Confidencia picante: Mi mano traviesa con el tímido Lucien en el pasillo

¡Ay, chicas, no os imagináis lo que pasó ayer en el curro! Volví después de unos días enferma, con la garganta ardiendo y el cuerpo pesado, pero con ganas de acción. Lucien, ese chaval tan mono y tímido, me había buscado por todos lados, me lo contaron las compañeras. Su cara de cachorro perdido me puso cachonda al instante. Entré en su despacho, me senté en la silla de al lado, cruzando las piernas para que viera mis muslos bajo el chándal. ‘¿Me has echado de menos, Lucien?’, le dije guiñándole el ojo. Él se puso rojo como un tomate, balbuceando algo inentendible. Olía a café y a nervios, ese aroma masculino que me vuelve loca.

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Le conté que no era gonorrea esta vez, jajaja, y vi cómo se ponía aún más nervioso pensando en mis folladas. Me levanté, sacudiendo las caderas. ‘En una hora, voy a la sala de archivos. Está llena de polvo… ¿vienes a ayudarme?’. Se quedó mudo, pero su mirada lo delató. Una hora después, bajé al sótano. Cerré la puerta de la reserva, pero sin llave. Esperé en la penumbra, el aire cargado de olor a papel viejo y humedad. Oí sus pasos temblorosos en la escalera, ese eco metálico que me erizó la piel.

El regreso y la tentación en la oficina

De repente, me lancé por detrás. ‘¡Adivina quién soy!’, le tapé los ojos riendo bajito. Mis tetas grandes se aplastaron contra su espalda, sintiendo su calor a través de la camisa. Él se tensó, rígido como una tabla. ‘Relájate, Lucien, déjame cuidarte’, susurré en su oreja, lamiéndole el lóbulo. Mis manos bajaron por su pecho, palpando sus pezones duros. Bajé más, rozando su vientre plano. Olía a sudor fresco, excitante. ‘Nadie viene aquí, confía en mí. El pasillo está vacío, solo oímos si alguien baja’. Desabroché su bragueta despacio, el zipper sonando como un secreto.

Saqué su polla, semi-dura al principio, pequeña pero linda, con venitas palpitantes. Sus huevos pesados en mi palma, calientes y suaves. ‘Mmm, qué ricitos tienes aquí abajo’, le dije apretándolos suave. Él gimió bajito, ‘Humm… sí…’. Empecé a pajearlo lento, piel contra piel, sintiendo cómo crecía en mi mano, endureciéndose. El prepucio subía y bajaba con un chasquido húmedo. Me apretaba más contra él, mis pezones rozando su espalda, mi coño mojándose bajo el chándal. ‘¿Te gusta, eh? Dime que sí’. ‘Sí… continúa…’, jadeó él, abriendo las piernas. Aceleré, oliendo su precum salado, ese sabor que me imaginaba chupando.

Explosión de placer y risas en el sótano

Sus piernas temblaban, respiraba fuerte, entrecortado. ‘Me voy a correr…’, murmuró. Yo apreté más, ordeñándolo. ‘¡Dale, Lucien, suelta todo!’. El primer chorro salió como un cohete, salpicando la puerta con un plaf plaf caliente y espeso. Gimiendo fuerte, cuatro o cinco espasmos, semen goteando por mis dedos, pegajoso y caliente. Él se quedó flojo, jadeando. Entonces, grité: ‘¡Chicas, mirad, le encanta!’. Al fondo del pasillo, mis dos portuguesas asomaron riendo a carcajadas. ‘¡Jajaja, qué pollita tan rápida!’. Él se giró pálido, remangándose todo a toda prisa, la cara de vergüenza total.

Me empujó furioso, pero yo solo reí más fuerte, las tetas botando. ‘¡Corre, conejito!’, le grité mientras subía las escaleras como un loco. Las chicas se descojonaban, ‘¡Pequeñita pero valiente!’. Yo me limpié las manos en el chándal, aún oliendo a su corrida, el coño palpitando de risa y excitación. Más tarde, subí a su coche con mi ligue del parking, contándole todo entre besos. Lucien… uf, qué noche pensando en su carita. ¿Volverá por más? Ja, los tímidos siempre vuelven.

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