Ay, chica, no sabes lo que viví anoche… Después de esa locura en la niebla eterna, rescatando a Crevette de las garras de esos liches asquerosos. El Albatros nos sacó de allí volando bajo, con el corazón latiendo fuerte. Yo, Hélène, la Fleur de Tonnerre, y mi Mary, mi segunda, mi amor secreto. Llegamos a la posada ‘L’amie Câline’ exhaustas, oliendo a sangre y muerte.
—Mary, esta noche solo nosotras. Nada de hombres, nada de ron. Solo tú y yo —le dije, empujándola contra la puerta de la habitación. Sus ojos brillaban, hambrientos. Se mordió el labio, ese gesto que me vuelve loca.
El rescate en la niebla y el regreso ardiente
Sus manos ya estaban en mi corsé, desatando los lazos con prisa. El aire olía a sal marina y a nuestro sudor acumulado del día. La habitación era pequeña, caliente, con velas parpadeando que proyectaban sombras en las paredes de madera. Me quitó la camisa, mis pechos saltaron libres, duros por la adrenalina. Sus dedos rozaron mis pezones, pinchándolos suave… ay, un escalofrío me recorrió entera.
—Hélène, hueles a aventura… a mujer fuerte —murmuró ella, su aliento cálido en mi cuello. La besé con furia, lenguas enredadas, saboreando el ron en su boca. Gemí bajito, ‘mmmh…’, mientras le bajaba los pantalones. Su coño ya estaba húmedo, lo sentía a través de la tela. Caímos en la cama, crujiendo bajo nuestro peso.
Empecé lamiendo su cuello, bajando por sus tetas perfectas. Mordí suave un pezón, lo chupé fuerte, oyendo su jadeo: ‘¡Ay, sí, más!’. Su piel salada, sudorosa, me volvía loca. Bajé más, besando su vientre plano, marcado por cicatrices de batallas. Llegué a su monte, pelito negro rizado, olor intenso a mujer excitada, almizclado y dulce.
Abrí sus piernas con mis manos, temblando de deseo. Su clítoris asomaba, hinchado, rosado. Lo lamí despacio, plano con la lengua… ‘¡Dios, Hélène! ¡No pares!’, gritó ella, arqueando la espalda. El sabor era salado, ácido, adictivo. Metí un dedo dentro, caliente, resbaladizo. Luego dos, curvándolos hacia arriba, tocando ese punto que la hace temblar. Sus jugos chorreaban por mi mano, el sonido chap-chap al moverlos me ponía a mil.
Nuestra entrega total en la posada prohibida
Ella no se quedó atrás. Me volteó, poniéndome encima en sesenta y nueve. Su lengua en mi coño, lamiendo voraz, chupando mi clítoris como si fuera miel. ‘¡Estás tan mojada, mi capitana!’, dijo entre lamidas. Yo gemía alto, ‘¡Fóllame con la lengua, Mary!’. Nuestros cuerpos sudados se frotaban, pechos contra culos, olores mezclados: sudor, sexo, mar. Sentía sus tetas pesadas en mis muslos, sus uñas clavándose en mis nalgas.
Cambié posición, la puse a cuatro patas. Le abrí las nalgas, viendo su ano rosado y su coño goteando. Metí tres dedos, bombeando rápido, mientras le lamía el culo. ‘¡Sí, joder, ahí!’, aullaba ella, empujando contra mí. Su orgasmo llegó primero: cuerpo rígido, ‘¡Me corro! ¡Aaaah!’, chorros calientes en mi mano, temblando toda.
Yo exploté después, montándola, frotando mi coño contra el suyo. Clítoris contra clítoris, resbalosas, rápidas. El roce eléctrico, sonidos húmedos, ‘plap-plap’. ‘¡Ven conmigo, amor!’, le grité. El placer me cegó, olas y olas, gritando su nombre hasta quedarme ronca. Colapsamos, jadeando, piel pegajosa, sábanas empapadas.
Después, tendidas, sus dedos trazaban mi espalda. ‘Te quiero, Hélène. Solo tú me haces sentir viva así’. Reímos bajito, oliendo a sexo puro. ‘Yo prefiero el amor femenino, pero… una buena polla a veces no está mal’, bromeó ella. Nos besamos suave, saboreando el afterglow. Esa noche, en medio de piratas y peligros, fuimos solo dos mujeres en éxtasis.