Hallogouine: Mi noche más salvaje de Halloween con Flo y Odile

Flo, Rose y yo nos adorábamos, pero casi nunca nos veíamos. Ese sábado nos cruzamos por puro azar en la ciudad, cargadas con las bolsas de la compra. ‘¡Chicas, un café!’, propuse. Nos sentamos en el bistro de la FNAC, charlando de todo un poco. Luego, el bombazo: Flo estaba coladita por Odile.

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‘Chicas, no soy lesbiana, solo amo a Odile, es diferente’, insistía Flo, sonrojada. Rose y yo nos miramos, pícaras. ‘Pero Odile es lesbi total’, le dije riendo. Flo negaba, pero era obvio. Ese 15 de octubre, por la ventana, Flo lanzó la idea: ‘¡Fiesta de Halloween!’. Yo me reí. ‘Perfecto, es el cumple de mi perro Halloween, un monstruo que odia a todos menos a mí. Cumple diez años’.

El café casual y la idea loca de la fiesta

Rose, que detestaba los perros, cortó: ‘Invitamos a un montón, alquilamos un sitio guay, disfraces, sopa de calabaza, telarañas everywhere’. En horas, encontramos una cave enorme, voûtes medievales, tres salas con saeteras altas. Mandamos cien invitaciones que se volvieron 120. Flo trajo a Odile, que bautizó la noche ‘Hallogouine’. Flo flipó: ‘¡No, eso es de gouine!’.

Yo llamé a mi viejo amigo Daniel para la déco, y un traiteur barato para la sopa con pan y quesos. Para disfraces, mezclasamos Parcas y Grías: viejas con una sola diente y un ojo gelatinoso para cortar hilos de vida. Hilarious. Llegaron Oscar y Philippe primero. Oscar, abogado gay discreto, llegó en drag queen con tacones de 15 cm, glitter y maquillaje pro. Philippe, decorador effeminé, era Freddy Mercury en cuero ajustado. Odile, de segadora, me susurró: ‘¿Ves? Hallogouine pura’. Abrazó a Flo, que casi explota.

Daniel había obrado milagros: telarañas iluminadas por velas en calaveras sangrientas. Discutimos las calabazas, pero pusimos dos gigantes en la entrada como espantapájaros. La fiesta explotó. Gente bailando, bebiendo, cuerpos sudados retorciéndose. Olía a alcohol, sudor, calabaza especiada. La música retumbaba, luces tenues jugaban sombras lascivas. Recordé el origen del carnaval: carne levare, fiesta antes del ayuno. El aire cargado de deseo, disfraces medio caídos, manos rozando culos anónimos.

Yo, vestida de Parque sin ojo –lo dejé con las chicas–, sentía el calor subir. Mis pezones duros bajo la tela raída, bragas húmedas. Odile se acercó, su aliento cálido en mi oreja. ‘Ven, guapa’. Me arrastró a una sala lateral, voûtes bajas, olor a piedra húmeda y cera quemada. Sus manos en mi cintura, tirando del disfraz. ‘Siempre supe que eras una puta cachonda’, murmuró, besándome el cuello. Sabía a vino tinto dulce, labios carnosos chupando mi piel.

La cave en llamas: sexo, sudores y clímax inolvidables

Gemí bajito: ‘Odile… ¿y Flo?’. ‘Ella mira, le encanta’. Me empujó contra la pared fría, contraste brutal con su cuerpo caliente. Sus dedos bajaron mi falda, rozando mis muslos temblorosos. ‘Mira cómo chorreas’, dijo, metiendo dos dedos en mi coño empapado. El sonido chapoteante, squish squish, me volvió loca. Olía a mi excitación, almizcle femenino. Lamí sus tetas, pezones oscuros duros como piedras, salados de sudor.

De repente, Flo apareció, ojos brillantes. ‘¿Puedo unirme?’. Odile rio: ‘Ven, amor’. Flo se arrodilló, lengua en mi clítoris hinchado. ‘Mmm, qué rica estás’, balbuceó, lamiendo voraz. Yo jadeaba, ‘¡Ay, Dios, más fuerte!’. Odile me besaba, lengua enredada, mientras Flo chupaba. Cambiamos: yo en el suelo sucio, Odile cabalgándome la cara, su coño jugoso goteando en mi boca. Sabor ácido-dulce, pelos púbicos rozando mi nariz. Flo se frotaba contra mi muslo, gemidos ahogados: ‘¡Me corro, chicas!’.

Philippe y Oscar entraron, atraídos por los ruidos. ‘¡Qué espectáculo!’, dijo Oscar con voz ronca de drag. Philippe, polla dura bajo el cuero, se desabrochó. ‘Déjame probar’. Oscar se unió, besando a Flo. Yo monté a Philippe, su verga gruesa estirándome, ‘¡Joder, qué prieta!’, gruñó él. Golpes profundos, slap slap de carne. Sudor chorreando, olor a sexo puro. Odile se sentó en su cara, ahogándolo en jugos.

Clímax brutal: todos enredados, yo corrí gritando, coño contrayéndose alrededor de Philippe, chorros calientes llenándome. Gemidos, ‘¡Sí, fóllame! ¡Más!’, ecos en la cave. Al final, exhaustas, cuerpos pegajosos, risas. ‘Mejor Halloween ever’, susurré. La noche no acabó ahí, pero eso… es otra confesión.

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