni miro la pantalla. Nuestras lenguas se enredan, húmedas, calientes, saboreando saliva dulce. Salimos y le cojo de la cintura, aunque soy yo la que le sostiene, mi cuerpo duro como roca contra el suyo blando. Le aprieto contra un callejón oscuro, mis tetas aplastadas en su pecho, suaves, hinchadas de deseo. Intenta meter mano en mis pantalones. ‘Despacio, ¿eh? No quememos etapas’, le digo, pero yo le meto la lengua hasta la garganta, gimiendo bajito.
Pasan días. Besos, caricias, pero nada más. Estoy caliente como el infierno, pero… Dylan, mi ex, muerto hace meses, masacrado. No fue culpa mía, ¿o sí? No, calla. ‘Quiero más’, le digo un día. ‘Yo también, pero es complicado’. ‘¿Dylan?’. ‘Sí, y más. Mira, te chupo la polla cuando quieras, pero nada de follar’. Antes de que proteste, me arrodillo. Abro su bragueta, saco esa verga tiesa, venosa, oliendo a hombre sudado. La lamo despacio, lengua plana en el glande, salado, hinchado. La engullo, succiono fuerte, mis labios apretados, slurp slurp, su gemido ronco. Me la traga hasta la garganta, mi fuerza la aprieta, bolas contra mi barbilla. Explota, leche caliente, espesa, en mi boca. La muestro en la lengua, blanca, viscosa, y la trago con un glup sonoro. ‘Joder, qué buena estás’, jadea él.
Pero no me basta. Quiero correrme yo también. ‘No penetres, porfi’, insisto. ‘¿Vírgen?’. Río. ‘Qué va, llevo años follada’. Le prometo que si me pide follar, no lo haré. Absurdo, pero vale. Esa noche, en mi casa, cena romántica, velas parpadeando, olor a pasta y vino. No como mucho, mi cuerpo no lo necesita. ‘Tengo ganas ya’, digo. Nos desnudamos. Mi piel firme, músculos tensos, tetas redondas, pezones duros. Mi coño, peludo, negro, húmedo.
‘¡Sin polla dentro!’, repito. Le dejo tocar. Sus manos en mi vientre plano, duro como acero. Dedos en mis labios vaginales, empapados, resbaladizos, olor almizclado subiendo. ‘¿Un dedo?’. ‘Dos’. Me lo mete, mi coño aprieta, crujiendo casi sus nudillos. Gimo, ‘¡Más!’. Le cojo la mano y me lo clavo hasta el fondo, jugos chorreando. Me lame las tetas, pezones chupados, tirones suaves. Dedos en mi clítoris, hinchado, eléctrico. Me corro, rugido gutural, caderas temblando.
El sexo que casi nos mata
No para. Boca en mi coño, lengua abriendo pelos rizados, olor fuerte a excitación, gusto salado-agrio. Lametazos en el clítoris, chasquidos húmedos, mi clítoris palpitante. Otro orgasmo, olas brutales, grito animal, jugos en su cara. Se levanta, mirada salvaje en mí. ‘¡Tracy, prometiste!’. Pero ya es tarde. Le tiro al colchón, brazos abiertos. Me empalo en su polla, ¡zas!, dura, estirándome. Aprieto, follo salvaje, slap slap de carne. Él grita de placer y dolor, hombro dislocado. Me corro, ordeñándolo, semen caliente inundándome.
‘Mierda, te he roto’, digo, tocando su hombro. Le pego un puñetazo al muro por rabia, plof, yeso astillado, mi mano intacta. ‘Al hospital’. Allí, hombro recolocado. ‘Dime tu secreto’. ‘No, soy peligrosa’. Semanas después, vuelvo con esposas de policía. ‘Ahora no me escapas’. Se las pongo, polla en mi boca primero, luego le chupo yo. No, él me lame: lengua en mi coño, slurp slurp, orgasmo rugiente. ‘Fóllame, con esposas’. Me penetra despacio, su polla gruesa abriéndome, sensaciones de plenitud, calor. Gimo, ‘¡Sí, joder!’. Aprieto controlado, él bombea, slap slap, sudor oliendo a sexo. Eyacula dentro, chorros calientes, yo exploto.
Funciona. Follando siempre con esposas. Un día, lo ato con dos pares al cabecero metálico. Me folla, orgasmo brutal. Desato una, error fatal. Orgasmo segundo, me vuelvo fiera: ojos rojos, baba, rugidos. Le persigo, arrastrando la cama entera, ¡crash! Puerta bloqueada. Agarro un cubo de agua fría, splash en su cara. Se calma, llora. ‘Mañana te explico todo’.
Al día siguiente, en el labo policial, le doy un pelo. Análisis: ‘No humano. Primo lejano, no gorila’. Le cuento: adoptada en Tibet, padres biológicos muertos por hemorragia nasal. Volví, encontré mi tribu. ‘Soy Neanderthal’. Fuerza primitiva, instinto: follar para reproducir o matar al compañero si no hay cría. Maté a Dylan así. ‘Te quiero, pero te mataré’. Sangre de nariz, colapso. Consanguinidad. En el hospital, muere. ‘Error de la naturaleza’, su nota. La echo de menos, su polla, su amor. Pero soy un peligro.