Desde siempre me ha encantado el olor a champú y el roce suave del pelo. Por eso me hice peluquera en cuanto pude. Pero la realidad no es tan rosa… Salones con jefas histéricas y jefes con manos largas. Aun así, amo cortar, peinar, escuchar secretos. Al final, monté mi propio negocio. Y con una idea loca: cortes eróticos.
Ludo, mi amigo de la infancia, me ayudó. Él anda en negocios… turbios, pero rentables. Me prestó un salón para pruebas. Hoy viene por su corte privado. Hace tres años que empezó todo. Nuestras relaciones son raras: amigos, amantes a ratos. Me siento en el sillón, no le ato las manos. Yo, desnuda bajo la blusa blanca, un poco corta. Botones a presión. Él sabe lo que hay debajo.
La rutina sexy con mi mejor amigo
Empiezo a cortar. Giro alrededor, abro la blusa un poco. Sus ojos en mis tetas firmes, sin sujetador. Huelo su colonia, mezclado con mi perfume dulce. “¿Qué tal, Vero?”, dice con voz ronca. “Bien, Ludo, quieto eh…”. Me inclino para la nuca, mis pechos rozan su hombro. Siento su calor. Él suspira. “Estás mejorando, bailas alrededor”. Río bajito. “¿Dudabas?”.
Termino rápido. Limpio el suelo, me agacho lento. Le muestro mis nalgas blancas, la raja húmeda. Oigo su asiento crujir. Miro entre piernas: su polla dura bajo los pantalones. “¿Extras ahora, Vero?”. “A veces, si me divierte”. Me enderezo riendo, me siento en sus rodillas. Beso sus labios. Su lengua entra, sabe a menta. Manos en mi cintura.
Hablamos así, íntimos. Siento su erección contra mi coño. “Cuéntame, Lulu”. Suspira. Mastica las mejillas, tic nervioso. “Quiero sentar la cabeza. Mujer, hijos…”. Río. “¿Tú? No durarías”. Él: “Necesito una que me entienda, simple, risueña, morena alta con curvas”. Nuestros frentes juntos. Ojos clavados. “Eso es mi retrato, ¿no?”. “Sí, Vero. Siempre lo ha sido”.
El clímax en el sillón: pasión desatada
Me tiembla el cuerpo. Sudor. “¿Desde cuándo?”. “Desde la primaria”. Me besa furioso. Lenguas enredadas, saladas. Tira botones, blusa abierta. Su polla sale dura, venosa. Me levanta faldas, apunta a mi entrada mojada. “¡Apurado, cabrón!”. Agarra mis nalgas, me empala. Gimo fuerte. Su verga llena mi coño, caliente, gruesa. Huele a sexo, sudor.
Me muevo arriba, froto clítoris en su pubis. Pechos contra él, pezones duros rozan su camisa. Raspo su cuello con dientes. Él lame mi oreja, mordisquea. “¡Joder, Vero!”. Acelero, chorreo jugos por sus huevos. Siento contracciones. “¡Me corro!”. Grito animal, uñas en su espalda. Él eyacula dentro, chorros calientes inundan mi útero. Temblores, mordiscos.
Agotados, pegados. Su semen gotea. Río. “Convencido, ¿eh?”. “¿Sí?”. Me acurruco. “Sigamos así. Tú con tus movidas, yo con mi salón y clientes cachondos”. Él frunce el ceño. Me tumba, entra de nuevo. “Te convenceré”. Follando lento, profundo. Olores intensos, gemidos. Sabemos que esto no acaba. Mi Ludo, mi pasión eterna.