Ay, chicas, no sé por dónde empezar… Acabo de llegar a casa después de mi primer día en ese manoir enorme y estoy aún temblando. Tengo 28 años, soy de Madrid, y siempre he fantaseado con ser la asistente perfecta, esa que obedece todo, que se entrega al deseo del jefe. Hoy lo viví. Llueve a cántaros cuando bajo del taxi en la entrada del dominio. Mis tacones de aguja se hunden en la grava mojada, pero avanzo, chorreando bajo el paraguas. Llevo un abrigo oscuro sobre un traje beige ajustado, falda ceñida que marca mis curvas, medias con ligueros que rozan mis muslos al caminar. Toco el timbre. La puerta se abre y ahí está él, alto, mirada intensa. “Buenas tardes, señor. Soy tu nueva asistente”, digo con voz suave, sonriendo, el corazón latiéndome fuerte.
Me hace pasar. El hall huele a madera vieja y cera. Mis tacones pican el suelo de mármol, clic-clac. Me quita el abrigo, sus manos rozan mis hombros desnudos. Bajo el traje, mi corsé blanco aprieta mis pechos, pezones ya duros por el frío y la excitación. “Estás preciosa”, murmura. Nos miramos, un silencio cargado. Ruborizo. “¿Desea un té, señor?”. Asiente y me guía al salón. Camino delante, sintiendo su mirada en mi culo, la cremallera de la falda tirante. Me siento en el sofá, cruzo las piernas, el roce de las medias susurra. Huele a su colonia, madera y algo más, deseo.
La llegada y el primer encuentro
Servimos el té. Hablamos. “Quiero servirte en todo, señor. Tus deseos son órdenes”. Sus ojos bajan a mis piernas, a la tira roja del liguero asomando. “Hay mucho trabajo, vida austera”. Sonrío: “Obedeceré sin dudar”. Me muestra mi oficina y boudoir. Subimos escaleras, mis tacones retumban. En el boudoir, rosa pastel, coiffeuse llena de cremas, perfumes dulces. El armario abierto: corsés, guêpières, tangas de encaje, medias con costura, zapatos de tacón altísimo. Negro, rojo, blanco. Guantes, velos. “Todo para ti, para ser perfecta”. Toco las telas suaves, huelo el cuero nuevo. “Me cambiaré para el té de las 17h, señor”.
Me deja sola. Cierro la puerta. Me desnudo despacio. El corsé rosa de encaje me aprieta la cintura, sube mis tetas. Tanguita roja mínima, hilos entre mis nalgas húmedas ya. Medias negras con costura, ligueros rojos tirantes. Falda negra corta, rayas burdeos, cardigan blanco. Sandalias con 13 cm de tacón, lazo negro en tobillos. Guantes negros de encaje, collar con “Puta” en letras doradas. Velo negro cubre mi cara, solo ojos y boca insinuada. Maquillo labios rojos brillantes. Huelo mi perfume, vainilla y almizcle. Camino, la falda roza mis muslos, tanga moja.
Toco a su puerta. “Estoy lista, señor”. Entro. Se queda mudo. Me planto, pose sumisa. Giro de perfil: falda con abertura trasera, ligueros dividiendo mis nalgas, string rojo visible. “¿Le gusta, señor? ¿Corrijo algo?”. Avanzo despacio, tacones suaves. Me siento frente a él, velo sube y baja con mi aliento caliente. “Tengo miedo de no complacerte”. Su mano toca mi cadera, sube a la guêpière. “Perfecta”. Guío su mano a mi coño, húmedo bajo el string. “Puedo negarte nada… Fóllame como a tu puta si quieres”.
El boudoir, la transformación y el clímax prohibido
Me inclino, subo el velo, beso sus labios. Lenguas calientes, saliva dulce. Se levanta, luces bajas. Oscuridad. Me pego a él, tetas contra su pecho duro. Siente mi mano en su polla tiesa. Susurro: “Sí, todo tuyo”. Me empuja contra la mesa. Arranca el velo. Boca en mi cuello, mordiscos. Manos quitan cardigan, aprietan tetas. Chupó mis pezones, duros, lamida ruidosa. Gimo: “¡Sí, señor!”. Baja falda, dedos en tanga, moja chorreando. Huele mi coño, olor almizclado fuerte. Me abre piernas, lengua entra, chupa clítoris hinchado. Grito bajito, piernas tiemblan en tacones.
Me pone a cuatro, falda arriba. Esposa mis muñecas con guantes. Polla gorda empuja mi boca primero: salada, venosa, garganta profunda, babeo. Toseo, pero chupo ansiosa, labios rojos manchados. Luego, atrás: cabeza contra mi culo, entra de golpe. ¡Joder, duele y placer! Estira mis paredes, folla fuerte, pellizca nalgas. Olor sudor, sexo. “¡Más, fóllame duro!”. Cambia: yo encima, cabalgo, tetas botando, uñas en su pecho. Gime ronco. Dedos en mi culo, entra uno, luego dos. Doble placer, grito orgasmo, coño aprieta su polla. Él eyacula dentro, caliente, chorros llenándome. Caigo jadeando, piel pegajosa, olor semen mezclado con mío.
Me abraza: “Eres mi puta perfecta”. Limpio su polla con lengua, gusto salado. Ahora sé que volveré mañana, ansiosa por más órdenes, más placer. Ay, qué vicio…