Chicos, no os lo vais a creer, pero os voy a contar lo que me pasó el otro verano en Valencia. Tenía 27 años, soltera, adicta al sexo y a las emociones fuertes. Ese día hacía un calor de muerte, el sol quemaba la piel, y yo estaba en la terraza de una pizzería con mis padres, comiendo una margherita que olía a queso fundido y tomate fresco.
De repente, lo vi. Alto, ojos verdes intensos, medio asiático el rollo, con una sonrisa que me puso la piel de gallina. Me miró fijo, y yo… uf, sentí un cosquilleo entre las piernas. Llevaba un skate en la mano, camiseta ajustada que marcaba sus músculos. Nuestros ojos se cruzaron, y juro que olía a mar y a hombre joven desde tres metros.
La sorpresa en la terraza de la pizzería
—Oye, ¿eres tú el de ayer en la pizzería? —me dijo al día siguiente en la playa, pero espera, voy por partes.
Esa noche no dormí pensando en él. Al día siguiente, playa abarrotada, bikini blanco con flores rojas, mi piel bronceada reluciente de crema solar que olía a coco. Me tumbé, piernas largas estiradas, sintiendo la arena caliente bajo el culo. Y ahí estaba él, a cinco metros, mirándome las muslos. Me giré, lo pillé, y él apartó la vista, pero yo no. Lo devoré con los ojos: pectorales firmes, bañador que insinuaba un paquete generoso.
Me levanté, corazón latiendo fuerte, brisa marina revolviéndome el pelo castaño-rojizo. Caminé hacia él, arena crujiendo bajo mis pies descalzos.
—Perdona, ¿eres el chico de la pizzería de ayer?
—Sí, ¿y qué? —me contestó juguetón, voz grave que me erizó los pezones bajo el bikini.
—Pues… te encuentro mono. No suelo hacer esto, eh.
—Cute, ¿eh? Me llamo Jimmy. O Delcaux, si sabes de MSN.
Me quedé helada. ¿Cómo coño sabía mi nombre? Laura, de Valencia, no Ginebra, pero el rollo era el mismo. Amo los perros, la guitarra, talla B. Lo miré boquiabierta.
—¿Eres tú? ¡El del chat!
Me tiré a sus brazos, su pecho duro contra mis tetas suaves, olor a sal y sudor masculino invadiéndome. Sentí su polla semi-dura rozándome el vientre. Dios, quería follarle ahí mismo.
Hablamos horas, risas, miradas calientes. Me fui dejándole una nota: “Quedamos esta noche a las 22h en mi piso. Llama antes”. Un beso en la mejilla, labios suaves, casi en la boca, sabor a helado de coco.
La noche de placer desenfrenado
Esa noche, ducha rápida, agua caliente resbalando por mi coño depilado, excitada ya. Sonó el móvil.
—¿Vienes?
—Claro, preciosa. Estoy abajo.
Subió, puerta abierta, yo en tanga y camiseta fina, pezones duros asomando. Entró, olor a su colonia mezclada con mar.
—Joder, Laura, eres más guapa en persona.
Me besó, lengua invadiendo mi boca, sabor a menta y deseo. Manos en mi culo, apretando fuerte, yo gimiendo bajito: “Mmm… sí…”.
Lo tiré al sofá, le bajé el pantalón. Polla dura, gruesa, venosa, 18 cm fácil, oliendo a macho limpio. La chupé, lengua alrededor del glande, saliva goteando, él gruñendo: “¡Hostia, qué boca!”.
Me puse a cabalgarlo, coño chorreando, empalándome despacio. Sensación de plenitud, él llenándome, rozando mi punto G. Subí y bajé, tetas botando, sudor perlando mi piel, olor a sexo húmedo llenando la habitación.
—Fóllame más fuerte —jadeé.
Me giró, perrito, polla entrando brutal, cachetazos en el culo rojo. “¡Ah! ¡Sí! ¡Más!”, grité, pared temblando con mis manos. Él jadeando: “Tu coño es una puta gloria, aprieta así”.
Me corría, chorros calientes, piernas temblando, olor a mi jugo en sus huevos. Él se vació dentro, semen caliente inundándome, gemido ronco: “¡Me corro!”.
Caímos exhaustos, piel pegajosa, risas. “Vuelve cuando quieras”, le dije. Y volvió… toda la semana.