¡Ay, chica! No sé por dónde empezar… Llegamos al castillo de Chalabre con Julien, ese periodista misterioso que me volvió loca. El gravier crujía bajo las ruedas, y Gilles, el señor barbudo, nos recibió con un abrazo fuerte. Olía a madera vieja y humo de chimenea. Me susurró: ‘Aquí encontrarás paz, Elena’. Yo, con 28 años y el cuerpo ardiendo de deseo, solo pensaba en sexo.
Entramos en la habitación enorme. El fuego crepitaba, iluminando el baldaquín del cama. Me desnudé rápido, me metí bajo las sábanas pesadas. Julien me besó el cuello, suave, con olor a sudor limpio. Me dormí agotada, pero soñando con sus manos.
La llegada misteriosa y la primera ducha caliente
Desperté tarde, corrí a la ducha. El agua caliente caía sobre mi piel, vapor denso, jabón con aroma a lavanda. De repente, la puerta se abrió. Julien estaba ahí, espalda ancha, músculos tensos del hacha. No dijo nada. Sus nalgas rozaron mi pubis, firmes, calientes. Suspiré, ‘¡Ven, amor!’. Mis pechos se aplastaron contra su espalda, pezones duros arañando su piel húmeda.
Mis manos bajaron por su pecho, vello áspero, olor a hombre mezclado con sudor fresco. Su polla empezó a endurecerse, gruesa, palpitante contra mi vientre. ‘Te deseo tanto’, gemí, frotándome fuerte. Pero el espacio era pequeño, resbaladizo. Me salí, me sequé rápido, el corazón latiendo fuerte. ‘¡Ven, rápido! Ven a la cama.’
Me puse a cuatro patas, culo alto, piernas abiertas. El aire fresco lamía mi coño seco, expuesto. Julien se acercó, su glande rozó mis labios vaginales, secos, ásperos. Empujó, duele… ‘¡Ah!’, grité, crispada. Entró a medias, luego todo, lubricándose por fuerza. Olía a sexo forzado, a fricción. Movía lento, sus manos en mis caderas suaves. Pero nada, ni placer, solo vacío. Su polla flaqueó, salió patética. Suspiré, me derrumbé en la cama, sollozos ahogados.
‘Lo siento, amor’, murmuró, abrazándome. Lágrimas calientes en mi cara. ‘Quería hacerte feliz, sentirte dentro como antes’. Él me calmó, ‘Todo llegará’. Me llevó a la ducha otra vez, esponja jabonosa deslizándose por mi cuerpo. Entre mis piernas, suave, insistente. Mis pezones se endurecieron, un temblor subió. ‘Sí… así’, jadeé.
Al mediodía, Gilles cocinaba, olor a anguilas al miel, especias medievales. ‘¿Montas a caballo?’, preguntó. ‘Un poco, poneys de niña’. Sonrió, ‘Kaïla es suave como tú’. Me sonrojé, calor en las mejillas.
El masaje prohibido y el clímax explosivo
Después de la lección, piernas rojas, ardiendo. Subí a la habitación, me quité la ropa de amazona, sudor salado en la piel. Julien untó crema fresca en mis muslos, masajeando arriba, dedos firmes. Cerré los ojos, gemí bajito. Abrí las piernas, coño a la vista, húmedo ya por el roce.
De pronto, su boca en mi vulva. ‘¡Oh!’, salté. Beso suave, lengua rozando la raja larga. Pasaba lento, pacientemente. Mis labios gordos se hincharon, clítoris asomó, duro. ‘Mmm… sí, Julien, lame ahí’. Chupó mi capuchón, labios succionando. Rugí suave, continuo, habitación llena de mi ronroneo. Se mojó más, jugos dulces saliendo. Me agitaba, caderas subiendo. ‘¡Sí, mi amor, hazme correrme! ¡Sí!’
Exploté, temblores por todo el cuerpo, chorros calientes en su boca. Me abandoné en sus brazos, piel pegajosa, olor a orgasmo puro. ‘Gracias… fue increíble’. Él sonrió, ‘Ahora estamos mejor’.
Los días siguientes, risas en la pista, yo exhausta, él me curaba. Luego sexo suave, yo arriba, cabalgando su polla dura, pechos rebotando. ‘¡Fóllame más fuerte!’, gritaba. O él atrás, doggy, cachetes chocando, slap-slap. Sudor, gemidos, sabor salado en besos. Cada noche, nuevas posiciones: misionero profundo, sus bolas golpeando mi culo; 69, mi boca tragando su verga venosa, él devorando mi coño chorreante.
La última noche, me arreglé sexy para Gilles, que me miraba hambriento. Pero con Julien, fuego total. Regresamos cambiados, listos para más placeres fuertes.