¡Ay, chica, si supieras lo que pasó anoche en Granada! Acabábamos de salir de esa discoteca loca, llena de besos entre chicas y chicos, y Moon… pobrecita, estaba toda roja, con las mejillas ardiendo y los ojos brillantes de alcohol. Yo, Ambre, la sujetaba del brazo, sintiendo su piel caliente bajo la chaqueta fina. El aire nocturno era fresco, casi frío, olía a jazmín de las calles empedradas y a humo de cigarrillos. Caminábamos tambaleantes hacia el hotel, riéndonos bajito de Gemma, esa lesbiana con manos atrevidas.
—Mira, Moon, un solo cama… —le dije al entrar en la habitación, encendiendo la luz tenue. Ella se dejó caer en el borde, quitándose los zapatos con un suspiro. —No pasa nada, ¿verdad? Estamos cansadas… —Pero su voz temblaba un poco, y yo veía cómo su pecho subía y bajaba rápido. Me acerqué, oliendo su perfume mezclado con sudor dulce y el Cuba Libre en su aliento. Me senté a su lado, mi muslo rozando el suyo.
Llegada al hotel y la calentura del regreso
—Ambre… esa Gemma… me tocó… no pude parar… —murmuró ella, cubriéndose la cara. Yo reí suave, pasando mi mano por su pelo rubio, suave como seda. —Shh, tranquila. Fue divertido verte así, tan… entregada. —La besé en la mejilla, lento, sintiendo su piel erizarse. Ella no se apartó. Al contrario, giró la cabeza y nuestros labios se rozaron. Fue eléctrico. Su boca sabía a naranja y ron, cálida, húmeda.
Nos besamos de verdad esta vez. Mis manos bajaron a su cintura, tirando de su blusa. —Quítatela… hace frío, pero yo te caliento —susurré. Ella obedeció, torpe, dejando ver su sujetador blanco, pechos firmes temblando. Olía a su piel, a vainilla y excitación. La empujé suave sobre la cama, el colchón crujió bajo nosotras. Me quité la ropa rápido, quedando en bragas, mis pezones duros por el aire fresco.
—Ambre… ¿qué hacemos? No he… nunca con una chica… —dijo ella, voz entrecortada, pero sus ojos devoraban mi cuerpo atlético. —Solo déjate llevar, como con Gemma. Yo te cuido. —Bajé su falda, besando su vientre plano. Sus bragas estaban mojadas, olían a deseo puro, almizclado. Las aparté con los dientes, sintiendo su humedad en mi lengua. La lamí despacio, saboreando su dulzor salado. Ella gimió: —¡Ahh… dios… qué…!
Sus caderas se arquearon, manos en mi pelo. Chupé su clítoris hinchado, suave como una perla, metiendo dos dedos dentro, calientes y resbaladizos. —¡Sí… más…! —gritaba bajito, jadeando. El sonido de sus jugos, chapoteo húmedo, me volvía loca. La hice correrse rápido, su cuerpo convulsionando, gritito ahogado, piernas temblando.
El regalo sorpresa y el placer descontrolado
Pero yo tenía el regalo. Lo saqué de mi maleta: ese strap-on enorme, negro, venoso, como una polla de arte. —Mira esto… es tu regalo de cumpleaños. De tu… nuestra mamas. —Sus ojos se abrieron grandes. —¡No! Es… gigante… —Pero ya estaba excitada de nuevo. Me lo puse, ajustando el arnés bajo mis pechos, sintiendo su peso entre mis piernas. Aceité su punta, brillando.
—Ven, Moon… ábrete para mí. —La puse a cuatro patas, nalgas redondas alzadas. Empujé lento, la punta abriendo sus labios rosados. —¡Duele… pero… ahh! —gimió ella, apretando sábanas. Entré centímetro a centímetro, su coño apretado chupándome. Olía a sexo crudo, sudor. Empecé a bombear, piel contra piel, slap-slap rítmico. Sus gemidos subían: —¡Fóllame… sí… más fuerte!
La volteé, misionero, sus piernas en mis hombros. La penetraba profundo, viendo su cara de placer, ojos vidriosos. Mis tetas rebotaban, rozando las suyas. Me incliné, chupando su lengua mientras la follaba duro. —¡Me corro… otra vez! —chilló, uñas en mi espalda, cuerpo arqueado. Yo también exploté, el arnés frotando mi clítoris, oleadas de placer.
Caímos exhaustas, jadeando, piel pegajosa de sudor. —Ha sido… increíble… —susurró ella, besándome el cuello. —Mañana más… y le cuento todo a Lilian —reí yo, oliendo nuestro olor mezclado en la habitación. Esa noche en Granada… inolvidable.