Chicas, no os lo vais a creer. Acabo de vivir algo… increíble. Era el amanecer, el cielo todo violeta y rosa, como un cuadro. Me había escapado al jardín secreto detrás de mi casa en las afueras de Madrid. Nadie va allí, solo flores salvajes y ese olor a tierra húmeda que me pone… ya sabéis.
Estaba desnuda, como siempre que puedo. El sol apenas salía, calentándome la piel. Me lavaba con pétalos de rosa, frotándolos en mis pechos. Umm, las tetas duras, pezones tiesos por el fresco. Bajé por mi vientre, entre las piernas… Estaba mojada ya, solo de imaginar.
El encuentro inesperado al alba
De repente, oí un ruido. Un tío guapísimo, rubio, pelo largo rizado, cuerpo de dios griego. Muslos potentes, abdomen marcado. Llevaba solo un taparrabos improvisado con hojas. Me miró desde el manzano en flor. Sus ojos azules… Ay, me tembló todo.
Yo lo vi de reojo. Me escondí tras unas anémonas altas, oliendo su perfume dulce. Él cogía bayas, comiendo. Yo tenía hambre también. Salí, descarada. “¿Quieres compartir?”, le dije bajito, voz ronca.
Se giró despacio. Sonrió. “Claro, preciosa”. Silencio. Solo pájaros callados, como si el mundo esperara. El sol nos bañaba. Me dio una flor, una orquídea azul como sus ojos, y me la puso en el pelo negro. Sus dedos rozaron mi cuello. Electricidad.
Me tomó la mano. Nos tumbamos en un colchón de musgo suave, verde y esponjoso. Bayas jugosas, rojas. Me las daba en la boca. “Abre”, murmuró. Chupé sus dedos, salados y dulces. Él lamió los míos. “Eres… divina”, susurró en mi oreja. Me erizó la piel.
Me besó la palma, el brazo, el hombro. Lengua en mi cuello. Uff, gemí bajito. Se tumbó sobre mí, suave. Manos grandes en mis tetas. Las amasó, pellizcó pezones. “¡Ay, sí!”, grité. Boca en ellos, chupando fuerte. Mordisquitos. Me arqueé, coño palpitando.
El éxtasis en la mousse suave
Bajó, besos en el ombligo. Lengua dentro. Cosquillas ricas. En muslos, evitó mi sexo. Languidecí. “Por favor…”, supliqué. Abrí piernas. Olía a lys y a mi excitación, ese olor almizclado.
Allí estaba. Mi coño empapado, labios hinchados. “Qué nectar”, dijo. Separó pétalos. Lengua en el clítoris. Lentito. Lo chupó, lamió. Introdujo lengua… Virgen aún, pero quería todo. Dedo suave frotando. “¡Ohhh! ¡No pares!”. Temblores. Orgasmo brutal, piernas apretando su cabeza. Gritos ahogados, olas de calor.
Me abrazó. “Mi amor, relájate”. Besos suaves. Ahora yo. Manos en su polla. Enorme, venosa, cabeza gorda brillando de pre-semen. Dulce, salado. La lamí. “¿Te gusta?”, pregunté. “Joder, sí”. La tragué profunda, bolas en mano. Lamiendo todo. Él gemía: “¡Casi…!”.
Quería más. “Fóllame, hazme tuya”. Se puso encima, misionero. Cabeza en mi entrada. Húmeda, caliente. Empujó lento. Membrana… Dolor agudo. “¡Ah!”. Me abrazó fuerte. “Tranquila, amor”. Empujé caderas. Entró todo. Placer inmenso.
Vaivenes lentos, luego fuertes. Polla llenándome, rozando dentro. Sudor, olores mezclados: flores, sexo, piel. Alas… No, pero sentí volar. Alas imaginarias. “¡Me corro!”, gritó. Semen caliente inundándome. Yo otra vez, contracciones.
Mariposas revoloteando alrededor. Nos quedamos así, jadeando. Manos unidas. Si os levantáis al alba, quizás nos veáis paseando por el jardín, sonrientes, con ese brillo post-sexo.