Ay, amiga, si supieras lo que me pasó ayer… Aún tengo el cuerpo temblando. Soy Valeria, 27 años, y te lo cuento como si estuviéramos solas con un vino en la mano. Verónica y Stéphane, mis amantes del fin de semana en ese chalet perdido. Eh… Empecé frotándome contra su polla dura, mi coño calvo resbalando sobre su glande. Olía a sexo, a sudor dulce y a su piel caliente. ‘Valy, ¿lista para más?’, me susurró Stéphane, su voz ronca en mi oreja.
Verónica nos miraba, masturbándose despacio. ‘Venid aquí, no me dejéis fuera’, dijo con esa risa traviesa. Nos enrollamos los tres en la cama enorme. Sus lenguas en mi piel, yo gimiendo bajito. ‘¡Oh, dios, tu lengua en mi clítoris…!’. Lamía el coño de Verónica mientras Stéphane me chupaba las tetas, mordisqueando los pezones hasta que dolían de placer. Brillos de saliva por todas partes, el aire cargado de ese olor musgoso de excitación femenina.
La noche que cambió todo en el chalet
De repente, Verónica se puso a cuatro patas. ‘Fóllame el culo, Stéphane, como a mí ayer’. Él se puso detrás, escupiendo en su ano arrugadito. Yo debajo, lamiendo su coño depilado, saboreando esa crema agria y salada. Plaf, plaf, sus caderas chocando contra sus nalgas blancas. ‘¡Más fuerte! ¡Sí, así!’, gritaba ella, arqueándose. Yo metí un dedo en su coño, sintiendo la polla de él a través de la pared fina. Gemidos ahogados, sudados cuerpos pegados.
Luego me tocó a mí. ‘Valy, ¿quieres probarlo?’, me dijo Verónica, besándome el cuello. Nerviosa, me puse boca abajo. Sus manos separándome las nalgas, fresco aire en mi agujerito. ‘Relájate, cariño’, murmuró Stéphane. Primero su lengua, caliente y punzante, entrando y saliendo. ‘¡Hummm… qué rico!’. Olía a jabón y a mi propia humedad. Verónica lamiéndome el clítoris, dos dedos en mi coño. ‘Estás empapada, puta… quiero decir, guapa’, se corrigió riendo.
El clímax anal y la despedida eterna
Stéphane lubrificó su polla con mi jugo, frotando el glande en mi ano. ‘Empuja despacio’, le pedí, mordiéndome el labio. Entró… ¡ay, la presión! Dolor dulce que se volvió fuego puro. ‘¡Sí, métela toda!’. Él empujando, yo cabalgando hacia atrás. Verónica chupándome el coño con furia, slurp slurp. Sentía su polla hinchándose dentro, mis paredes apretándola. ‘¡Me corro! ¡No pares!’, grité, temblando, olas de placer rompiéndome. Él eyaculó dentro, caliente chorros llenándome.
Nos quedamos jadeando, pieles pegajosas de sudor. Besos lentos, saboreando el mix de semen y crema en nuestras bocas. ‘Esto es amor, ¿no?’, dijo Verónica, acurrucada. Pero al amanecer, la realidad. ‘Tenemos que parar, por nuestros maridos’, confesó ella con lágrimas. Stéphane y yo nos miramos, rotos. Un último polvo tierno, su polla deslizándose en mi coño sin prisa, orgasmos suaves y tristes. Nos separamos en la terraza, abrazos que quemaban. ‘Adiós para siempre’, susurró. Aún siento el vacío… pero qué recuerdos, amiga. ¿Quieres detalles más sucios?