Confidencia caliente: Mi primera vez en la invernadero con el secreto de mi familia

Ay, chica, no sabes lo que me pasó el verano pasado en la casa de la costa. Tenía 25 años, soltera pero con ganas locas de algo fuerte. Llegó Antonio, el viudo amigo de mis padres, unos 50 años, elegante pero con ese rollo de hombre experimentado. Al principio me cayó gordo, me miró como a una cría. Pero todo cambió una tarde de calor asfixiante.

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Estaba en mi cuarto, sudando, cuando oí el agua de la ducha en la habitación de invitados. La puerta tenía esa rendija vieja, y… no sé, curiosidad, hormonas. Me acerqué sigilosa, el corazón retumbando. Ahí estaba, desnudo frente al espejo, grande, fuerte. Sus manos en el pecho, bajando… tocándose el vientre, los muslos. Luego lo agarró, duro ya, grueso. El sonido de su mano, chap-chap húmedo, y ese olor a jabón mezclado con sudor masculino. Se movía lento, gimiendo bajito, ‘mmh… sí…’. Me mojé al instante, las bragas pegajosas.

El espionaje que lo cambió todo

No pude más, esa noche lo confronté. Papá se fue a la ciudad, mamá con las niñas a la playa. Le dejé una nota falsa, como de papá: ’18h, invernadero, urgente’. Me escondí entre las plantas, calor húmedo, olor a tierra mojada y flores exóticas. Entró, nervioso, su camisa pegada al pecho por el sudor.

— ¿Esperas a alguien, Antonio? —salí de golpe, voz temblorosa pero firme.

Se giró, pálido. —¡Sofía! ¿Qué haces aquí? ¿Qué nota es esa?

—Sé tu secreto. Te vi con mamá el otro día, por la cerradura. Tú, pantalones abajo, ella gimiendo bajo ti. Follándotela en la cama de invitados. ¿Qué diría papá?

Se quedó mudo, sudando más. Olor a su colonia fuerte, miedo en los ojos. Yo temblaba, pero el deseo ardía.

—Eres una niña, Sofía. No sabes…

—Niña pero no tonta. Me llamaste puercita el otro día. Pues ahora, o me enseñas lo que es ser mujer, o lo cuento todo. Empieza por quitarte la camisa.

Dudó, pero el miedo ganó. Botones lentos, pecho velludo, sudor goteando. Yo me acerqué, toqué, piel caliente, salada. —Más —susurré.

Sus manos en mi blusa, torpes al principio. La bajé yo, sostén fuera. Mis pechos firmes, pezones duros. —Tócalos —le dije. Sus dedos ásperos, pellizcando, y yo gemí, ‘ahh… sí…’. Olor a mi excitación subiendo, bragas empapadas.

El clímax ardiente en la serra

—Quítame la falda —jadeé. Él obedeció, rodillas temblando. Culotte blanca, manchada. La bajó, mi coño depilado, labios hinchados, brillando. —Míralo bien, nunca lo has visto tan cerca.

Se arrodilló, nariz en mi monte. —Hueles tan… dulce, salado. —Lengua fuera, lamió despacio. Slurp, chasquidos húmedos. Yo agarré su pelo, ‘más profundo, joder…’. Vibraciones en mi clítoris, piernas flojas, olor a sexo puro.

Me puse de rodillas, su polla delante: venosa, cabezota roja, pre-semen goteando. La olí, almizcle fuerte. Boca abierta, engullí, garganta apretada. Glug-glug, saliva cayendo. Él gruñó, ‘¡Dios, qué boca!’. Manos en mi cabeza, follando mi cara suave.

No aguantó, explotó. Chorros calientes, salados, en mi lengua. Tragué, restos en labios. —Ahora fóllame —le rogué.

Me dobló sobre la mesa, plantas rozando piel. Nalgas abiertas, su lengua en mi ano primero, círculo húmedo, luego coño. ‘Estás chorreando’, murmuró. Polla dura otra vez, rozó mi entrada. Empujó, despacio. Estirándome, dolor-placer, ‘¡ahh! Lento…’. Entró todo, lleno.

Ritmo lento, chapoteo de jugos. Sus bolas golpeando mi clítoris, ploc-ploc. Manos en mis tetas, pellizcando. Yo empujaba atrás, ‘más fuerte, cabrón…’. Sudor goteando, olor a follada salvaje. Gemí alto, orgasmo viniendo, paredes apretando su verga.

Él aceleró, gruñendo, ‘me corro…’. Calor dentro, semen caliente llenándome. Colapsamos, jadeos, piel pegada.

Se vistió rápido. —Esto queda entre nosotros —dijo, beso rápido.

—Volveremos a vernos —le guiñé. Salió, yo sonriendo, ya no virgen. Sensación pegajosa entre piernas, olor persistente. Lo mejor del verano.

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