Era una tarde soleada de julio, hacía un calor de locos. Olía a tierra seca y plantas calientes subiendo desde el suelo. Quedamos cerca de una playita pequeña, por Kerjulia, pero yo la imaginé en mi Costa Brava, eh… el sitio perfecto. Me dijo que era morena, pelo rizado, conducía un Citroën azul pequeño. No la conocía de nada. Parecía de mi edad, unos 27, con ganas de lo mismo: algo fuera del rollo habitual, bisexual, puro vicio.
La regla era clara: cada una con vestido de verano, sin nada debajo. Nada de bragas, nada. Llegué primero al parking diminuto, vacío. Bajé la ventanilla para oír el mar, ese ruido constante, hipnótico, con algún grito de gaviota rompiéndolo. Mi vestido ligero, floreado, con botones grandes blancos casi hasta abajo. No cerré el último, los faldones se abrían sobre mis muslos. Separé las piernas, el sol abrasador me lamía la piel. Puse la mano en un muslo, piel caliente, suave… subí despacio. Mi sexo ya abierto, húmedo, caliente. Me había depilado todo, solo un triángulo arriba. Deslizaba los dedos por lo liso, suave, me ponía cardíaca.
La espera nerviosa en el parking
¿Sería guapa? Los mails nos habían calentado, pero… ¿y si no cuajaba? ¿Y si al vernos nos cortábamos? Yo quería follar con una mujer, joder, desde hacía tiempo. Caresses suaves, intuiciones que solo otra tía entiende. Suspiros, gemidos… quién mejor que una para dar y recibir placer puro.
Un ruido de coche me sacó. Miré el retrovisor, nada. Me retoqué rápido. Entonces vi un coche azul acercándose lento. ¿Citroën? Sí. El corazón me latía fuerte. Aparcó al lado. Vi su cara: joven, mona, sonrisa pícara. Cogí mis gafas, la bolsa de playa, salí. ¿Cómo saludar? Nervios.
Ella salió, rodeó el coche. Vestido veraniego precioso, imaginé su coño desnudo debajo. Sonreí, aprobando. ‘¿Eres Diana?’, dijo sonriendo. ‘Soy Julie’. Sin pensarlo, se acercó, manos en mis caderas, beso en la mejilla. Su perfume fresco, excitante, me envolvió. Puse manos en sus hombros, suave piel. Hablamos tonterías: el sitio, el sol perfecto para playa.
‘Vamos abajo’, propuso ella, mandona. Bajó delante, saltando piedras. Su culo se marcaba bajo el vestido, fluido, sexy. El camino empinado, resbalé. Caí sobre ella, manos en sus caderas. Gritó sorprendida, se giró. Cara a cara, yo encima. ‘¿Estás bien?’, susurró, mano en mi pelo. ‘Sí…’, dije. Me acarició el cuello. Nuestros labios se juntaron. Besaba de vicio, lengua juguetona. Manos explorando curvas. Se apartó: ‘Ven’. Bajamos de la mano, felices.
Encontramos un rincón discreto, soleado. Sacamos toallas. Me acerqué para besar, ella me paró suave. Desabrochó mis botones lentos. ‘Ohhh…’, admiró mis tetas, caderas, el triángulo peludo. No quitó el vestido del todo, lamió mi pezón izquierdo. Lengua caliente, círculos. Gemí bajito, mano en su pelo rizado. Mis pezones duros, piel erizada.
Explosión de placer en la arena y el mar
La empujé suave. Deslicé su cremallera. Tetas firmes, vientre suave, caderas anchas, pubis con vello corto, cuidado. Muslos dorados. Nos tumbamos de lado, mirándonos. Beso profundo, lenguas bailando, combatiendo. Puntas de tetas rozándose, chispas. Me puso bocarriba, se sentó a horcajadas en mi barriga. Bajó, lengua en mis labios mayores. Suave al principio, luego abrió mi coño, chupó mi jugo dulce. Intenté moverme, pero el placer me clavó. Clítoris hinchado, lo succionó, lo rozó con dedos. Me corrí fuerte, ‘¡Aaaah!’, arqueada.
Se sentó en mis tetas, mirando el mar, jadeando. Recuperé aliento, agasajé sus tetas pesadas, pellizqué pezones. Levanté cabeza, lengua en su culo. Rosado, lo salivé, círculos, penetré. Onduló, ‘¡Sí, qué rico!’. Dedo dentro, fácil, la follé anal. Gemía alto, se empaló. Se desplomó exhausta.
Siesta corta, para recargar. Nos metimos al agua. Ella sentada, piernas abiertas, olas lamiéndole el coño. Clapotis erótico. Me senté en indio, me toqué el clítoris duro. Gemí, corri sofocada. Luego yo igual, olas entre muslos, gargouillis divinos. ‘Gracias…’, susurré. Me mordió el pezón, dedo en mi coño con el vaivén del mar. ‘¡Haan!’, exploté.
La abracé por detrás en el agua, mano en tetas, otra en su chochita. ‘¡Oh sí!’, se abandonó. Dos dedos dentro, la branqué fuerte. ‘¡Más, fóllame!’, gritó, corrió apretándome la mano.
Volvimos a las toallas. Sudadas, felices. Ese día, puro fuego femenino.