La pequeña braguita

¡Ay, chicas, no sé por dónde empezar! Tengo 28 años, vivo en Madrid con mi marido Juan, y soy de esas que adora el sexo, las emociones fuertes, ese cosquilleo que te sube por la piel hasta explotar. Pero mi vida sexual con él era… normalita, ¿sabéis? Él intentaba, pero yo sentía que faltaba algo salvaje. Hasta ese sábado…

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Juan se fue todo el día por un ‘control técnico’ que olía raro, y se quedó su primo Pedro, ese tipo guapísimo, rudo, con cuerpo de obrero pero sin un gramo de grasa. Siempre me había mirado con ojos que me ponían nerviosa, pero yo, la ‘señorita bien’, lo ignoraba. Ese día, Pedro trae una botella de ratafia de Borgoña. ‘Sé que te gusta, ¿no?’, dice con esa voz grave que me eriza la piel. Huele dulce, afrutado, como pecado envasado.

La llegada del primo y el ratafia

Comemos ensalada ligera, charlamos tonterías. Luego café y el primer vasito. Pequeño, pero lleno hasta arriba. ‘Otra gotita’, insiste él, riendo. Siento el calor bajando por mi garganta, dulce, quemando suave. Al tercero, el mundo se ablanda. Estoy pompette, la cabeza ligera, el cuerpo caliente. Nos sentamos en el sofá, piel contra piel casi. Su rodilla roza la mía, y huelo su colonia, mezcla de madera y sudor limpio.

‘¿Sabes que Juan piensa que tienes un amante?’, suelta de repente. Me quedo helada. ‘¡Qué! ¿Del tai-chi?’ Miento al principio, pero el alcohol suelta la lengua. Le cuento todo: mi aventura con Gena, esa mujer del curso, casada, abierta. Cómo me besó después de un masaje, sus labios suaves, su lengua explorando mi boca con sabor a menta. ‘Es… diferente. Suave, pero intenso. Me hace sentir viva’. Pedro escucha, ojos brillantes, y rellena mi vaso sin que note. ‘¿Y su marido sabe?’, pregunta. ‘Sí, son liberados’. Bebo, el calor sube a mis pechos, endureciendo pezones bajo la blusa.

Silencio pesado. ‘No le dirás a Juan, ¿verdad?’, suplico, voz pastosa. Él sonríe pícaro: ‘Depende… Desabróchate un botón, hace calor’. Río, nerviosa. Me levanto, él se va al sillón enfrente. Desabrocho uno… dos… tres. El sujetador asoma, encaje negro. ‘Más’, pide. Me quito la blusa, aire fresco en la piel. Desabrocho el sujetador, pechos libres, pesados, pezones duros como piedras. Su mirada quema. Abre la cremallera, saca su polla. ¡Dios! Gruesa, venosa, cabeza roja brillante. Huele a hombre, almizcle puro. Mi coño palpita, húmedo ya.

Me acerco, paso la mesita. ‘¡No, no!’, digo, pero mi cuerpo traiciona. Sus manos en mis caderas, piel ardiendo. ‘Solo un toque, prima’. Me besa el cuello, barba raspando suave, lengua caliente. Gimo bajito. ‘Huele a ti, a hembra’, murmura. Sus dedos bajan mi falda, encuentran mi braguita empapada. ‘Mira esto… pequeñita, pero traidora’. Es esa braguita que Juan dejó ‘secando’ abajo, con aberturas, juguetona. La olfatea: ‘Huele a coño mojado’. Me la arranca, el aire fresco en mi raja abierta.

La tentación y el clímax prohibido

Me empuja al sofá, boca en mis tetas. Chupa un pezón, muerde suave, tira con dientes. ‘¡Ahhh!’, gimo, cabeza atrás. Su lengua baja, lamiendo ombligo, vientre. Llega a mi coño, pelos recortados, labios hinchados. Sopla, calor y frío. ‘Sabes a miel salada’, dice, y mete lengua. Chapotea, sorbe mi clítoris, hinchado como botón. Dos dedos dentro, curvos, tocan ese punto que me hace arquear. ‘¡Sí, ahí! ¡Joder, no pares!’ Huele a sexo crudo, mis jugos chorreando por su barbilla.

Me pone a cuatro patas, sofá crujiendo. Su polla roza mi entrada, resbaladiza. ‘¿Quieres, prima? Dilo’. ‘Sí… fóllame’. Empuja lento, cabeza abriendo carne. Duele rico, llena. ‘¡Qué apretada!’, gruñe. Sale casi toda, entra de golpe, huevos chocando contra mi clítoris. Plaf, plaf, ritmo brutal. Siento cada vena frotando paredes, olor a sudor, polla, coño mezclado. Agarra mis tetas colgantes, pellizca pezones. ‘¡Más fuerte!’, pido, perdida.

Cambio: yo encima, cabalgo. Sus manos en mi culo, dedos en el ano, untados de mis jugos. ‘¿Te gusta por detrás?’ Asiento, gimiendo. Me gira, levrette de nuevo, pero él se tumba, yo reviento. Polla vertical, bajo despacio, la trago entera. Huelo mis jugos en su pubis. Chupo, saliva goteando, bolas en mi barbilla. ‘¡Qué boca, puta santa!’, ríe. Me corro primero, coño apretando, chorro caliente salpicando.

Él gruñe: ‘Me vengo…’. Saco, leche espesa en mi lengua, salada amarga, trago todo, garganta quemando. Beso su polla limpia, resto en labios. Me mira: ‘Eres fuego, prima’. Nos vestimos riendo, olor a sexo en el aire. Juan llega tarde, nada nota. Pero yo… cambié. Esa braguita pequeña abrió la caja de Pandora. Ahora busco más, siempre más.

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