Floriane y el espejo de los recuerdos (03) Para que el juego pueda durar…

Pauline tenía el pelo revuelto y los ojos somnolientos. Se acurrucaba al fondo de su edredón beige grueso, en posición fetal, con un camisón negro de algodón. No llevaba ropa interior. Ni joyas, salvo su pequeña cruz plateada en un hilo negro de lino. Me arrodillé en la cama, dejando con cuidado la bandeja del desayuno al final. Croissants de mantequilla y otros de mermelada de albaricoque. Dos vasos de zumo de naranja, un tarrito de miel y rebanadas de brioche como le gustaba a Pauline.

Todavía dormitaba un poco cuando me incliné para besarle la oreja derecha. Estaba tibia, cubierta por mechones de pelo. Pauline nunca había estado tan guapa. Habíamos pasado la primera semana en su casa desde que la encontré esa mañana, después de nuestra noche infernal. Cada día la descubría más íntimamente. Sus gestos, hábitos, todo delicado, dulce, sensual. Hacíamos el amor todos los días. Por la mañana, aún adormiladas; al mediodía, recuperándonos de las noches; por la noche, excitadas como locas.

El despertar bajo las sábanas

Nos tocábamos, acariciábamos, mordíamos, besábamos, lamíamos, mimábamos, atormentábamos, violentábamos de formas distintas. Suaves, tiernas, bestiales. Pero siempre con amor infinito. Mi favorita fue la segunda noche.

Quería unirme a ella en la ducha. Me enjabonó, contempló, cuidó, calmó. Orgullosa de mis pechos, uñas, cuerpo entero. Me llevó a la cama y me ofreció la marca de afecto más divina. Pero fue como una amiga atenta, distante, enfocada en sus manos, su piel. Sin palabras para forzar.

Con sus ofrendas corporales, llegué al orgasmo. El más largo e intenso de mi vida. Esa noche hablamos horas sin tocarnos. Mi noche preferida.

Me separé de su oreja y besé su mejilla, deslizando dedos por la cara interna de su antebrazo sobre las sábanas. Cerró el puño. Metí mi índice entre sus dedos y apretó más. ‘Pauline, estás preciosa’, susurré. Tembló. Besé su nariz fina, recta. La chupé entera, metiendo la lengua en sus fosas nasales. Se removió, gimió bajito.

‘¿Qué haces, Floriane?’, murmuró somnolienta.

‘Despertarte, mi amor. ¿Te molesta?’

‘No… sigue.’

Mis labios soltaron su nariz con un ruidito y se pegaron a los suyos. Sabor a mañana, aliento febril, pegajoso. Puse mi lengua plana sobre la suya, moviéndola adelante-atrás, derecha-izquierda. Pasiva, se dejaba. Abrió la mano, tomó la mía entera. ¡Qué alegría sentir sus dedos cerrarse!

Aparté el edredón, subí su camisón hasta los pechos. Tembló, callada. Su vientre liso, dorado. Ombligo redondo. Muslos firmes. Vello negro, rizado sobre sus labios. Seco aún, no húmedo. Caíñé ahí. Se humedecía, tierna.

‘Floriane… hola, cariño’, abrió los ojos.

‘Hola, Pauline. ¿Dormiste bien?’

‘Mmm… tengo sed.’

Señalé el zumo. Lo tomó, bebió. Labios húmedos ahora. Me lo ofreció. Bebí. Nuestras labios al lado del vaso. Bajó el vaso, nos besamos. Me pasó zumo tibio de su boca con la lengua. Lo devolví, gritó sorprendida, se derramó por su barbilla. La lamí triunfante.

El desayuno de placeres prohibidos

‘¡Traviesa! ¿Quieres que te dé de comer?’, rio, ofreciendo un croissant de albaricoque.

Mordí un trozo, masticamos. Pegó labios, lo intercambiamos. Más delicioso, húmedo de su saliva. Mordió otro, lo busqué con la lengua. Todo el croissant en ese juego.

‘Toma miel’, hundió dedos en el tarro, se untó la cara. Cejas pegajosas, nariz dorada. La limpié con besos.

‘Ahora tú’, me untó labios, los lamió.

Me tendí sobre ella, un rodilla a cada lado de sus muslos. Besos de frente a pies, por valle, muslos, piernas, plantas.

‘¡Ay, Floriane! Huele a mí…’, se excitó.

Metí nariz entre sus grandes labios. Olor a sexo, íntimo. Introduje lengua entera. Sabor de mujer, único, suyo. Posesión total.

‘¡Dios, lame más!’

Golpeé clítoris con lengua. Manos melosas abrieron sus labios, vi rosado húmedo. Gemí salvaje. Lamí cyprine, hilos translúcidos. Nada de ella me repugnaba.

Ondulaba, fosas contra mi cara. ‘¡Mira, mírame!’

Levanté cabeza, labios brillantes, cara húmeda. Mordí su boca. Tomó mis manos, las metió en su vagina. Empujó. ‘¡Más profundo!’

Explotó. ‘¡Floriane, no aguanto!’

Inmóvil, contra mi piel, sábanas melosas. Su mano en mi muslo. ‘Ahora tú, mi desayuno… te lo devuelvo.’

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