Hola chicas, soy Carmen, tengo 27 años, española en Gante, Bélgica. Fisioterapeuta para deportistas top. Me encanta mi curro, tocar cuerpos fuertes, oler el sudor fresco después del entreno. Hoy os cuento lo que me pasó esta semana con Maxime, un chaval de 18 del equipo nacional juniors de natación. Timido, rubio, ojos verdes, cuerpo de dios griego en construcción. 1,80m, abdominales marcados, piernas tonificadas por las brazadas.
Estaba en la sala, luz suave de la ventana, olor a aceite de masaje y cloro pegado a su piel. Él tumbado boca abajo en la camilla, speedo negro ajustado. Empecé por los gemelos, duros como piedras, subiendo a los muslos. Suspiros suaves: ‘Mmm, Carmen, qué bien…’. Piel caliente, suave, con pelitos rubios finos. Le di la vuelta para los cuádriceps. Ahí empezó la cosa.
La sesión que lo cambió todo
Sus ojos evitaban los míos, rojo como un tomate. Vi el bulto crecer en el speedo. Lento al principio, luego… ¡pum! La goma se levantó, y su polla salió disparada, ‘¡plaf!’, pegando en su vientre plano. Gruesa, venosa, 20 cm fácil, cabeza hinchada brillando de pre-semen. Olor intenso, masculino, a excitación pura. Sus huevos grandes, peludos claros, colgaban tensos.
—Ay Maxime, tranquilo… es normal, eh? A tu edad pasa siempre. No te preocupes.
Él balbuceaba, manos cubriéndose la cara:
—Pe-pero Carmen… lo siento mucho. No sé qué me pasa… nunca así.
Yo reí bajito, pero mi coño palpitaba ya. Humedad entre mis piernas, bragas empapadas. Seguí masajeando cerca de la ingle, rozando sin querer esa tija tiesa. Pre-semen goteaba, olor salado dulce invadiendo la sala.
—Quítate el speedo, anda. Así circula mejor la sangre. Y dime si paramos o seguimos.
Se lo sacó, rojo vivo. Dios, qué vista. Piernas largas, culo alto musculoso, polla recta como flecha apuntando al techo, huevos pesados. Pubis con vello claro rizado. Pecho liso, pezones rosados duros. Yo tragaba saliva, mi pezón se marcaba bajo la blusa blanca.
—¿Tú también te pones así, Carmen?
—Jaja, cuando era más joven sí. Ahora controlo… pero mírate, ¡qué vitalidad! Estás duro como una roca.
Él miró abajo, polla botando sola, más pre-semen saliendo. ‘Goteo-goteo’ en su abdomen.
—Duele un poco… no baja.
El clímax explosivo
—Pues ya sabes qué hacer, Maxime. Desahógate aquí, nadie ve. Pero no manches todo, eh?
Me fui al escritorio en la esquina L de la sala, vista indirecta por espejo. Oí el ‘chup-chup’ húmedo de su mano resbalando. Ritmo rápido, piel contra piel, jadeos ahogados: ‘Ah… ahh…’. Me mordí el labio, mano en mi entrepierna, frotando disimulo. Mi clítoris hinchado, olor a mi propia excitación mezclándose.
En el espejo: cuerpo arqueado, mano volando en esa verga enorme, huevos subiendo. Se crispó, contuvo aliento… ¡y explotó! Primer chorro blanco espeso, ‘psshh’, hasta su pelo rubio. Luego cinco, seis más, pesados, salpicando pecho, abs, charco en pubis. Olor fuerte a semen fresco, caliente. Gemido largo: ‘¡Uuuufff… joder qué bien!’.
Salió vapor de su piel sudada. Polla aún semi-dura, goteando restos.
—Vaya, Maxime, menos mal que soltaste presión. Tus colegas esperan fuera, espero no te oyeran.
—Carmen… fue… increíble. Necesitaba eso. ¿Servilleta?
Le acerqué una, limpié su pelo pegajoso, pecho reluciente. Toqué accidental su polla blanda, cálida, salto suave. Limpieza entre muslos, semen chorreando piernas. Mi coño chorreaba, pezones duros como piedras.
—Dúchate bien, esa mata de pelos no sale fácil. Limpio yo el suelo.
Mientras barría el charco viscoso, él cambió papel camilla, speedo puesto apretado. Aún marcado el bulto.
—Gracias, Carmen. No se lo cuento a nadie, prometo.
Le di palmada en culo firme: ‘A la ducha, tigre. Semana que viene más’.
Salió, yo cambié blusa manchada de mi propia humedad. Próximo: Valentin. Pero chicas, esa noche me corrí tres veces recordándolo…