Confidencia ardiente: Mi secreto lésbico con la presentadora misteriosa

Chicas, no os lo vais a creer. Acabo de salir de esa locura y tengo que contároslo todo, como si estuviera susurrándoos al oído. Soy Cris, tengo 27 años, cantante pop que empezó joven, y ayer… uf, ayer todo explotó.

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Estaba en el plató de esa famosa emisión nocturna, de finales de los 90, luces brillantes, público aplaudiendo. Claude Beaufortain, la presentadora… digo, él, o eso creíamos todos. Alto, voz grave, mirada magnética, como un Bowie español. Me siento frente a ella… a él. El corazón me late fuerte, el olor a maquillaje y luces calientes me envuelve.

La entrevista que lo cambió todo

—Bienvenida, Cris. ¿Lista para que te coma con preguntas? —me dice con esa sonrisa torcida.

—Siempre lista, Claude. Pero no me hagas sufrir mucho —le respondo, coqueta, cruzando las piernas. Mi falda corta sube un poco, noto su mirada bajando un segundo.

Hablamos de mi carrera, de mi manager cabrón que me exprimía como un limón. Claude me clava:

—¿Cambiarías de equipo? Eres más que una Lolita cantarina.

Me sonrojo, el público ríe. Siento un cosquilleo, su voz ronca me eriza la piel. Al final, pausa publicitaria. Me escabullo a su camerino. Huele a colonia fuerte, cuero y algo dulce.

—¿En serio lo decías? ¿Cambiar de manager? —le pregunto, sentándome cerca.

—Absolutamente. Ven, dame el contrato, lo miro —responde, serio.

Sus ojos… intensos. Me inclino, le doy un beso en la mejilla. Su piel áspera, barba incipiente. Huelo su aliento, café y menta. Salgo corriendo, nerviosa.

Días después, en su piso parisino… digo, en Madrid, adaptado a mi rollo. Con mis padres, revisamos papeles. Claude nos ayuda, su amigo abogado encuentra la grieta. ¡Contrato roto! Alegría loca.

Corro a su casa esa noche. Entro con el código que memoricé, sigilosa. —¡Claude! ¡El contrato está roto! ¡Gracias a ti! —grito.

Silencio. Agua corriendo. Voy al baño, vapor caliente, olor a jabón exótico, jazmín y algo almizclado. Abro la puerta. ¡Jacuzzi burbujeante! Claude ahí, desnuda, músculos definidos, agua hasta el pecho.

—¿Pero…? ¿Eres… mujer? —balbuceo, paralizada. Sus pechos pequeños, firmes, como pectorales. Piel bronceada, tatuaje discreto en el hombro.

—Bastante masculina, ¿eh? —ríe, voz grave. Burbujas estallan, plop plop.

Me arrodillo, toco el borde caliente. Su olor me golpea: sudor limpio, deseo. —Siempre supe que eras rara… Me sentía segura contigo. Porque… no me gustan los tíos. Nada.

—Ni a mí —susurra, salpicando agua. Sus ojos me queman.

La revelación y el jacuzzi prohibido

—Otra buena noticia: tú tampoco —digo, quitándome la camiseta. Tetas libres, pezones duros por el vapor.

—Pequeña impertinente, ¿entras o qué? —me reta, extendiendo la mano.

Desnuda en segundos. Piel de gallina, aire húmedo. Entro al jacuzzi, agua hirviendo me abraza, jets masajeando mis muslos. Nos rozamos, sus piernas fuertes contra las mías, suaves.

—Cuéntamelo todo, castigo por colarte —dice, manos en mis caderas.

—Luego… —gimo. La beso, labios carnosos, lengua invasora, sabor salado. Sus manos suben, aprietan mis tetas, pellizcan pezones. —Ahhh… sí…

Giro, me siento a horcajadas. Su clítoris duro roza el mío bajo el agua. Burbujas nos envuelven, ruido ensordecedor, chorros vibrando nuestras culos. Huelo su coño, almizcle caliente mezclado con jabón.

—Méteme los dedos —suplico.

Dos dedos gruesos entran, curvados, tocan mi punto G. Chapoteo, agua salpica. Grito: —¡Joder, Claude! Más fuerte…

Ella gime ronco: —Eres tan apretada, Cris… moja todo.

La empujo contra el borde, lamo su cuello, bajo a sus tetas. Mordisqueo pezón, duro como piedra. Ella arquea espalda, agua se desborda. Mi mano baja, froto su clítoris hinchado, resbaladizo.

—Córrete para mí —le ordeno.

Sus caderas empujan, dedos míos dentro, tres ahora. Jadea: —¡Sí, nena… ahí! —Explota, contracciones aprietan mis dedos, chorro caliente en el agua.

Yo sigo, ella me voltea, boca en mi coño. Lengua experta, chupando, succionando clítoris. Jets en mi culo, dedos en ano. —¡No pares! —grito, orgasmo me sacude, piernas tiemblan, sabor a mí en su boca cuando me besa.

Agotadas, flotamos, agua tibia ahora, besos suaves. —Esto es nuestro secreto —murmura.

Salimos, toallas suaves, cuerpos pegajosos. Esa noche dormimos enredadas, piel contra piel, olores mezclados. Chicas, fue real, crudo, perfecto. ¿Repetimos?

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