Estábamos pegadas en el sofá viejo, sus muslos abiertos como un secreto que no aguanta más. Mi lengua lamía su coño, chorreando jugos salados que sabían a mar y a pecado. ‘Ay, cariño… no pares…’, gemía ella, arqueando la espalda, sus tetas bamboleándose con cada espasmo. El olor a sexo llenaba la habitación, sudor mezclado con su perfume de vainilla. Sus uñas se clavaban en mi nuca, tirando de mi pelo. Yo metía dos dedos dentro, curvándolos para rozar ese punto que la hacía gritar. ‘¡Más fuerte, mi cornichón!’, jadeaba, riendo entre gemidos. Su clítoris hinchado pulsaba en mi boca, y cuando explotó, su squirt me salpicó la cara, caliente, pegajosa. Nos besamos después, probando su propio sabor en mis labios.
Antes de Louise, mi vida era un lienzo blanco, sin manchas de placer. Vendía semillas para palomas en un kiosco, con un loro insomne que repetía: ‘¿Has visto pasar el amor?’. No era triste, solo… rota un poco, como una taza que guardas por cariño.
La llegada ardiente de Louise
Y un día, llegó ella. Louise, con zapatos rojos que chasqueaban en los adoquines como castañuelas. Su risa era falda volando, su ‘hola’ un ‘ven aquí y fóllame’. No era guapa, era única. Mermelada de ortigas, vals lento.
Se instaló en mi casa un jueves, sin avisar. Maleta de pelo de vaca, planta gorda llamada Fernand, gato tuerto que me miraba como extra en su película.
Al principio, carnaval diario. Cocía con sombreros, me llamaba ‘mi cornichón’, metía versos de Prévert en mis bolsillos. Bailábamos en la bañera, cantábamos desafinado, hacíamos bici en el salón.
Una noche, tras oler a mermelada y lluvia, nos dormimos en el sofá, pegadas como rebanadas de pan caliente. Llevaba mi camisa, grande, mal abotonada, piernas desnudas dibujando notas en la tela.
Le pregunté: ‘¿Crees que el amor es siempre así?’. Ella rió suave, pelo en mi boca. ‘No, mi cornichón. Suele ser más borroso’. Me susurró poemas inventados, ‘chocoluna’, ‘rêvalanche’, mientras yo trazaba letras en su piel suave, bajando hasta sus pezones duros.
Esa noche, respiraciones rimaron. Pero no solo eso. La desperté besando su cuello, olor a jabón y deseo. ‘Quiero follarte ahora’, le dije. Ella abrió las piernas: ‘Hazlo, métemela’. Le comí el coño despacio, lengua girando, dedos en su culo apretado. ‘¡Dios, tu lengua es fuego!’, gritó. La puse a cuatro patas, le abrí las nalgas, lamí desde el ano hasta el clítoris. Ella se retorcía, ‘¡Fóllame con los dedos!’. Tres adentro, bombeando, su coño chupando mis dedos. Vino temblando, gritando mi nombre, jugos corriendo por sus muslos.
Luego me tumbó, su boca en mi coño lampiño. ‘Estás tan mojada, hueles a puta buena’, murmuró, chupando fuerte. Sus dedos me penetraban, pulgar en mi clítoris. ‘¡Voy a correrme!’, grité. Exploté en su cara, ella lamiendo todo, riendo.
Hacíamos el 69 en la cocina, tetas en mi cara mientras yo la penetraba con un pepino frío. ‘¡Frío y duro, como me gusta!’, gemía. O en la bañera, agua salpicando, sus caderas montándome, clítoris rozando el mío, resbalosas, hasta orgasmos simultáneos que nos dejaban jadeantes.
Pero el viento giró. Volvía tarde, sonreía a sus pensamientos, hablaba sola en el baño. ‘Eres predecible, me rasca el alma’, dijo. Yo rimaba triste en latas de conserva.
El adiós que quema el alma
Una mañana, nada. Sin maleta, sin Fernand, sin gato. Nota en el espejo: ‘Gracias por los paréntesis. Me voy a escribir el resto’.
No sorprendí. La noche antes frotaba la mesa, mirada vacía. Le pregunté: ‘¿Quieres hablar?’. ‘Todo dicho, pero se deslizó. No oíste’. Durmió sola. Yo en la alfombra, junto a sus zapatillas perdidas.
Al despertar, vacío y olor a limón. Hablo al visillo de terciopelo granate, como yo, raído. Preparo dos cafés, el suyo se enfría, lo bebo después, imaginando sus labios.
Guardo sus zapatillas al pie de la cama. ‘¿Volverá?’, les pregunto. No responden.
En el parque, leo poema con peluche gato: ‘Louise, labios cereza, clavaste en mi corazón clavo de ausencia…’.
La veo en sombras, nucas, risas. Corro en mente ‘¡Louise!’. Balón con su nombre, vuelve atascado.
Todas se llaman Louise, las que rompen.
Días plegados. Dolor sordo. Carta sin sello, página blanca oliendo a limón. La enmarcé.
Temporadas giran. Me vuelvo transparente.
Última carta en plátano: ‘Busco Louise en nubes disfrazadas’. Ahora, rimas bajo puertas, zapatillas bailan solas.