Confidencia erótica: Mi polvo inolvidable con el hombre de los dos pies

Ay, chica, no sabes lo que me pasó ayer. Tengo 28 años, soy de Madrid, y el sexo es mi vicio. Me encanta cuando es fuerte, salvaje, pero ayer… uf, fue diferente. Llegué al piso de Adrián furiosa, como siempre. Él, tirado en la cama, mirando el techo como si el mundo no existiera. El sol entraba por la ventana, olor a café viejo y sábanas sucias flotando en el aire.

—Adrián, ¡levántate de una puta vez! —grité, tirando mi bolso en la mesa. Mi corazón latía rápido, enfadada porque su jefe me llamó otra vez.

La mañana que todo cambió

Él giró la cabeza despacio, sonriendo con esa barba de una semana que me pone. Sus ojos… Dios, me miraban como si yo fuera el desayuno.

—No corras, Lucía —murmuró, voz grave, ronca por el sueño—. Ven aquí.

Dudé. Quería gritarle más, pero mis pies se movieron solos. Me acerqué al borde de la cama. Él estiró una mano lenta, rozando mi muslo por encima de la falda. Su piel áspera contra la mía suave… un escalofrío.

—¿Por qué siempre tan lento? —susurré, sentándome.

—Porque así se siente todo mejor —dijo, tirando de mí suavemente.

Caí sobre él. Su cuerpo caliente debajo de mí, duro ya. Olía a hombre, a sudor limpio y deseo. Nuestros labios se rozaron primero, suaves, sin prisa. Su lengua entró despacio en mi boca, explorando cada rincón como si fuera la primera vez.

Sus manos bajaron a mi culo, apretando firme pero sin apuro. Gemí bajito. ‘Mmm…’

Me quitó la blusa botón a botón. Cada uno era una eternidad. Sus dedos rozaban mi piel, erizándola. Pezones duros ya, esperando.

—Eres preciosa —susurró al oído, mordisqueando el lóbulo. Calor húmedo en mi cuello.

Yo ardía. Le arranqué la camiseta, lamiendo su pecho. Sabor salado, músculos flojos pero firmes. Bajé la mano a su polla, tiesa bajo el pantalón. La apreté, palpitante.

Él rio suave. —Tranquila, guapa.

Pero yo no podía. Me puse encima, restregándome contra él. Falda subida, bragas húmedas rozando su bulto. ‘Ahh… sí…’

Me volteó despacio, quedando encima. Pesado, dominante pero lento. Besos en el cuello, bajando al pecho. Chupó un pezón, succionando suave, lengua girando. Olas de placer subiendo por mi espalda.

—Adrián… más rápido… —jadeé.

—No. Disfruta —gruñó, bajando más.

Manos en mis bragas, deslizándolas. Dedos rozando mi coño mojado. Entró uno, despacio, curvándose dentro. ‘Plop’ suave, jugos chorreando.

El placer interminable en sus dos pies

—Estás empapada —dijo, oliendo sus dedos—. Hueles a sexo puro.

Lamió mis labios mayores, lengua plana, larga lamida. Sabor mío en su boca cuando me besó después. Dos dedos ahora, estirándome lento. Mi clítoris hinchado, él lo rozó con el pulgar, círculos eternos.

Grité: —¡Joder, sí! ¡No pares!

Pero él paraba, solo para mirar cómo temblaba. Luego siguió, chupando mi clítoris, vibrando con la lengua.

Me corrí la primera vez así, piernas temblando, olor a sexo llenando la habitación. ‘¡Aaaahhh!’ chorros calientes en su cara.

No paró. Me puso a cuatro patas, lento. Golpeó mi culo suave, ‘plaf’. Entró su polla de una, gruesa, venosa, llenándome.

—Despacio… —gimió él.

Entraba y salía eterno. Cada embestida profunda, pausada. Sentía cada vena rozando mis paredes. ‘Squish squish’ de mis jugos.

—Cabrón… más fuerte —supliqué.

Él aceleró un poco, solo un poco. Manos en mis tetas, pellizcando pezones. Sudor goteando, mezclándose.

Me volteó de nuevo, misionero. Piernas en sus hombros, profundo. Sus dos pies clavados en la cama, empujando lento pero potente.

—Te quiero así, toda mía —jadeó, besándome.

Otro orgasmo me partió, uñas en su espalda. Él gruñó, corriéndose dentro, chorros calientes llenándome. Olor a semen y coño mezclado.

Nos quedamos así, pegados, respirando. Su polla ablandándose dentro, aún palpitando.

—¿Ves? —dijo riendo—. Con dos pies, se llega lejos.

Me reí, exhausta, feliz. Ese cabrón lento me dio el mejor polvo de mi vida. Ahora quiero más.

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