Acabo de cerrar la puerta detrás de Fernand. Su ramo de flores aún impregna el aire con ese olor dulce y pesado, como a jazmín mezclado con tierra húmeda después de la lluvia. París sigue oliendo a Seine inundada, a barro y a promesas rotas. Tengo 28 años, viuda reciente, el cuerpo ardiendo de necesidad después de años sin un hombre de verdad. Albert se fue, y esta noche… no aguanto más.
—Fernand, quédate —le susurro, tomándole las manos. Mis dedos tiemblan un poco, sudados. Él me mira con esos ojos oscuros, llenos de la misma pena que yo, pero también de hambre. No dice nada al principio, solo me atrae contra su pecho. Huele a jabón barato y a tabaco, un olor que me hace mojarme al instante.
La invitación irresistible
—Lison, ¿estás segura? —murmura, su aliento cálido en mi cuello. Asiento, presionando mis tetas contra él. Siento su polla endureciéndose bajo los pantalones, dura como hierro contra mi vientre. Le beso, lento al principio, labios suaves rozándose, lengua explorando su boca con sabor a vino tinto de la cena.
Nos movemos hacia el dormitorio sin soltarnos. La habitación está oscura, solo la luz de la luna filtrándose por las cortinas, iluminando la cama grande donde Albert y yo dormíamos. Pero esta noche es mía. Le arranco la camisa, mis uñas rasgando botones. Su pecho peludo, sudoroso, sube y baja rápido. Lo empujo a la cama. Él gime bajito, un ‘ahh’ ronco que me eriza la piel.
Me subo el vestido, sin bragas debajo. Mi coño está empapado, los labios hinchados, el clítoris palpitando. Me siento a horcajadas sobre su cara. —Lámeme, Fernand, por favor —jadeo. Su lengua sale disparada, áspera y caliente, lamiendo mi humedad salada. Chupa fuerte, succiona mi clítoris, mete la lengua dentro, girándola. Huelo mi propio aroma almizclado mezclándose con su saliva. Gimo alto, ‘¡Sí, así, joder!’, mis caderas moviéndose solas, frotándome contra su boca barbuda que raspa delicioso.
El éxtasis en la oscuridad
No aguanto, exploto en su cara. Chorros de jugo mojándole la barba, mi cuerpo temblando, piernas flojas. Bajo, beso su boca empapada, saboreo mi propio gusto ácido y dulce. Su polla sale libre, gruesa, venosa, goteando precum. La agarro, piel suave sobre dureza, la masturbo lento, sintiendo cada vena pulsar.
—Fóllame ya —le ordeno. Me pongo a cuatro patas, culo en pompa. Él se arrodilla detrás, frota la cabeza contra mi entrada resbaladiza. Empuja de golpe, ‘¡Ugh!’, llenándome hasta el fondo. Duele un segundo, luego placer puro. Sus bolas chocan contra mi clítoris con cada embestida, plaf plaf plaf, ritmo brutal. Sudor gotea de su pecho a mi espalda, olor a sexo crudo llenando la habitación.
—Cámbiame de posición —digo entre gemidos. Me voltea boca arriba, piernas sobre sus hombros. Entra más profundo, su pubis frotando mi clítoris. Veo su cara contraída, ojos en blanco. —¡Me vengo! —grita, pero yo primero, contracciones apretándolo, ordeñándolo. Él se corre dentro, chorros calientes inundándome, ‘¡Lison, aaaah!’. Siento cada pulso, semen espeso chorreando fuera cuando sale.
Nos derrumbamos, jadeantes. Su semen me gotea por los muslos, pegajoso. Lo beso suave. —Quédate toda la noche —susurro. Él asiente, abrazándome. Mañana París despertará, la Tour Eiffel brillando a lo lejos, pero esta noche, el placer fue mío. Sensaciones fuertes, deseo saciado… por fin.