Ay, chicas, no sé por dónde empezar… Acabo de volver de unas semanas en esa granja en el campo francés, invitada por Alain, mi novio de la escuela de agricultura. Tengo 28 años, soy de Madrid, superabierta al sexo, me flipa el morbo, las emociones fuertes, el sudor y los gemidos que te hacen temblar. Fue… uf, inolvidable. Te lo cuento como si estuviera susurrándotelo al oído, con todos los detalles sucios que aún siento en la piel.
Llegamos de noche, el aire olía a heno fresco y tierra húmeda. Alain, 20 años, fuerte como un toro de la granja, nervioso pero cachondo. Su hermano Bertrand nos pilla en plena faena un día antes, y bum, Alain se declara. Esa noche, en su cuarto, luces tenues, el colchón cruje bajo nosotros. Él saca un condón, lo pone con manos temblorosas. ‘¿Estás segura?’, me dice, voz ronca. Yo, riendo bajito, se lo arranco. Su polla dura, venosa, salta libre, oliendo a hombre joven, a deseo puro.
La llegada a la granja y la sorpresa con mi chico
‘¡Joder, duele un poco pero qué rico!’, gime él mientras la agarro y la meneo fuerte. ‘Para, Anna, o me corro ya… Espera, quiero hacer como mi padre’. Le miro extrañada. ‘¿Qué hace tu padre?’ ‘Le vi con la vecina, la cabeza entre sus piernas, lamiéndole el coño’. Bajamos al pie del cama. Abro las piernas, mi chochito con su mata de pelos negros, húmedo ya, olor almizclado que me excita. Él mete un dedo, chapotea dentro, caliente y resbaladizo. ‘¡Sí, ahora la lengua en el clítoris grande arriba!’.
Obedece, lame torpe al principio, lengua plana sobre mi raja, saboreando mi jugo salado-dulce. Gimo, ‘¡Más fuerte, chupa ahí!’. Cambiamos, 69. Su boca en mi culo casi, pero me concentro en su verga. La engullo, profunda, saliva chorreando, glup glup. Él tiembla, ‘¡Me corro, cuidado!’. No me aparto, succiono más, y explota. Chorros calientes, espeso, sabor amargo-musgo en mi boca. ‘Prueba tu leche’, le digo, escupo un poco en su boca al besarle. Arruga la nariz, ‘Bueh, la textura es rara, como ostras…’.