Hay, creo, tres tipos de tíos que han intentado ligarme. Si hay más, el destino no me los ha puesto delante. El primero es el caballero perfecto, aburrido de cojones. Dulce, atento, te trata como a una princesita frágil. Bien para un café en día de lluvia, pero en la cama… uf, cero emoción. Al menos paga la cena, hace cumplidos que hinchan el ego y a veces esconde a un salvaje debajo.
El segundo, el guerrero. Viene a conquistar. Tu sí es obligatorio por ley, pero él asume que su cuerpo de gimnasio basta. Directo al grano, sin cenas eternas. Me pone cachonda su confianza, experimenta posiciones locas, me folla duro. Pero es bruto, a veces idiota, y te mira como a una puta después. Aun así, culazo garantizado.
Los tres tipos de hombres que me seducen
El tercero, el payaso listo, el que te hace reír hasta el estómago. No el bufón tonto, sino el que con una frase te moja las bragas. Noches eternas charlando, riendo, follando al amanecer. Insaisissable, inteligente… pero a veces su humor esconde miedos que matan la pasión.
Esa noche de primavera, en terraza de un bar, mi amiga se fue de compras. Dos tíos se acercan, bromeando con el color de mi falda corta. Uno, alto, musculoso, ojos fieros: puro guerrero. El otro, mirada oscura, sonrisa maliciosa: el taquín perfecto. Me miran, yo les miro. Charla sube de tono rápido, alcohol fluye.
—Oye, ¿esos botones de la blusa aguantan mucho? —dice el guerrero, guiñando.
—Prueba y verás —río, cruzando piernas, sintiendo el roce de mi tanga húmeda.
El taquín interviene: —Cuidado, que esta tía te come vivo con una mirada.
Horas vuelan. Hablamos de todo, menos de fútbol: sexo, fantasías, posturas. Estoy empapada, pezones duros contra la blusa. No quiero elegir.
—Vale, chicos… Me gustáis los dos. ¿Cómo decidimos? —digo, voz ronca por el vino.
Ríen juntos, complicidad rara.
—¿Pelea? —propone el guerrero.
—Sin violencia, como civilizados. ¡Subasta! —exclamo.
—Vale, perdedor se aparta. Ganador manda, pero solo él te toca —acordan.
Empiezan: 10 euros, 20, 50… El guerrero gana con 125. Me pasa billetes calientes.
—¿Cuánto la cuenta? —pregunto.
—124,50 —dice el taquín, riendo.
—Hijos de puta… —susurro, sonriendo.
Vuelvo, dejo 50 céntimos de propina. El guerrero ordena:
—Quítate el tanga. Aquí.
Corazón late fuerte. Falda arriba, deslizo la tela mojada por muslos. Huele a mi coño excitado, dulce y salado. Se la meto en el bolso, piernas temblando.
—Ahora, tócate. Hasta correrte. Discreto.
La terraza, las pujas y el clímax inesperado
Cuatro ojos clavados. Dedos bajan, rozan labios hinchados, clítoris palpitante. Bar bulle: risas, vasos tintinean, humo de cigarro. Introduzco un dedo, luego dos. Chup chup suave, jugos calientes. Rozo paredes internas, gimo bajito disfrazado de risa. Olor a sexo sube, mezclado con jazmín de sus tés. Tensión crece, caderas se mueven solas. Explosión: contracciones brutales, jugos chorrea por silla, jadeos ahogados. Orgasmo me sacude, visión borrosa, sudor perla piel.
—Joder… increíble —suspiro, ruborizada, piernas flojas.
Sonríen pícaros.
—Nos gustas mucho, pero… somos novios. Fieles.
¡Me cago! Dos perfectos, y gays. Río nerviosa, coño aún latiendo.
—¿Os ha puesto? Espero que sí. Genial noche, pero vosotros os follaréis, yo no.
—Espera —dice el guerrero—. Aún obedeces. ¿Has follado en baños con un desconocido?
Me llevan adentro. Barullo, música alta. El taquín señala un tío solo, moreno, paquete marcado.
—Ve, dile que vienes de nuestra parte. Órdenes mías.
Entro al baño hombres, pestilente a pis y desinfectante. Él ya está, me sigue. Puerta cierra, pestillo clac.
—¿De ellos? —gruñe, manos en mi cintura.
—Fóllame duro —suplico, besos salvajes, lengua invasora sabe a cerveza y tabaco.
Blusa fuera, pechos libres, él chupa pezones duros, muerde suave. Falda arriba, tanga ida. Lo bajo pantalón: polla gruesa, venosa, gotea precum salado. La chupo ansiosa, glup glup, bolas peludas huelen a macho sudado. Garganta profunda, babeo por barbilla.
—Joder, qué boca —gime.
Me gira, levanto falda. Entra de golpe, rasga coño sensible post-orgasmo. Plaf plaf, huevos chocan culo. Manos aprietan caderas, uñas clavan. Empujo atrás, clítoris roza lavabo. Olores intensos: sudor, coño, polla. Gimo alto, eco en azulejos.
—Córrete dentro —ordeno.
Acelera, gruñe animal. Chorros calientes inundan útero, desborda por muslos. Yo exploto otra vez, rodillas tiemblan, grito ahogado.
Sale, beso rápido, se va. Salgo flotando, ellos esperan riendo.
Desde entonces, cada semana nuevos retos. Soy su muñeca juguetona, siempre cachonda.