Oye, amiga, no sé por dónde empezar… Estaba tumbada en esa camilla fría del hospital, con las piernas abiertas y ese gel helado resbalando por mi vientre. Hacía calor, el aire olía a desinfectante mezclado con mi sudor nervioso. El médico, un tipo mayor con manos temblorosas, movía el ecógrafo despacio. ‘Mira, aquí está’, murmuró. Vi la pantallita: una bolita pulsante, mi bebé. Pero algo no cuadraba. Una sombra rara, como un borrón en la imagen perfecta.
‘¿Qué es eso?’, pregunté, mi voz saliendo ronca. Él dudó, carraspeó. ‘Podría ser… una anomalía genética. Nada grave aún, pero hay que analizar’. Mi corazón latió fuerte, bum-bum contra mis costillas. Me acordé de esa noche loca con Javier, mi amante secreto. Hacía semanas, en su piso oscuro, oliendo a tabaco y sexo. Él me había penetrado duro, desde atrás, mis tetas rebotando contra el colchón. ‘¡Más fuerte, joder!’, le grité. Su polla gruesa me llenaba, resbaladiza de mis jugos, chapoteando con cada embestida. Gemí alto, mordiendo la almohada, mientras él me mordía el cuello. Eyaculó dentro, caliente, inundándome. ¿Sería eso? ¿El principio?
La Descubierta en la Clínica
Salí de allí con las piernas flojas, el coño aún palpitando del recuerdo. Llamé a mi madre. ‘Ven a casa, mamá. Tengo que contarte algo’. Ella llegó rápida, su perfume floral invadiendo el salón. Se sentó, cruzando las piernas elegantes. ‘Dime, hija’. Le enseñé la ecografía impresa. Sus ojos se abrieron, pero rápido los cerró. ‘Es… una interferencia. No te preocupes’. Pero yo noté el temblor en su voz.
‘Quiero la verdad. Análisis completo. Sangre, todo’. Ella palideció. ‘Altea, no remuevas el pasado…’. Insistí. Fuimos al laboratorio privado, aire acondicionado helado erizando mi piel. La enfermera pinchó mi vena, el algodón oliendo a alcohol. Horas después, el resultado: ‘Gén recessivo. De la familia’. Miré a mi madre. ‘¿Qué ocultas?’. Bajó la mirada. ‘Tu abuelo… tuvo un lío con su hermana. Lo enterramos. Yo lo neutralicé con matrimonios buenos. Tú eras perfecta’. Rage me subió. ‘¡Me usaste como excusa! ¿Y ahora mi hijo?’
Ella suspiró, tocándome el brazo. ‘Puedes… arreglarlo. Una píldora, discreta’. Su mano en mi piel me dio un escalofrío, recordándome noches solas tocándome, fantaseando prohibido. Pero no. ‘No. Lo quiero’. Me fui furiosa, pero cachonda de la adrenalina. Llamé a Javier. ‘Ven ya. Necesito follar’. Llegó en minutos, oliendo a colonia y deseo. Me empujó contra la pared, beso salvaje, lenguas enredadas con sabor a menta y saliva.
La Confrontación y el Placer Final
‘¿Qué pasa, nena?’, jadeó, manos bajando mi pantalón. ‘Estoy embarazada. Anomalía. Pero me da igual. Fóllame como nunca’. Sus ojos brillaron. Me levantó, piernas alrededor de su cintura, polla dura presionando mi entrada húmeda. Entró de un golpe, ‘¡Ahhh!’, grité, uñas clavadas en su espalda. Olía a nuestro sudor mezclándose, tetas aplastadas contra su pecho. Me folló contra la pared, embestidas profundas, mi coño chorreando por sus huevos peludos. ‘¡Sí, así, cabrón! Lléname otra vez!’, gemí. Él gruñó, mordiendo mi pezón duro, succionando leche que aún no salía.
Cambiamos. En el sofá, yo encima, cabalgándolo lento al principio. Sentía cada vena de su verga rozando mis paredes, clítoris frotando su pubis. ‘Mira mi barriga’, le dije, manos en mi vientre. ‘Nuestro hijo raro… pero nuestro’. Aceleré, azotando carne contra carne, slap-slap eco en la habitación. Sudor goteando, olor almizclado intenso. Él me agarró el culo, dedos hundiéndose, uno rozando mi ano. ‘¡Mételo!’, supliqué. Empujó el dedo, doble penetración casera, me corrí fuerte, chorros mojando sus muslos. ‘¡Joder, Altea!’, rugió, llenándome de semen caliente, palpitante.
Después, jadeantes, abrazados. Mi mano en el vientre, sintiendo el leve kick. ‘Lo acepto todo. La anomalía, el secreto, el placer’. Javier besó mi frente. ‘Eres increíble’. Y supe que había elegido bien. No perfección. Vida cruda, follando contra el destino.