Mi noche prohibida con el viejo del vergel de cerezas

Chicas, no os lo vais a creer, pero acabo de vivir lo más loco de mi vida. Tengo 28 años, soy gitana, piel morena, curvas que vuelven locos y un fuego dentro que no para. Me encanta el sexo, el riesgo, sentirme deseada hasta el límite. Os cuento como si estuviera susurrándooslo al oído, fresco, como si oliera aún a su sudor viejo mezclado con mi humedad.

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Era un sol radiante en Chidrac, ese pueblito auvernés al lado del río Couze. Los campos amarillos de girasoles se movían con la brisa, olor a tierra húmeda y flores silvestres. Mis niños trepaban al cerezo del vergel de un viejo, Gilbert Roux, 75 años, pelo blanco revuelto, ojos grises que brillaban. Yo reía viéndolos, con mi falda amarilla ondeando, melena negra hasta la cintura, sujetador apretado bajo la blusa.

El encuentro en el vergel y la tensión inicial

De repente, aparecen él y su amigo André, furiosos. André saca una pistola de perdigones, grita: ‘¡Fuera de aquí, es propiedad privada!’ Yo me planto delante de los niños, manos en caderas: ‘¿Disparar a críos? Las cerezas se iban a pudrir, ¡un desperdicio! Yo las recojo gratis, hago tartas. ¿Qué decís?’ Le tiendo la mano a Gilbert: ‘Ethel Simoni’. Él tartamudea, rojo como un tomate, no puede quitarme los ojos de las tetas. André suelta lo de mi nombre judío, yo río: ‘¡Gitanos y judíos, por qué no!’ Se van enfadados, pero noto que Gilbert me mira el culo al irse.

Al día siguiente, voy a su casa con una tarta de cerezas. Huele a vainilla y fruta madura. ‘¿Café?’, dice él, manos temblorosas. Nos sentamos, charlamos. Sus ojos en mi escote, yo cruzo las piernas despacio, falda subiendo. ‘Tu jardín es bonito’, le digo. Paseamos, cojo su brazo, entrelazo dedos. Su piel arrugada, cálida. ‘Pareces un girasol’, me dice, cortando una flor. Le beso las mejillas, cerca de la boca.

Tres días de risas, confidencias. André nos jode todo con la orden de expulsión. Llego corriendo a su casa, lloro. Él me abraza: ‘No te vayas’. Pero se va el clan. Esa noche, él cruza la carretera peligrosa, llega a mi caravana al borde del río. Olor a humo de fogata, voces gitanas lejanas.

‘¡Roux, qué haces aquí!’, digo, acariciándole la mejilla áspera. ‘No podía dejarte ir sin decirte… te quiero’. Lágrimas en sus ojos. Lo abrazo, su cuerpo flaco contra mis curvas. ‘Ven a mi caravana’. Dentro, luces tenues, olor a incienso y mi perfume dulce. Verveine, galletas. Brassens suena bajito.

La pasión desatada en la caravana

Lo miro, deseo subiendo. ‘Quédate esta noche’. Sus manos en mi cintura, torpes. Desabrocho su camisa, pelo blanco en pecho hundido, olor a jabón viejo y sudor ligero. ‘Ethel… tengo 75…’. ‘Cállate, Gilbert, solo siente’. Le beso el cuello, salado. Baja mis tirantes, mis tetas grandes saltan, pezones duros como cerezas. Gime: ‘¡Dios, qué hermosas!’ Las chupa, lengua áspera, rugosa, me eriza la piel. ‘Ahhh… sí, así…’

Manos en su pantalón, polla saliendo: arrugada, venosa, pero tiesa como madera. Huele a hombre maduro, almizcle fuerte. La lamo despacio, de la base a la punta, sabor salado-amargo. ‘¡Ethel, qué boca caliente!’ La chupo hondo, saliva chorreando, él jadea ronco, manos en mi pelo. ‘Para… o me corro’. La monto encima, falda subida, sin bragas, coño mojado rozando su punta. ‘Mírame’, digo. Me hundo despacio, su polla rellena mi calor húmedo, apretado. ‘¡Joder, qué prieta estás!’ Empujo caderas, arriba-abajo, tetas botando, slap-slap de piel.

Gime fuerte: ‘¡Más rápido!’ Cambio, levrette: él detrás, manos en mis caderas anchas, entra duro, polla golpeando fondo. Olor a sexo, sudor nuestro mezclándose. ‘¡Fóllame, Gilbert, dame todo!’ Gruñe animal, dedos en mi clítoris, frotando. ‘¡Me vengo!’ Grito, coño contrayéndose, jugos bajando por muslos. Él se corre dentro, chorros calientes, temblando: ‘¡Ethel, amor!’

Nos quedamos jadeando, abrazados, piel pegajosa. ‘Vuelve pronto’, susurra. Al amanecer, café rápido, lo beso: ‘Cuando las manzanas maduren’. Meses después, otoño frío, vuelvo. Él espera. Lo arrastro al vergel, bajo girasoles secos. ‘Te he echado de menos’. Polla dura otra vez. Lo follo oral al sol, luego él me come el coño, lengua experta. ‘¡Tu sabor, miel gitana!’ Corremos juntos, olor a tierra y semen.

Chicas, ese viejo me volvió loca. Sensaciones fuertes, deseo puro. La edad no importa, solo el fuego.

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