Confidencia caliente: Mi trío inolvidable con Lucien

Hace unas semanas, mi marido volvió de un seminario en Normandía, al borde del mar. Me contó todo sobre Lucien, un antillano jovial, separado, con una vida sexual aburrida con su ex. ‘Nunca le ha hecho una mamada en 15 años’, me dijo riendo. Y luego, confesó que le había hablado de mí: que adoro las felaciones, el sexo anal… Me puse caliente al instante. Estábamos desnudos, en preámbulos. Sus palabras me encendieron.

‘¿Le dijiste que me encanta chuparla?’, le pregunté mientras le acariciaba la polla, que se endurecía rápido. Me arrodillé y la metí en la boca, lamiendo el glande con la lengua, saboreando ese gusto salado. Él gemía bajito. Luego me puse de pie, le di la espalda, apoyé las manos en la consola y cambré la cintura. ‘Verifica que no mentiste sobre el anal’, le susurré. Él escupió en mi ano, presionó su verga húmeda contra mi roseta arrugada. Entró suave, centímetro a centímetro. Yo movía las caderas, adelante y atrás, gimiendo: ‘Sí, sí… me encanta que me follen el culo’. El olor a sexo llenaba la habitación, sudor mezclado con lubricante natural.

Las confidencias del seminario y mi excitación

Pero no vine. Frené, me giré y lo masturbé fuerte, apuntando a mis tetas. ‘¿Le dijiste que amo el semen?’, pregunté. Eyaculó en chorros potentes: primero en mi cuello, luego mejillas, pechos. Lo unté en mis pezones, reluciente, caliente. Me sentí poderosa, sucia y sexy.

Días después, en otro polvo, le dije: ‘Me excitó que hablaras de mí con un desconocido. ¿Tienes su número? Podríamos probar algo’. Él llamó a Lucien. ‘Ven con tu mujer’, dijo él. El sábado, me puse un vestido verde botella, escotado, con tanga y sujetador de encaje negro. Subimos al viejo edificio en Porte de Clichy. El pasillo crujía, olor a humedad. En la escalera en caracol, mi marido detrás, mirando mis nalgas balancearse.

Lucien abrió la puerta: sonriendo, dientes blancos, hombros anchos. Hizo la bise a mi marido, luego a mí, sus ojos devorándome de arriba abajo. ‘Encantado, Selma… digo, ¿cómo te llamas? Eres preciosa’. Nos sentamos en el sofá, cafés en la mesa baja. Mi vestido subió por los muslos, no lo bajé. Él en un taburete, mirándome las tetas al inclinarme.

Hablamos del seminario. Yo ataqué: ‘¿Qué te contó mi marido de mí? ¿Que soy una puta en la cama?’. Él rio: ‘Dijo que lo complaces sexualmente, felaciones, anal… No exageró, estás buenísima’. Me levanté, besé a mi marido apasionado, desabotoné su camisa, bajé sus pantalones. Me arrodillé sobre él, frotando mi coño mojado contra su polla a través del tanga. ‘¿Te molesta mirar?’, le pregunté a Lucien. ‘No, me pone cachondo’.

El encuentro explosivo en su estudio

Aparté la tanga, me empalé: chap, hasta el fondo, mi humedad chorreando. Él desabrochó mi sujetador, chupé sus pezones duros. Lucien se desnudó: su polla, ¡dios!, café oscuro, venosa, glande púrpura, huevos ebano. Perfecta. Se acercó, yo la miré hipnotizada. Nuestras lenguas se enredaron. Luego, la chupé: labios alrededor del glande, succionando, oliendo su almizcle masculino. La tragué casi entera, garganta profunda, saliva goteando.

Se puso detrás. ‘Ecarte mis nalgas’, le dije a mi marido. Él las abrió, yo lubriqué mi ano con saliva. Lucien presionó… y entró junto a la polla de mi marido. ¡Increíble! Sentí sus dos vergas rozándose dentro de mí, tan apretado, ardiente. Gemí fuerte: ‘¡Sí, folladme el culo juntos!’. Lucien al fondo, amasando mis tetas, besos con mi marido. Sudor, jadeos, el slap-slap de carne contra carne.

No dejó correrse dentro. Se retiró. ‘¿Cómo queréis que os acabe?’, pregunté sonriendo, con el ano palpitando. ‘A rodillas’. Nos masturbamos frente a ella. El mío primero: chorro en su mejilla, labios. Lucien: jet enorme en la cara, cerrando ojos, semen resbalando a la boca. Lo lamí, salado, espeso. Cubierta, orgullosa.

Nos quedamos desnudos, bebiendo. Antes de irnos, besé el glande de Lucien: ‘Gracias’. Fue natural, sin awkwardness. Aún me mojo recordándolo.

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