Mi encuentro salvaje y húmedo en el río con el ermitaño barbudo

Estaba en medio del río, justo en medio, chapoteando entre los nenúfares. Completamente desnuda, claro. Ese sol de justicia… uf, necesitaba refrescarme el cuerpo. Y la mente, después de tanto tiempo sin un buen polvo. El agua fresca me erizaba la piel, corría suave entre mis piernas, oliendo a tierra mojada y algas.

Yo vivo aquí cerca, en la granja de mis padres. Pero hoy, escapé. Mi marido, ese viejo gruñón de 50 años, ni se enteró. Me quité la ropa en la orilla, la dejé en mi cesta de mimbre, y ¡plof! Al agua. Nadaba tranquila, el agua chapoteaba suave contra mis pechos pesados, mis nalgas gordas flotando.

El chapuzón inesperado y la risa compartida

De repente, oí un ruido. Mis pies tocaron una raíz, me incorporé un poco. Frente a mí, un tipo flaco como un palo, barbudo, sucio, con pinta de loco de los bosques. Desnudo total, sus huevos colgando entre las piernas huesudas. Me miró con ojos de susto, tapándose la polla con las manos. Ja ja ja, no pude evitar reírme. Sonó como un relincho, eeeh, de pura gracia.

—Venga, no seas tímido —le dije, con mi acento de pueblo, chillón pero juguetón—. Esta poza es la mejor para refrescarse con este calor.

Se quedó tieso, mirándome. Yo di media vuelta, nadando despacio hacia la orilla. Sentía sus ojos en mi culo grande, blanco, que subía y bajaba con cada brazada. Me giré, riendo aún, y vi que ya tenía la verga medio tiesa. ¡Madre mía, qué rápido se pone cachondo este salvaje!

Salí del agua con calma, el sol calentándome la piel húmeda. Agua goteando de mis tetas pequeñas pero firmes, de mi monte de Venus espeso, negro como brezo. Me senté en un tocón, piernas abiertas sin pudor. Él seguía en el medio del río, como un pasmarote.

—Ven, acércate. No muerdo. Tengo una toalla y algo de beber. Te he visto antes bañándote aquí. Vives en esa cabaña de la Mornería, ¿verdad? Me picó la curiosidad.

Se acercó torpe, chapoteando. De cerca, apestaba a sudor rancio y bosque, barba de diez días, cuerpo demacrado. Pero había algo… animal en él. Me ofreció la polla flácida otra vez, ja. Le pasé la calabaza con licor de hierbas, casero, fuerte como un rayo.

—Bebe, es bueno. Refresca el cuerpo… y otras cosas.

Dio un trago, se atragantó, tosió. Tos-tos. Yo me eché un buen lingotazo, el alcohol quemándome la garganta, bajando caliente al estómago. Olía a anís y plantas silvestres. Otro trago, y zas, mis inhibiciones volaron. Lo miré fijo, sus ojos en mis muslos gruesos, mi coño peludo asomando.

De pronto, su mano en mi pierna. Suave al principio. Subiendo. Yo no dije nada, solo suspiré. Hummm… Sus dedos ásperos rozando mi piel. Me abrí más. Él se arrodilló, cabeza entre mis piernas. Olía mi olor, fuerte, de mujer sudada y cachonda.

—¿Puedo? —murmuró, voz ronca.

—Dale, chupa lo que quieras.

Su lengua… ay, Dios. Entró en mi mata espesa, lamiendo despacio. Slurp, slurp. Sabía salado, mi jugo mezclándose con su saliva. Gemí bajito. Sus dedos abrieron mis labios, tocando el clítoris hinchado. Electricidad subiendo por mi espalda. Olor a sexo crudo, a musgo húmedo.

El éxtasis en la orilla: lengua, dedos y penetración feroz

—Joder… sí, así… más adentro.

Me comía el coño como un lobo hambriento. Lengua girando, chupando fuerte. Mis caderas se movían solas, restregándome en su cara barbuda. Rasposa, pero rica. Dedos dentro, dos, tres, follando mi agujero empapado. Chap-chap, sonidos húmedos. Olía a mi excitación, almizclado, intenso.

Nunca me habían lamido así. Mi marido va directo al grano, sin preámbulos. Este… uf, me volvía loca. Sentí el orgasmo subiendo, como una ola. Grité:

—¡Ay, sí! ¡No pares, cabrón!

Exploté en su boca. Chorros de jugo, caliente, salpicando. Mi cuerpo temblando, piernas apretándole la cabeza. Hummm… hummm… jadeos roncos. Él lamió todo, tragando.

No esperé. Lo empujé al suelo, entre las margaritas. A cuatro patas, culo en pompa. Él detrás, verga dura como piedra, palpitando. Entró de un golpe. ¡Ahhh! Llenándome hasta el fondo. Carne contra carne, plap-plap-plap.

—Fóllame fuerte, ¡dale!

Empujaba salvaje, manos en mis caderas anchas. Mi culo rebotando, sudor goteando. Olía a sexo, a tierra, a nosotros. Cambiamos: yo encima, cabalgándolo. Sus manos amasando mis tetas, pellizcando pezones. Gemidos mezclados:

—Qué coño tan apretado… humm…

—Más, más profundo…

Lento ahora, profundo. Sentía cada vena de su polla frotando mis paredes. El clímax nos pilló juntos. Él gruñó como bestia, llenándome de leche caliente, chorro tras chorro. Yo aullé, contrayéndome, ordeñándolo.

Nos bañamos después, jugando en el agua, salpicándonos. Risas. Un beso largo, lenguas enredadas, sabor a sexo.

Bebimos más licor. Me vestí, él no preguntó nada. Pero volvió al día siguiente. Y otros días. Mi marido no sabe. Este verano… quién sabe. Si pasa algo más, os cuento.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *