Ay, chicas, no sé por dónde empezar… Acabo de volver de ese bosque mágico, el corazón aún me late fuerte. Tengo 28 años, soy de Madrid, y soy de esas que no dice que no a una aventura fuerte. Me encanta el sexo, el riesgo, esa electricidad que te recorre la piel. Esta vez fue con él, un tipo que parecía un lobo salvaje, Voyou lo llamaba yo en mi cabeza. Estaba barbouillée de mi propio jugo, después de que me comiera como si fuera un postre de frutas silvestres. Olía a miel y a bosque húmedo, su lengua áspera lamiendo cada gota. Le sonreí, con la cara pegajosa, y le dije:
—Ahora te toca a ti, Voyou. Si no estás demasiado borracho de mi licor…
La persecución que enciende el fuego
Bajé de la mesa, mi falda cubriendo apenas mi coño hinchado, aún palpitante. Le pedí que se levantara. Estaba de pie, tieso como una vara. Pensé: ‘Si se pone violento, corro y no me atrapa’. Con una mirada pícara, desabroché su cinturón. Bajé el pantalón hasta los tobillos, luego el bóxer… Dios, su polla saltó libre, dura como cristal, la punta roja brillante bajo el sol filtrado por los árboles. La piel suave, con un vello oscuro en la base, como angora. La acaricié con la palma, sintiendo cómo latía, caliente, venosa.
—¿Te gusta que te mime una lutine como yo, caballero?
—Oh, dulce lutine, tus manos son mágicas, como esa ensalada de frutas rojas…
La pulí hasta que relució, lista para la batalla. Le quité la camisa, besé su pecho peludo. Ronroneó, cerró los ojos. Lo llevé a la manta cerca de la cascada, lo tumbé. Le di frutas, lamió el jugo de su boca mientras yo seguía pajereando su verga, manteniéndola apuntando al cielo. De repente, su mano se coló bajo mi falda. Dedos torpes, buscando mi tesoro. Olía a tierra mojada y sexo.
—Oh, bello caballero, ¿qué haces?
No contestó, solo ronroneó más fuerte mientras yo besaba sus pezones, oyendo su corazón acelerado. Sus dedos encontraron mi clítoris, resbaladizo. Jugamos así un rato, hasta que me miró:
—¿Quieres ver mi espada en acción, lutine?
—Cuídate, está tan bonita… ¿Con quién?
—Contigo, espectadora principal.
Me puse encima, quité la falda. Desfilé para él, mis tetas balanceándose, mi coño rozando su mirada. Me planté sobre su pecho, piernas abiertas. Pensé en huir, provocarlo. O empalarme ya. Agarré su polla por la base, lo levanté para un cuerpo a cuerpo.
— Atrápame, caballero, ¡muéstrame tu fuerza!
Corrí por la clairière, culo bailando, hojas crujiendo bajo mis pies. Él me persiguió, jadeando. Caí sobre el tapiz de hojas, él encima, su pecho masajeando mi espalda, su verga rozando mis nalgas. Ondulé como pez, sintiendo su calor. Intentó agarrarme las manos, su polla pinchando mis tetas.
El festín de placer y la explosión final
— ¡Voyou satírico, cochino! No tienes permiso…
Pero seguí moviéndome, ayudando su mano a colarse en mi blusa, pellizcando mis pezones duros. Me giré, lo desafié con la mirada. Nuestros rostros cerca, mi boca entreabierta, temblando. Me besó, y bum, yo tomé el control. Lo tumbé en la manta, me puse la falda para provocarlo más.
Estaba desnudo, a mi merced. Caminé alrededor, oscilando caderas, falda dejando ver mis muslos. Sus manos rozaban mis pantorrillas. Me subí sobre su pecho, levanté la falda: mi coño maduro, hinchado, jugoso.
—Voyou, no me toques. Mira nomás, y si quieres, pajea tu cosita.
Sus ojos devorándome, mano en su polla. Yo chupé mi dedo, flexioné rodillas, abrí labios con una mano, acaricié la entrada con la otra. Humedad chorreando, olor almizclado subiendo. Dedos entrando y saliendo, uñas rojas destellando, sonidos chap-chap húmedos. Su polla creció, violeta, goteando pre-semen salado.
Me giré, a cuatro sobre su cara. Le dije:
—Masaéame las tetas, nada más.
Sus manos amasaron mis globos, pezones erectos. Mi clítoris ardiendo bajo mis dedos, labios abiertos. Besé su punta, lengua lamiendo, saboreando su almizcle salado. Lo tragué, dientes suaves en la base, lengua girando. Gemía:
—Ahh… sí, lutine…
Lo mamé fuerte, aspirando, sintiendo cómo se hinchaba en mi boca. Mi coño goteaba sobre sus ojos. No aguanté: me giré, me senté en su polla de un golpe. Cabalgué, clítoris frotándose, fondo golpeado. Grité, orgasmo me partió, visión blanca, sudor chorreando.
Me derrumbé sobre él, su verga aún dura dentro.
—Voyou, me mataste… Ahora te vacío las bolas.
Lo besé, ondulé para mantenerlo tieso. Mi ciudad coquine lo esperaba para más fuegos artificiales.