Confidencia caliente: Mi noche con Vanille y el Maestro en un éxtasis prohibido

Ay, chica, no sabes lo que me pasó anoche… Estaba aún temblando del orgasmo con Vanille, esa asiática preciosa que me depiló todo, cuando ella empieza a preparar el gabinete. Luces bajas, velas parpadeando, olor a incienso dulce que me invade las fosas nasales, como jazmín mezclado con algo almizclado, excitante.

—Julieta, el Maestro viene por ti. Es un honor enorme. No hables, solo déjate llevar. Confía en mí —me susurra, mientras me pone una bata de seda suave, fría contra mi piel desnuda, erizada.

La llegada del Maestro y el primer contacto

Tres golpes en la puerta. Mi corazón late fuerte, bum-bum, como tambores. Entra él: un chino bajito, mayor, vestido oscuro, tradicional. Cara serena, sonrisa leve que me hace cosquillas en el estómago. Vanille me hace una seña: inclínate. Obedezco, piernas flojas.

Ella me tumba en la mesa, pies en los soportes, piernas abiertas de par en par. Siento el aire fresco rozando mi coño recién depilado, liso, expuesto. Vulnerable. Ella sube la bata, besa mis labios internos, su lengua tibia, húmeda. Sus dedos masajean suave, círculos lentos. Huelo mi propia excitación, salada, dulce. Mi vagina se moja rápido, chorreando.

—Mira, Maestro —dice ella, metiendo un dedo, sacándolo brillante, oliendo a mí, y se lo ofrece a oler. Él asiente, ojos fijos en mi sexo abierto.

Vanille se arrodilla ante él, desabrocha, saca su polla flácida. La chupa despacio, labios estirados, slurp-slurp, saliva brillando. Manos en sus bolas, masajeando. La polla crece, dura, venosa, palpitante. Huele a hombre, a sudor limpio, a deseo.

Me acerca la mesa rodante. Echa mis labios, sostiene su verga tiesa, gorda. La frota contra mi entrada, resbaladiza. Empuja. Entra lento, centímetro a centímetro. Llenándome. Siento cada vena rozando mis paredes, sus bolas golpeando mi ano al fondo. Pubis peludo contra mi clítoris desnudo, rasposo, eléctrico.

—Ah… sí… —gimo bajito, pero ellos ignoran. Vanille empuja su dedo en mi culo, guiando. Doble penetración sutil. Quiero gritar: ¡Fóllame fuerte! Pero no. Él bombea constante, estudiando, como un sabio. Mis manos van solas: aprieto tetas, huelo mis dedos mojados, sal y almizcle.

Justo cuando sube el placer, picor en la espalda, se retira. Polla dura aún. Ella la limpia con agua tibia, paño suave. Limpia mi coño palpitante, chorreante. Me visto, saludo. Se va.

—¿No se corrió? —pregunto, atónita.

—No, eyacular mucho pierde energía vital —explica Vanille—. Tu coño no está listo, no lo suficientemente fuerte para el nirvana.

—¿Pero yo iba a correrme!

—No lo bastante intenso. Mañana, musculación.

Me muestra: abre piernas, expulsa un huevo de codorniz intacto con su vagina. ¡Pum! Lo rompe adentro, me lo da. —Buen provecho.

Nos besamos casto. Duermo reviviendo todo, sueños húmedos, sábanas pegajosas.

Entrenamiento íntimo y explosión de placer

Al día siguiente, despierto desnuda, piernas abiertas al espejo. Toco mi coño suave, exploro, húmeda ya. Llega la señora de la limpieza: —Qué bella juventud… Disfrútala.

Luego Vanille, con pañuelos en tetas y caderas. —Perlas para tu coño, tamaños distintos. Empieza grande, entrena a expulsarlas. Godemichés para tu culo. Y el músculo de la felicidad.

En el baño, se agacha, pies en bordes. —Haz como yo, como si meas.

Sus labios hinchados, duvet largo. Mea chorros controlados: ¡paf! ¡paf! Salpica mi entrepierna, cálido. —Es el pubocoxígeo, vibra en orgasmos. Entrénalo siempre.

Yo pruebo, chorros débiles, pero lo siento. Ella me masajea profundo después, aceites calientes resbalando.

La señora entra, nos ve: risas. Vanille se va, culito rebotando.

Pongo perla adentro, siento presión deliciosa. Godemiché pequeño en culo, estirando. Voy a la playa, bikini mínimo, tres pelitos visibles. Hombres babean, esposas miran mal. Hago ejercicios: expulso perla disimulada, placer secreto.

Noche: busco hombre de verdad. Bar elegante, seduzco a uno equivocado: gay. Fracaso risible.

Al día siguiente, moniteur de tenis, musculoso. Lección: falda corta, sin bragas. Me doblo por pelotas, tetas saltando. Público joven flipa.

En bungalow: lo chupo fresco de ducha, polla dura en boca, bolas pesadas, sabor salado. Me folla salvaje: embiste, bolas slap-slap contra mí, sudor mezclándose, olor a sexo crudo.

Corre dentro, caliente, jets. Yo exploto, contracciones.

Segundo round: lento, siento todo. Aprieto con músculo nuevo, lo hace gemir: —¡Dios, qué coño!

Me monto, me masturbo clítoris, tetas. Él corre otra vez viéndome.

Me voy satisfecha, poderosa. ¿Sumisa o dominante? Las dos.

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