Mi Encuentro Erótico con los Hombres del Río

Ay, amor, si supieras… Estaba caminando sola por esas praderas interminables, con el sol quemándome la piel, el sudor resbalando entre mis pechos. Llevaba solo mi túnica ligera de piel de reno, que apenas me cubría los muslos. Mis pies descalzos pisaban la hierba húmeda, oliendo a tierra fresca después de la lluvia. Hacía meses que Zoug me había echado del clan, diciéndome que encontrara un hombre, que me follara hasta hacerme madre. ‘Ve al sur, sigue el río’, me dijo con esa voz ronca. Y aquí estaba yo, Tallah, de 27 inviernos, con mi cuerpo fuerte, piernas largas y musculosas, pechos firmes que se movían libres bajo la tela.

El río… Dios, qué alivio. Agua cristalina rugiendo, olor a peces y algas. Me quité la túnica, me metí desnuda, el agua fría erizándome la piel, mis pezones endureciéndose al instante. Flotaba, tocándome un poco, pensando en pollas duras que no había probado nunca. De repente, voces. Risas graves, profundas. Me escondí tras unos juncos, el corazón latiéndome fuerte.

La Llegada al Río y el Descubrimiento

Eran cinco hombres, piel oscura como la noche, cabellos negros y rizados como lana de oveja salvaje. Desnudos, cachas, con músculos brillando bajo el sol poniente. Se metían al río, chapoteando, riendo. ‘¡Mira eso, Koro!’, gritó uno, señalando la polla tiesa de otro. ‘¡Ya está listo para cazar hembras!’ Rieron a carcajadas, el agua salpicando. Yo… yo ardía. Mi coño se mojó solo de ver esas vergas gruesas, oscilando, una ya dura como piedra, venosa, con el glande rojo asomando.

No pude más. Salí de los juncos, manos abiertas en signo de paz, sonriendo. ‘Yo… Tallah’, dije torpe, mi voz ronca de deseo. Se giraron, ojos brillantes. El primero, alto, con barba espesa, sonrió amplio. ‘¡Mujer! ¡Ven!’, gritó en su lengua extraña, pero entendí el gesto. Me acerqué, temblando, el agua lamiéndome las caderas.

Sus manos… Ay, sus manos grandes, callosas, me tocaron los hombros primero, bajando a mis tetas. ‘¡Mira qué hembra fuerte!’, murmuró uno, apretando mis pezones, tirando suave. Gemí bajito, ‘Sí… tocadme’. Olían a sudor masculino, a tierra y río, embriagador. El del pelo rizado me besó el cuello, lengua áspera lamiendo mi piel salada. ‘¿Quieres polla, eh?’, susurró en palabras que capté por instinto.

Me llevaron a la orilla, arena suave bajo mi culo. Uno se arrodilló, separó mis piernas. Su aliento caliente en mi coño, oliendo mi humedad. ‘Huele a puta en celo’, rio, y metió la lengua. ¡Dios! Lamía mi clítoris hinchado, chupando mis labios, el ruido chap chap de su boca tragando mis jugos. Yo arqueaba la espalda, ‘¡Más! ¡Joder, más profundo!’, gritaba, clavando uñas en su cabeza.

La Pasión Desatada Bajo las Estrellas

Otro me metió su verga en la boca. Gruesa, salada, con gusto a río y pre-semen. La chupé ansiosa, lengua girando en el glande, sintiendo las venas pulsar. ‘¡Así, hembra, trágatela toda!’, gemía él, follándome la garganta. Tosía, saliva goteando, pero no paraba. Los otros se pajeaban, pollas duras apuntándome, gotas perlando las puntas.

El primero entró en mí de golpe. Su polla enorme estirándome el coño, un dolor-placer que me hizo gritar. ‘¡Estás tan apretada! ¡Como virgen!’, rugió, embistiéndome fuerte, slap slap de sus huevos contra mi culo. El ritmo salvaje, arena raspando mi espalda, sudor mezclándose, olor a sexo crudo llenando el aire. Gemía sin parar, ‘¡Folladme! ¡Llenadme de leche!’. Cambiaron posiciones, uno por detrás, cogiéndome a cuatro patas, su vientre peludo contra mi espalda, manos amasando mis tetas.

‘¡Gira, ahora el culo!’, ordenó el grande. Escupió en mi ano, empujó su polla gorda. Dolía, ardía, pero el placer… ¡uf! Me follaba el culo profundo, mientras otro me metía en la boca y uno en el coño. Tres pollas al tiempo, cuerpos presionándome, gruñidos animales. ‘¡Toma, zorra primitiva!’, jadeaban. Orgasme tras orgasme, mi cuerpo convulsionando, chorros calientes llenándome, semen goteando de mi coño y culo, tragando lo que podía.

Al final, exhausta, cubierta de sudor y corrida, ellos riendo, acariciándome. ‘Quédate con nosotros, Tallah. Te haremos madre mil veces’. Sonreí, sabiendo que había encontrado mi clan nuevo. El río cantaba bajito, la noche estrellada nos cubría. Nunca más sola.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *