Mi noche salvaje de Halloween con los siete enanitos y mi príncipe Quentin

¡Ay, chicas, no os lo vais a creer! Acabo de vivir la noche más loca de mi vida, esta Halloween. Tengo 27 años, soy profe auxiliar en un cole, y adoro el sexo, las emociones fuertes, ese cosquilleo que te sube por la piel… Pero esto fue otro nivel. Os lo cuento como si estuviéramos tomando un café, con todos los detalles sucios y reales.

Era noche de Todos los Santos, las campanas repicando lejanas, olor a castañas asadas en la calle. Yo sola en mi pisito, pensando en Quentin, mi crush del curro, ese profe guapo que me ignora. Llevaba mi falda azul marino hasta las rodillas, blusita con sujetador de encaje celeste que me compré soñando con que él me lo quitara. De repente, toquecitos en la puerta. Abro y… ¡siete enanos! Disfrazados de Blancanieves, con gorritos rojos, picas y palas de playa. ‘¡Ven a jugar con nosotros, serás Blancanieves!’, dice Joyeux con voz chillona, pero grave debajo.

La sorpresa de los enanitos en mi puerta

‘Niños, qué monos, pero no, tomad caramelos’, les digo, ofreciendo berlingots y mentas. Se ríen a carcajadas. ‘¡Nos interesa tu berlingot!’, suelta uno. Me pongo roja como un tomate, huelo su aliento a chicle y cerveza escondida. No son niños, sus manos arrugadas me aprietan las muñecas cuando entro y ellos me siguen. ‘¡Fuera de aquí!’, grito, pero me rodean. Manos en mis nalgas, palpando fuerte, metiéndose entre mis muslos. ‘¡Su cama está aquí!’, dice Simplet. Huelo su sudor, ese olor masculino rancio mezclado con disfraces sucios.

Me arrastran al dormitorio, corcho en la garganta. Forcejeo, pero son fuertes, joder. Me tumban en la cama, me atan las muñecas y tobillos al sommier con cuerdas ásperas que me rozan la piel. Brazos en cruz, piernas abiertas como una puta ofrenda. Se quitan las máscaras: ¡enanitos de verdad! Bajitos, pero cachondos, con ojos brillantes. Joyeux coge mi cuchillo de cocina, sube al colchón, crac, corta las tiras del sujetador. El metal frío en mi pecho me eriza los pezones. ‘¡Piedad, no!’, lloro, pero mis tetas saltan libres, rosadas, duras ya por el miedo… o el morbo.

‘¡Mátame antes que violarme!’, suplico. Se ríen. Prof, el jefe, dice: ‘No, te lo pedirá tú misma’. Me vendan los ojos con mi pañuelo rojo de seda, suave contra lágrimas calientes. Oigo ropas cayendo, zips bajando. ‘¿Quieres que lamamos tu clítoris nuevo?’, pregunta Prof, voz ronca. Leo en mi mente el cuento que les conté a los niños: el príncipe lamiendo… Una lengua roza mi pezón izquierdo, chupando suave, succionando con ruido húmedo. ‘¡Ah!’, gimo sin querer. Manos bajan mi falda, rozan mi braga rosa empapada ya. Olor a mi coño excitado sube, almizclado, dulce.

‘Dime que soy tu príncipe’, susurra Prof. ‘¡No, solo quiero a Quentin!’, grito. Silencio. Desatan la venda. ‘Quentin puede entrar’, dice Prof. La puerta se abre, ¡es él! Alto, guapo, polla ya dura bajo los pantalones. ‘Claire… o Clara, joder, te deseo desde hace meses’, dice, voz temblorosa. Los enanitos ríen: ‘¡Tu príncipe ha llegado, Blancanieves!’. Quentin se desnuda, su polla gruesa, venosa, saltando libre, olor a hombre limpio, jabón y pre-semen.

El clímax con Quentin y el placer prohibido

Se sube encima, me besa el cuello, mordisquea. ‘Te voy a follar como mereces’, murmura. Sus manos aprietan mis tetas, pellizcan pezones, dolor-placer que me hace arquear. Baja, lame mi ombligo, luego mi coño por encima de la braga. ‘Quítasela’, ordena a Joyeux. Crac, cuchillo roza, braga rota. Su lengua entra, lame mi clítoris hinchado, chupando fuerte. ‘¡Ohhh, sí, Quentin!’, gimo, jugos chorreando en su boca salada-dulce. Los enanitos se pajéan alrededor, gruñidos bajos, olor a pollas calientes.

Quentin me desata un tobillo, me dobla la pierna. ‘Mira cómo te como’, dice, metiendo dos dedos, curvados en mi G, chap-chap húmedo. Exploto en orgasmo, gritando, cuerpo temblando, olor a sexo puro. ‘Ahora mi turno’, dice. Se pone entre mis piernas abiertas, polla cabezona contra mi entrada virgen. Empuja lento, duele al romper, sangre tibia, pero placer quema. ‘¡Joder, qué prieta!’, gruñe, follándome profundo, cama crujiendo.

Los enanitos no se quedan atrás. Timide chupa mi teta derecha, mordiendo. Grincheux mete su polla corta pero gorda en mi mano atada a medias. ‘Chúpala’, ordena Prof. Giro la cabeza, abro boca, su verga salada entra, gimiendo alrededor. Quentin acelera, pla-pla contra mi culo, sudor goteando. Cambio posición: a cuatro patas, Quentin detrás embistiéndome, Joyeux debajo lamiendo mi clítoris. Olores mezclados: semen, coño, sudor. ‘¡Me corro!’, grita Quentin, llenándome de leche caliente, chorros pegajosos.

No para. Otro enano, Atontado, me folla el culo virgen con lubricante escupido, despacio, estirándome. Doble penetración, llena hasta reventar, gemidos ahogados. Quentin en mi boca ahora, sabor a mí y su corrida. Uno tras otro, los siete me usan: misionero, vaquera, de lado. Pollas variadas: curvas, gruesas, largas para su tamaño. Sensaciones locas: fricción ardiente, llenura, orgasmos en cadena, squirt salpicando sábanas.

Al final, exhausta, cubierta de semen pegajoso que huele a victoria, Quentin me abraza. ‘Eres mía, Clara. Y de ellos si quieres’. Sonrío, besándolo. ‘Repetimos cada Halloween’. Chicas, fue brutal, real, adictivo. Mi coño aún palpita recordándolo.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *