Ay, chica… ¿Arles? Sí, ese mercado en julio del 81, con el sol quemando como loco. Yo, Maryse, recién casada, 26 años, con mi mini vestido amarillo pegado al cuerpo por el sudor. Mi marido Vincent cargando las bolsas, yo eligiendo tomates, melones… ‘¡Vé, qué bonitos mis melones!’, gritaba la tendera. Reía, moviendo las caderas. Él, el alsaciano serio, fingía sonreír. Pero yo sentía todas las miradas. En los pechos, en las piernas… y más abajo. No llevaba bragas. Hoy no. El aire caliente rozaba mi coño depilado, liso como un melocotón. Me mojaba solo de pensarlo.
Vincent dice: ‘Chérie, te vemos todo cuando te agachas’. Yo: ‘¿Todo? ¿Qué color es mi braga?’. Se pone rojo. ‘No la vi bien…’. Río. ‘Tranquilo, celoso. Todo calculado. Podría no llevarla y nadie notaría’. Él: ‘¿Lo has hecho?’. Sonrío. ‘Ya te diré…’. Sus ojos brillan, mezcla de rabia y excitación. Sigo eligiendo anguilas, resbaladizas, frías en mis manos. El olor a pescado, mar, sudor de la gente… Me aprieto las piernas. Necesito mear. Mal.
El Calor del Mercado y las Miradas
‘Vincent, tengo que ir al baño. Espera aquí’. Él: ‘Pero acabo de ir yo, hay un agujero raro…’. Lo ignoro, corro. Cola en las cabinas. Entro, olor fuerte a desinfectante, pis viejo, sexo. Me agacho sobre el agujero turco, levanto el vestido. Nada abajo, mi coño expuesto al aire fresco del suelo. Empiezo a mear, chorro caliente salpicando. Plop plop. Entonces, veo el agujero en la pared. Grande, sucio. Un graffiti: ‘Chupa por aquí’. Curiosa, miro. ¡Madre mía! Un tío maduro, circonciso, enorme polla en la mano. Gruesa, venosa, goteando precum. Me mira por el agujero, ojos hambrientos. ‘Eh, preciosa… ¿quieres jugar?’, susurra ronco.
Dudo. El corazón late fuerte. Mi coño palpita, húmedo ya no solo de pis. ‘¿Qué haces?’, pienso. Pero acerco la cara. Huele a hombre, sudor, excitación. Él masturba lento, pa-pa-pum contra la pared. ‘Muéstrame tu chochito’, dice. Me excita. Me pongo de pie, piernas temblando. Levanto el vestido, abro las piernas. Mi monte de Venus liso, labios hinchados, clítoris asomando. Él gime: ‘¡Joder, qué guapa!’. Dos dedos morenos salen por el agujero, buscan. Toco mi clítoris, jadeo. ‘Ahh…’. Empujo contra ellos. Rojos, ásperos, entran en mí. Chap chap, mi jugo los moja. Huelo mi propia excitación, dulce, salada.
El Encuentro Secreto en los Baños
No aguanto. Me giro, agacho. Coño frente al agujero. Él: ‘Sí, así…’. Siento la punta, caliente, dura. La froto contra mis labios. Deslizo, arriba abajo. ‘Métemela’, gimo bajito. Empuja. Entra despacio. Llenándome. Gruesa, estira mis paredes. ‘¡Uff, qué prieta!’, gruñe. Yo: ‘Más… dame más’. Empujo hacia atrás, culo contra la pared. Plaf plaf. Sale y entra, jugoso. Mis tetas rebotan libres bajo el vestido. Pillo mis pezones, duros. Olor a sexo crudo, su piel contra la mía. Gimo: ‘Ah… sí… fóllame’. Él acelera, huevos golpeando.
Siento su polla hincharse. ‘Me corro…’, avisa. ‘En mi cara’, pido. Me aparto rápido, me arrodillo. Boca abierta. Chorros calientes, espesos, salados. Salpica mi lengua, mejillas, pelo. Glup glup, trago lo que puedo. Huele fuerte, a macho. Limpio con la lengua la punta que asoma. ‘Buena chica’, dice él. Me levanto, piernas flojas, coño goteando. Me bajo el vestido, salgo. Pelo revuelto, una gota blanca colgando en las ondas.
Vincent espera en el coche, sudando. ‘¡Qué tarde!’. Yo: ‘Había una cola enorme’. Él: ‘¿Cola? ¿En el bar?’. Río. ‘Sí, amor’. Me siento, abro piernas un poco. Le cojo la mano, la subo por mi muslo. ‘Sorpresa… no llevo bragas’. Sus dedos tocan mi coño mojado, resbaladizo de jugos y restos. ‘¡Eres una guarra!’, dice excitado. No sabe la mitad. En mi pelo, el regalo del desconocido brilla al sol. Siento el semen secándose, pegajoso. Sonrío. Otra aventura para recordar.