Oye, chica, si supieras lo que me pasó ayer… No, mejor dicho, hace dos días, pero lo tengo tan fresco como si acabara de salir de su polla. Estaba en Chicago, lloviendo a mares, ese viento frío que te cala los huesos. Entro en el despacho de Don Booth, el detective privado. Mi impermeable goteaba por todos lados, y él ahí, con su hamburguesa fría y un cheque gordo en la mano. ‘Karen, ¿qué haces aquí tan mojada?’, me dice con esa voz grave que me pone cardíaca.
Me acerco, le sonrío maliciosa. ‘Vengo a celebrar tu nuevo caso, Don. Ese ricachón Kraminsky y su mujer muerta… Suena jugoso’. Él ríe, pero yo ya estoy de rodillas. Abro su bragueta despacio, zippp, ese sonido que me excita. Su polla sale, floja al principio, con olor a hombre sudado, a deseo reprimido. La huelo cerca, mmm, salado, un poco almizclado. ‘Karen… espera…’, balbucea, pero yo ya la lamo la punta, lengua plana, saboreando la gota precorial, agria y dulce.
La lluvia y el despacho húmedo
La meto en la boca, entera casi, mis labios rozando la base. Chupo fuerte, succiones rítmicas, plop plop, saliva chorreando por mi barbilla. Él gime, ‘Dios, tu boca es un horno…’. Siento cómo crece, venas hinchándose contra mi lengua, palpitando. Le miro arriba, ojos en ojos, mientras acelero, cabeza subiendo bajando, pelo revuelto pegado por la lluvia. Sus manos en mi cabeza, empujando suave, ‘Más profundo, sí…’. Huele a sexo ahora, a nosotros mezclados.
De repente, para. Me levanta, me pone sobre el escritorio. Papeles vuelan, el ketchup de la hamburguesa mancha mi falda. ‘Quítate las bragas’, ordena. Las arranco, mojadas ya de mi coño chorreante. Olor a excitación femenina, dulce y pegajoso. Él se mete entre mis piernas, polla dura como piedra rozando mi clítoris. ‘Estás empapada, Karen’, dice, y embiste. Uff, esa sensación de llenado, estirándome, rozando paredes sensibles. Grito bajito, ‘¡Don, fóllame fuerte!’.
Empuja rítmico, plaf plaf, piel contra piel, sudor mezclándose. Siento cada vena, cada pulso. Mis tetas rebotan, pezones duros rozando su camisa áspera. Le araño la espalda, ‘Más, joder, dame más’. Cambiamos, yo encima, cabalgando, mi culo subiendo bajando, sus manos amasándolo. Huele a lluvia, a sexo, a hamburguesa podrida en la papelera. ‘Me vengo…’, gime él, y yo aprieto, ordeñándolo. Chorros calientes dentro, rebosando, pegajoso en mis muslos.
El clímax con los sospechosos y más
Pero espera, eso fue solo el principio. Después, me mandó a ver a Mark, uno de los amantes de la muerta. Un friki informático, ojos bonitos, manos largas. Llego a su casa, reggae sonando, olor a hierba. ‘¿Quién eres?’, pregunta. ‘Amiga de Don Booth, vengo por Sandy’. Se ríe, me ofrece un porro. Fumamos, y sus dedos… uf, interminables. Me toca el coño por encima de la falda, ‘Estás húmeda’, susurra. ‘Culpa tuya’, le digo, y le beso.
Sus dedos entran, dos, tres, curvándose, tocando ese punto que me hace temblar. ‘¡Ahhh!’, gimo, jugos chorreando por su mano. Huele a mi excitación, a humo. Me come el coño después, lengua experta, lamiendo clítoris hinchado, chupando labios. ‘Sabes a miel’, murmura. Yo exploto, piernas temblando, gritando su nombre. Luego me folla contra la pared, de pie, piernas enroscadas. Su polla fina pero larga, llegando hondo. ‘¡Córrete dentro!’, le pido, y lo hace, caliente, llenándome.
Volví con Don, le conté todo. ‘Mark es sospechoso’, dije. Él me premió con otro polvo, esta vez anal, despacio, lubricado con saliva. Dolor placer mezclado, su polla abriéndome, llenándome el culo. ‘Eres una puta perfecta’, me dice, y yo gozo, doble orgasmo. Al final, resolvimos el caso, pero el verdadero misterio fue mi cuerpo temblando de placer. ¿Repetimos? Claro que sí…