Ay, chica, no sabes lo que ha pasado… Soy Lola, tengo 28 años, de Madrid, pero ahora en este viaje loco por el sur de Estados Unidos. Todo empezó con Louise, mi prima lejana, esa chica flaca y desaliñada del fondo del bosque. Parecía un cloporte, ¿sabes? Ojos grises apagados, nariz torcida, pechos planos como tabla. Pero la metí en la ducha dos horas, gasté una fortuna en cremas, tinte, laca… ¡Y mira ahora! Pelo rubio rizado, pecas juguetones, sonrisa pícara. No es una vampira, pero ya no es la sucia. 18 añitos y el mundo es nuevo para ella.
La llevamos en el coche, yo al lado de Al, mi hombre, el bohemio con pasta secreta. Pero con ella atrás, nada de caricias. La noche anterior durmió conmigo, pobrecita. Al refunfuñaba, pero yo quería cuidarla. Paramos para un picnic. ‘¿Paramos aquí?’, le dije. Bajamos, pero urge… Ellas desaparecen al bosque. Yo también, alivio total, orinando con arabescos en un árbol. ¡Y casi la mojo a Louise! Estaba agachada, vio todo. Volvió roja como tomate. ‘¡No la vi!’, dice Al riendo. Yo la abracé: ‘Ven, Lou, no pasa nada’.
La transformación de la chica de los bosques
Luego lo llamo: ‘¡Lulu! ¡Lulu!’. Se acerca cojeando con su pata mala. ‘¡Mira qué bonito!’, le digo. Estoy en la musgosa clairière, falda subida, piernas abiertas como sirena. ‘Louise pasea, estamos solos…’. Se arrodilla, yo desabrocho la blusa, saco un pecho. Sus manos en mi cabeza, guío su boca. Lengüetazos suaves, mmm… Sabe a mi piel fresca, pezón duro como piedra. ‘¿Te gusta, amor?’, susurro. ‘Sí… deliciosa’, murmura él, lamiendo despacio.
Nos desnudamos lento, cuerpos pegados en la musgo suave, olor a tierra húmeda, hojas. Besos eternos, lenguas enredadas, saliva dulce. ‘Tu piel… huele a jazmín y sudor’, dice rozando mi vientre. Bajo a su ombligo, perla nacarada, la chupo mientras miro sus montañas lechosas, pezones oscuros tiesos. ‘Ven aquí’, gimo, lo beso fuerte. Alientos calientes mezclados, corazones latiendo bum-bum.
Sin prisas, ruedo sobre él. Manos en su pecho peludo, froto mi coño en su polla dura. ‘Mira cómo te mojo…’, susurro. Su prepucio se arruga con mi vello, luego labios hinchados rozan la cabeza. ‘¡Joder, qué suave!’, gime. Deslizo despacio, entra centímetro a centímetro, caliente, apretado. ‘¡Ahhh… lléname!’, jadeo quedándome quieta, sintiendo pulsos dentro.
El éxtasis en la clairière secreta
Me echo sobre él, bocas unidas, caderas rodando. ‘Más rápido… sí, así’, ordeno. Él empuja arriba, yo bajo fuerte, chap-chap de jugos. ‘Tu coño aprieta… huele a sexo puro’, gruñe. Giro, él encima, clava uñas en mis nalgas. ‘¡Fóllame duro!’, grito. Olor a musgo, sudor salado, mi flujo dulce en su boca después. Gemidos ahogados, pájaros piando, viento susurrando.
¡La ola viene! ‘¡Me corro… juntos!’, chillo. Él gruñe ‘¡Sí, nena!’, semen caliente inunda, mi concha convulsiona ordeñándolo. Explosión, mundo blanco, temblores. Nos quedamos pegados, alientos jadeantes. ‘Te amo’, dice besando mi tripa. ‘Yo también… pero tengo algo. Ese dinero… es un millón’. Le cuento todo, él flipa. ‘¡Somos ricos!’, ríe. Yo sonrío, pero pienso: ¿y ahora qué? El corazón late fuerte, no solo por el sexo.
Louise volvió, transformada en mini falda, guiñando al bajar del coche, mostrando braga blanca. ‘¿Te gustó?’, le pregunto. Ella ríe tímida. Pero eso es otra historia… chica, fue real, aún siento su sabor en la boca.