Confidencia caliente: Mi aventura prohibida en el hospital con dos hombres

Oye, chica, no te imaginas lo que me pasó ayer. Llegamos Marcos y yo al centro de rehabilitación para visitar a Juan Pedro. Acababa de operarse la cadera, estaba en pijama sobre la cama, con esa cara de bueno pero cachondo que siempre tiene. Yo me senté en las rodillas de Marcos, en esa silla estrecha junto al muro. Hablábamos de su recuperación, pero mis manos ya iban solas…

—¿Duele todavía? —le pregunté, mientras mi mano bajaba disimuladamente por debajo de la falda. Marcos me acariciaba las nalgas, subiendo la tela suave, tocando mi piel caliente. El aire olía a desinfectante, pero ya sentía mi humedad creciendo.

La visita que se salió de control

Juan Pedro sonrió: —No, ya va mejor. Pronto podré moverme como antes.

Yo me moví despacio, frotando mi culo contra la polla de Marcos que se ponía dura. Sus dedos encontraron mi tanga, la apartó… un dedo rozó mi entrada mojada. Clac, clac… el sonido suave de mi jugo al entrar su dedo. Olía a deseo, a sexo reprimido. Juan nos miraba, su pijama tentaba.

—¿Y las enfermeras? ¿Alguna te ha puesto cachondo? —pregunté, mordiéndome el labio. Marcos metió otro dedo, mi coño chorreaba, caliente, apretado.

—Nada especial… hasta ahora —dijo él, con voz ronca.

Recordé nuestra noche anterior, los tres en el hotel. Esa polla enorme de Juan que no entraba en el condón. Yo de rodillas, chupándola, lamiendo ese grosor venoso, salado. Marcos detrás, follando mi coño empapado. Gemí bajito al pensarlo.

—Quiero ver esa cicatriz —dije, estirando la mano. Bajó un poco el pijama, suave, rasurado. Mi mano entró rápida, tocó piel tersa, y… ¡ay! Esa verga semi-dura, gruesa como mi muñeca. La apreté, palpitaba, cálida.

—Hummm, está dura ya… suave por todos lados —murmuré, oliendo su aroma masculino, limpio pero excitante.

Marcos aceleró sus dedos en mi coño, el pulgar en mi ano, presionando. Me levanté un poco, empalándome más. Juices corrían por mis muslos, pegajosos.

—Tu polla funciona perfecto. Me recuerda esa noche… Marcos me follaba mientras te chupaba.

Juan jadeó: —Sí, tu boca… increíble.

Me puse de rodillas en la silla, culo arriba. Lamí su glande, hinchado, morado. Sabía a piel limpia, un poco salado. Lo metí lento, estirando labios, baba goteando. Mmmph… tan grande, apenas cabía. Mi mano izquierda buscó a Marcos, bajé su cremallera, saqué su polla tiesa, la branqué fuerte, venosa bajo mis dedos.

—Para, estamos en un hospital… —gimió Juan, pero sus manos en mi pelo decían otra cosa.

Toc-toc. La puerta se abrió de golpe. La enfermera rubia, pechugona, entró. ¡Sorpresa! Yo me levanté con un chillido, polla de Juan saliendo con pop húmedo. Él la guardó rápido. Marcos quieto detrás.

—Perdón… no sabía… —balbuceó ella, pero sonrió, cerró y volvió: —Pongo el letrero rojo. No molestaré. La rehab le hará bien.

El clímax interrumpido… y explosivo

Guiño pícaro. Se fue. Corazón latiendo fuerte, olor a sexo en el aire.

—¡Mira lo que hiciste! —rió Juan.

—No pareció enfadada… al revés —dije yo, volviendo a bajar su pijama. Polla tiesa ahora, enorme, curvada. La embuché profunda, garganta apretada, glug-glug. Mano en sus huevos suaves, lisos. Marcos metió pulgar entero en mi culo, dos dedos en coño, chap-chap.

—Ohhh, qué rico… quiero que me follen los dos…

—Pronto, te abriré el coño y el culo —gruñó Juan.

—Y yo tu boca mientras él te folla —añadió Marcos, frotando su polla en mi tanga.

Lamí sus huevos, succioné, baba por barbilla. Me giré un poco, Marcos entró en mi coño de un empujón. Calor, lleno, chapoteo rítmico. Sentía su polla palpitar dentro, mi ano apretando sus dedos.

—Me folla el coño… y me mete dedos en el culo… —jadeé, con la boca llena.

Juan gimió largo: —¡Me corro!

Sperma caliente, espeso, inundó mi boca. Tragué, salado, viscoso. Marcos aceleró, ¡pum! Calor en mi coño, espasmos. Yo exploté, gritando ahogada, cuerpo temblando, jugos squirteando.

Me limpié con dedo, lo chupé provocativa. —Me llenó el coño… voy al baño.

Al salir, la enfermera sonrió: —¿Está mejor?

—Mucho. Necesitará más sesiones —contesté, guiñando.

¡Qué locura! Aún huelo a ellos. ¿Repetimos pronto?

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