Nosotras tres nos metimos en la cama grande, todavía con la piel húmeda de la ducha caliente. El aire olía a jabón suave mezclado con ese aroma almizclado de sexo reciente. Anna en el medio, yo a su izquierda, Chloé a la derecha. Sus cuerpos desnudos rozaban el mío, cálidos, suaves. Sentía el peso de sus pechos contra mis brazos, los pezones aún duros por el fresco de la noche.
—Eh… chicas, ¿estáis seguras de que queréis dormir ya? —murmuró Anna con esa voz ronca que me pone la piel de gallina. Su mano ya bajaba por mi vientre, rozando mi clítoris hinchado.
Del jacuzzi a la cama grande
Chloé soltó una risita aguda, esa que suena como un gemido. —Yo no podría dormir con este calor entre las piernas. Venga, déjame olerte…
Me giré un poco hacia Anna. Sus labios encontraron los míos, beso húmedo, lengua jugosa con sabor a rhum del baba. Oía el chapoteo suave de las lenguas, mi saliva mezclándose con la suya, dulce y salada. Chloé se pegó por detrás, su aliento caliente en mi nuca, olor a menta de su chicle. Sus dedos pequeños se colaron entre mis nalgas, buscando ese hueco aún sensible del plug que había tenido antes.
—¿Te gustó el pluguito, amor? —me susurró Anna al oído, mientras pellizcaba mi pezón izquierdo. Lo rodaba entre pulgar e índice, tirando suave, enviando chispas directas a mi coño. Gemí bajito, un ‘ahh’ que vibró en mi garganta.
—S-sí… me abría toda, sentía cada pulgada presionando dentro. Pero ahora… quiero algo más grande.
Chloé rio de nuevo. —¡Yo te lo doy! Mira cómo estoy de mojada todavía. —Abrió las piernas, su pubis rojo fuego brillando bajo la luz tenue. El olor subió fuerte, almizcle femenino, cyprine espesa goteando por sus muslos delgados.
Anna se incorporó un poco, apoyada en el codo. Sus tetas grandes se balanceaban, pezones oscuros erectos. Bajó la cabeza y lamió el clítoris de Chloé, un lametón largo, ruidoso, ‘slurp’. Chloé arqueó la espalda, chilló: —¡Dios, sí! Chupa más fuerte, Anna…
Yo no aguanté. Me arrodillé entre las piernas de Anna, abrí su coño maduro con los dedos. Labios hinchados, rosados, jugo claro saliendo a borbotones. Olía a mar, a deseo puro. Metí la lengua plana, saboreando esa salinidad agria. Ella gimió contra el sexo de Chloé, vibraciones que nos recorrieron a todas.
—Joder… tu lengua es mágica —jadeó Anna, empujando sus caderas contra mi cara. El sudor perlaba su piel, gotas saladas cayendo en mi boca.
Chloé se movió rápida, sus manos expertas en mi culo. —Déjame probar tu culito otra vez. —Escupió en su dedo, lo frotó en mi ano dilatado. Entró fácil, resbaladizo, caliente. Lo movió en círculos, tocando paredes sensibles. Yo empujé hacia atrás, queriendo más, gimiendo con la boca llena del coño de Anna.
Placeres intensos bajo las sábanas
Cambiamos posiciones. Yo tumbada boca arriba, piernas abiertas como una puta en oferta. Anna se sentó en mi cara, su peso aplastándome deliciosamente. Coño empapado chorreando en mi boca, sabor intenso, cyprine espesa como crema. Lamía voraz, succionando su clítoris grande, hinchado como una mini polla.
Chloé montó mis caderas, frotando su raja peluda contra mi clítoris. Sensación eléctrica, resbaladiza, calor húmedo. —¡Mira cómo te corro! —dijo, moviéndose rápido, ‘chap chap’ de jugos mezclados.
Anna rebotaba, tetas golpeando, sudor goteando en mi pecho. —¡Voy a correrme! ¡Chúpame el culo también! —Bajó un poco, abrí su ano con la lengua. Sabor terroso, salado, prohibido. Ella gritó, cuerpo temblando, chorro caliente salpicándome la cara.
No paré. Chloé metió dedos en mi coño, uno, dos, tres… luego la mano entera. Plenitud total, estirándome, llenándome. —¡Relájate, déjame entrar toda! —Empujó, resbalón húmedo, puño dentro. Movía suave, tocando puntos que explotaban placer. Olor a sexo fuerte, aire cargado de gemidos.
Orgasmos en cadena. Primero Chloé, chillando alto, squirt salpicando sábanas. Luego yo, piernas temblando, coño contrayéndose alrededor de su puño, chorros de cyprine saliendo. Anna ya había ido, pero volvió a correrse viéndonos.
Agotadas, nos derrumbamos. Cuerpos pegajosos, olores mezclados: sudor, cyprine, pipí residual de antes. Besos suaves, risas cansadas.
—¿Véis la luz en casa de Paula? —dijo Anna, señalando la ventana. —Seguro que nos oyó…
Chloé sonrió pícara. —Mañana la invito. Sería la hostia.
Nos dormimos así, enredadas, soñando con más.