Me llamo Alejandra y tengo veintiocho años. Hace poco más de un año, acababa de tener mi segunda hija, dos años después de mi hijo. Mi vida parecía perfecta: niños deseados, pausa en mi carrera para cuidarlos y disfrutar con mi marido. Pero… ay, qué ilusión más tonta.
Después de unas semanas, el pañal y las rutinas me agobiaban. Mi trabajo me echaba de menos. Por las noches, esperaba que él me diera un poco de acción, pero llegaba muerto del curro, se tiraba en el sofá con la tele. Ni un beso, ni nada. Me cerré en mí misma. Salía poco, mis amigas desaparecieron. Pasaba horas en internet.
De ama de casa aburrida a adicta al placer prohibido
Nunca fui de sexo salvaje, educación católica, ¿sabéis? Me casé joven, virgen casi, con él. Sexo vainilla, sin infidelidades en mente. Pero un día, curiosear porros… uf, me escandalicé al principio. Luego, no pude parar. Descubrí fantasías que ni imaginaba. Me volví selectiva: porno chic, cuero negro brillante. Mi favorito: chicas guapísimas con botas hasta el muslo, mamando pollas enormes antes de que las follen sin piedad.
Compré en secreto botas de cuero negro, tacones altísimos, y un godemiché gordo como un brazo. Cuando llegó el paquete, corazón a mil. Niños a la siesta, me las puse. El cuero se pegaba a mis piernas como segunda piel, olor fuerte a nuevo, crujiente al moverme. Desnuda, solo botas, delante del espejo. Maquillaje: ojos negros intensos, labios rojos glossy. Poses: agachada, coño abierto, o de espaldas, manos en el culo. ¡Me sentía una diosa!
Puse mi vídeo top. Me senté en el sillón, botas sobre la mesa, piernas abiertas. Dedos en el coño húmedo, luego lamí el godemiché, saliva chorreando, mientras la actriz chupaba esa polla negra gigante. Gemidos del vídeo, mi lengua saboreando el látex salado. Cuando la penetra, yo igual: lo metí despacio, “¡ahhh!”, estirándome, fricción ardiente. Orgasmos rápidos, temblores por todo el cuerpo.
Luego, la escena que me mata: él la pone contra la mesa, levanta su pierna por el tacón, fustazo en el culo rojo. Yo a cuatro patas, godemiché hondo, “¡sí, joder!”, olores a sexo y cuero, sudor perlando mi piel. Grité tan fuerte que mordí el cojín. Eyaculaba él en su boca, yo exhausta en el suelo.
Esto se volvió adicción. Compré fusta, lencería de cuero, más juguetes locos. Marido ni se enteraba, y su apatía sexual me venía genial. Fines de semana, tortura sin mis sesiones.
Un día normal, vídeo de eslava en abrigo piel, botas altas, entra en piso pijo. Pareja madura la invita. Se quita el abrigo: desnuda total. Se abre de piernas en sofá, sorbo champagne mientras el tío le come el coño, lengüetazos sonoros, ella charlando como si nada. Él se desnuda, moja polla en champán, ella mama a cuatro patas, culo perfecto enfocado. Yo ya frotaba fuerte, clítoris hinchado, humedad chorreando botas.
Él gime, casi corre. La pone a perrito en sofá. ¡Pum! Ruido detrás. Apagué todo, corazón loco. Godemiché aún dentro, botas puestas. Silencio. Falsa alarma, pero desde entonces, puerta con llave.
Tres semanas después, cita con marido para ver piso nuevo. Él llega de curro, yo sola. Timbré, ascensor viejo crujiente. Puerta entreabierta, post-it: “Entra, estoy”. Vestíbulo vacío. Bruits al fondo, pasos sigilosos.
Sobre mesita: ¡mis botas, mi godemiché, fusta! ¿Qué coño? Empujo puerta… Mi marido, polla en boca de pelirroja con trenza, botas rojas hasta muslo, arrodillada.
“—Entra, cariño”, dice él sonriendo. “¿Sorprendida? Es lo que miras todas las tardes. Te traje tus juguetes, ¡juega como en casa!”
¿Sueño? Lágrimas, vergüenza. Él lo sabía, el ruido era él. Espía total.
“—No llores, mira. La voy a follar por detrás, tu momento fave.”
La trampa de mi marido: sexo en vivo con botas y cravache
Ella se gira, joven, sonrisa pícara, mano en coño depilado. Perro: él fusta su raja, cuero silbando, marcas rojas. Yo hipnotizada.
“—Ponte las botas, puta, y mastúrbate mientras me follo a esta perra.”
Temblando, me desnudo, botas on. Él ya dentro de ella, embestidas húmedas, “ploc ploc”, olores a sexo intenso, sudor, cuero caliente. “Está buenísima, mama de lujo. Follarla delante tuyo… divino.”
Mano en coño, jugo espeso. Dudé, pero…
“—Tócate, no te dé vergüenza. Ahora la enculo. Tú no te dejas, pero ella ama. ¿Verdad, Noemí?”
“—Sí, sobre todo fuerte”, gime ella.
“—Olvidé: ella es Noemí. Esta es Alejandra, mi mujer, fan de botas y porros.”
Glande en ano, empuja lento, ella aúlla placer. Él tira trenza como riendas, cabeza atrás. Clins d’œil a mí, lengua labios, tetas masajeadas. Yo: vergüenza, celos, pero coño ardiendo. Lágrimas rodando, tacón en mesa, godemiché hondo, fusta en pezones duros. Coulisando, “¡ah! ¡ah!”, vista de su polla entrando/saliendo ano.
Él pierde control, pica salvaje, bestial. Ella grita, ¿dolor? Espero que sí. Mi orgasmo explota: piernas flojas, grito mudo, mundo blanco.
Despierto: Noemí ida, él vestido. Me mira en suelo, fusta en mano. Me tiende mano, beso hambriento.
“—Fóllame”, suplico.
“—A cuatro patas.”
Obedezco. Fusta en coño, ano, azotes secos, ardor delicioso. Mordí labio, empapada. Pasos alejándose, puerta cierra. Sola, botas, godemiché listo. Sonrío.