¡Ay, chicas! No os podéis imaginar lo que me pasó hoy en la playa nudista. Acabo de llegar a casa, aún huelo a sal, a sudor y a… bueno, ya veréis. Mi marido conducía, yo en el asiento del pasajero, cruzando y descruzando las piernas sin parar. El calor entre mis muslos era insoportable, el bikini ya me apretaba demasiado.
—¿Cuánto falta, amor? —le pregunté, mordiéndome el labio.
Llegada a la Playa y el Nerviosismo
—Poco, cariño, relájate —me dijo, pero yo no podía. Desde la última vez, no paraba de pensar en Adrien, ese tío con la polla enorme que nos encontramos. Mi coño palpitaba solo de recordarlo.
Llegamos al parking de arena, bajé de un salto, el sol quemándome la piel. Atravesamos las dunas, el olor a mar y pinos me invadió. Al borde de la playa, la vi: su cuerpo bronceado, tumbado, la verga colgando gruesa entre las piernas. ¡Sí! Ahí estaba Adrien.
—¡Adrien! —grité, agitando los brazos. Él se incorporó, sonriendo, su polla moviéndose al levantarse.
Claudia, mi nombre, 28 años, tetas firmes y un culo que vuelve locos. Me quité la ropa en segundos, el aire fresco rozando mis pezones duros. Mi marido instalaba las cosas un poco más allá, pero yo corrí hacia Adrien, sentándome a su lado en la toalla.
—Hola, preciosa —me dijo, su voz grave, oliendo a crema solar y hombre.
Nos besamos el aire, pero mis ojos bajaban a esa polla semi-dura. Mi marido se acercó, fingiendo normalidad.
—¿Nos ponemos cerca? —le propuse, guiñándole un ojo.
Él dudó, pero clavó la sombrilla a unos metros. Yo ya estaba desnuda del todo, las tetas al aire, el coño húmedo brillando bajo el sol.
Empezamos a charlar, Adrien y yo, riendo. Su mirada devoraba mis tetas, bajaba a mi tripa, a mis labios hinchados. Mi marido nos vigilaba de reojo, su polla endureciéndose.
—Ven aquí, amor —le dije a mi marido, palmeando el sitio a mi lado.
Se acercó, se tumbó. Puse una mano en su vientre, bajando despacio hasta su verga tiesa. Con la otra, agarré la de Adrien, gruesa, caliente, venosa. Las apreté las dos a la vez.
—Mmm, qué ricas están las dos —susurré, empezando a pajearlas lento, el sonido de piel contra piel, suave, resbaladizo por el sudor.
Adrien gimió, su mano subió a mi teta, pellizcando el pezón. Yo jadeé, el placer eléctrico bajando directo a mi clítoris. Mi marido me miró, excitado, celoso.
El Placer Desatado con Adrien
—¿Te gusta verme así? —le pregunté, acelerando el ritmo, las pollas palpitando en mis puños.
—Sí… joder, sí —murmuró él, su pre-semen untándome los dedos, olor salado, pegajoso.
Adrien se giró, chupó mi pezón, lengua áspera girando, succionando fuerte. ‘Slurp, slurp’, el ruido húmedo me volvió loca. Su mano bajó, dedos rozando mi monte, abriéndose camino a mi coño empapado.
—Estás chorreando, Claudia —gruñó, metiendo un dedo, luego dos, chapoteando dentro, mi jugo goteando al arena caliente.
Yo gemí alto, el viento carrying mis jadeos. Pajee más rápido, las venas de sus pollas hinchadas, los glande rojos, brillantes. Mi marido me mamó el otro pezón, mordisqueando, su aliento caliente en mi piel.
—Bandos de cabrones… ¡me vais a hacer correrme! —exclamé, las caderas temblando.
Pero ellos no pararon. Dedos de Adrien follando mi coño, curvándose en mi punto G, salpicando. Mi mano voló sobre sus pollas, ‘flap flap flap’, piel mojada chocando.
Adrien gruñó primero, su polla explotó: chorros calientes de leche espesa salpicando mi tripa, olor fuerte a semen fresco, pegajoso resbalando por mi piel dorada.
Yo grité, el orgasmo me partió, coño contrayéndose alrededor de sus dedos, jugos chorreando, arena pegándose a mis muslos temblorosos.
Mi marido no aguantó: su semen salió disparado, alto, cayendo en mi pecho, caliente, espeso, mezclándose con el sudor. ‘Plop plop’, gotas pesadas en mi piel.
Nos quedamos jadeando, pollas blandas goteando restos, mi cuerpo marcado por ellos. Miré a mi marido, sonriendo pícara.
—¿Ves? Esto es lo que querías… y a mí me encanta.
Ahora, en casa, aún siento el picor en la piel, el sabor salado en la boca. ¿Volveremos? Claro que sí. El deseo no para.