¡Mi perro me confesó las infidelidades de mi novio mientras me tocaba!

Estaba tumbada en la cama, con las piernas abiertas, mis dedos resbalando por mi coño húmedo. Olía a mi deseo, ese aroma dulce y salado que me volvía loca. Mi perro, Manitoba, me miraba fijamente desde el suelo, ladrando bajito como si hablara. Sus palabras resonaban en mi cabeza, o quizás era mi imaginación febril.

— ¡Te engaña, jefa!

La voz de mi perro y mi excitación creciente

—Sí, mi chulo, sigue hablándome así. Me pone a cien.

—Te lo juro. Con todas las zorras del barrio. Ayer con Gisèle, la del saco de pulgas hediondo que llama Beauty. Dice que es teckel de pura raza… ¡qué risa, pura escoria!

Hice una pausa, metiendo dos dedos más adentro. Sentía el calor subiendo, mis pezones duros rozando la sábana. Gemí suave, imaginando.

—Sí, cuéntame más cosas feas.

—¿Escuchas? Manitoba, abre las orejas. Te va a pasar como a la rubia tonta del anuncio, ¡zas contra el poste! Adiós paseos, solo lágrimas y ojos rojos. Horarios míos jodidos.

Esta mañana, con la gorda Lulu. ¿Qué le ve? Sus tetas como ubres de gorila. En tu cama, en TU habitación. La bestia a dos espaldas. Ella gritaba como gata en celo, él con su verga roja tiesa, meneándola orgulloso. Plaf, plaf, el sonido de carne chocando. Olor a sudor rancio y coño mojado llenando el aire.

Suspiré fuerte, frotando mi clítoris hinchado. El jugo chorreaba por mis muslos, pegajoso, caliente.

—¿Qué son esos suspiros?

Para ti, para excitarme más. Milène, mi mejor amiga de la infancia, fumando el primer porro juntas… La vi desnuda en tu sofá favorito. Piernas abiertas, él lamiéndole el coño con avidez, lengua chapoteando en sus labios hinchados. Ella jadeaba: ‘¡Más profundo, cabrón!’ Él la penetraba despacio, centímetro a centímetro, su polla gruesa estirándola. Gemidos guturales, olor a sexo puro, semen y sudor mezclado.

La llegada del novio y el clímax caótico

—No, aún no es la hora, mi amor.

¡Pero sí! En las escaleras, la gorda Lulu como ballena varada. Él la monta por detrás, agarrándole las caderas flácidas. ‘¡Perra en celo!’, le gruñía, embistiéndola fuerte. Su culo temblaba con cada golpe, plaf-plaf-plaf. Ella aullaba, el pasillo olía a su corrida fresca goteando por sus piernas gruesas.

Mi cuerpo temblaba, dedos volando sobre mi sexo palpitante. Sudor perlando mi piel, pechos subiendo y bajando rápido.

La puerta se abrió de golpe. Ahí estaba él, mi novio, desnudo total, verga erguida palpitando, venas marcadas, gota de pre-semen en la punta. Olía a jabón fresco y deseo masculino.

—Hum, ya estás listo, qué rico.

—Sí, el día fue eterno esperándote. ¿Qué mira ese chucho? ¡Quiere mi polla!

—Para, no jodas. Ocúpate de mi minina, bobo.

Manitoba gruñó furioso, saltó y le mordió la pierna. Él chilló, polla bamboleando.

—¡Dile a tu chucho que me suelte, joder!

Yo reí entre gemidos, el clímax acercándose. Mi perro vengador, mi secreto caliente. Esa noche follamos como animales, él encima, yo arañándole la espalda, sintiendo cada vena de su verga frotando mis paredes. Gritamos juntos, sudor, saliva, corrida caliente llenándome. Olía a nosotros, puro vicio.

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