Estaba sentada en el sofá, con las piernas entreabiertas, sintiendo el dedo de Pablo hundiéndose despacito en mi coño empapado. Uf… el calor de su mano grande, áspera por el trabajo, rozando mi piel suave. Olía a su colonia mezclada con sudor fresco, y el aire estaba cargado de ese aroma a sexo que ya nos envolvía. Mi marido Juan me besaba el cuello, su aliento caliente en mi oreja, mientras el porno en la tele gemía bajito de fondo.
“Marta… ¿estás bien?”, murmuró Juan, su voz ronca, excitada. Yo solo pude gemir: “Sí… no pares, Pablo…”. Mi cuñado, ese tipo fuerte como un roble, de 30 años, con barba de tres días y ojos oscuros que me taladraban, sonrió sin decir nada. Su dedo entraba y salía, chup-chup húmedo, rozando mi clítoris hinchado. Sentía mi jugo resbalando por mis muslos, pegajoso, caliente.
La llegada inesperada de Pablo
Todo empezó una semana antes. Pablo llegó en moto un viernes de septiembre, rugiendo por la carretera de la Dordogne. Vivimos aquí con Juan, mi marido desde hace ocho años. Yo tengo 28, curvas generosas, tetas grandes que se mueven libres bajo las camisetas finas, culo redondo que vuelve locos. Mi hermana Lucía, más joven y menudita, se casó con él, pero… pobrecito, venían mal. Era la primera vez que llegaba solo, sin ella.
Juan lo recibió en la terraza, con cervezas frías. Yo estaba corriendo, sudada, con shorts ajustados que se me metían entre las nalgas. Cuando volví, olía a barbacoa y a su perfume masculino. “¡Hola, Marta! Qué guapa estás”, dijo Pablo, mirándome las tetas. Sus ojos… ay, se quedaron ahí, en mis pezones duros por el sudor. Cenamos, charlamos. Luego me contó, bajito, que se separaban. Lucía era un hielo en la cama, nada de sexo oral, ni culos… nada.
Juan le abrió todo: cómo yo grito cuando me folla, cómo me chupa la polla hasta vaciarla, cómo me abre el culo con su verga dura. Pablo se ponía rojo, pero su pantalón… uf, abultado. Yo oía desde la cocina, y mi coño se mojó sola. Esa noche, en la cama, Juan me montó como un animal. “¿Has visto cómo te mira?”, me dijo mientras me embestía. “Sí… me calienta”, admití, corriéndome fuerte, gimiendo alto para que Pablo oyera desde la habitación de invitados.
El domingo por la mañana, desayuno en la terraza. Llevaba un camisón de seda, tetas colgando pesadas, pezones rosados. Me incliné para servir café, y vi la cara de Pablo: baba. “Marta, estás… increíble”, soltó. Juan sonrió. Toda la semana, Pablo me comía con los ojos: mis faldas cortas, piernas suaves, olor a mi perfume dulce.
Viernes noche otra vez. Cena, vino, y Juan pone un porno suave. Me siento entre ellos. Mi mano en la de Juan, tensa al principio. Pero las chicas en pantalla gimiendo, tetas saltando… mi coño palpita. Juan sube la mano por mi muslo, despacio. “Para…”, susurro, pero no. Llega a mi tanga, empapada. Su dedo entra: plof, resbaladizo. Cierro ojos, huelo mi propia excitación, agria y dulce.
Pablo mira, y… ¡zas! Su mano en mi otra pierna. Gruesa, callosa. Sube, roza mi coño abierto. “¿Puedo?”, pregunta bajito. Juan asiente. Pablo mete dos dedos, me estira. “¡Dios, qué apretada y mojada!”, gruñe. Yo gimo: “Sí… folladme”. Pablo desabrocha mi blusa, libera mis tetas. Las mama, succiona fuerte, leche de mi piel. Juan me besa, lengua enredada.
El descontrol en el sofá y la cocina
Pablo baja mi tanga, huele mi coño: “Huele a puta en celo”. Me abre piernas, lame: lengua plana, chas-chas, saboreando mi clítoris. Salado, jugoso. Saca su polla: corta pero gorda, venosa, cabeza morada. Me la clava de un golpe. “¡Aaaah!”, grito, sintiendo cómo me llena, estirándome. Juan ve: polla entrando-salida en mi coño rasurado, labios hinchados.
Me corro primero, cuerpo temblando, uñas en rodillas de Juan. Pablo eyacula dentro, chorros calientes golpeando mi útero. Juan entra después, en mi coño lleno de semen ajeno: resbaloso, burbujeante. Se corre rápido.
Al día siguiente, terraza. Shorty y top fino, sin bragas. Pablo me baja el shorty, dedos en mi coño. Tres adentro, follando rápido. Me corro de pie, piernas temblando, olor a café y coño. Me monto en él: polla dura, subo-bajo, tetas en su boca. Mordisquea pezones, duele rico. Me corro otra vez, gritando.
Lo giro, en cowgirl inversa. Juan ve mi culo rebotando, polla gorda entrando, bolas peludas chocando. Dedos en clítoris, me corro eterno, jugos chorreando.
En cocina, después de comer. Juan duerme. Pablo me empotra contra fregadero. Top arriba, tetas balanceándose. Me escupe en culo, mete polla despacio. “¡Tu culo es mío!”, gruñe. Entra-salia, profundo, pan-pan. Huele a jabón y semen. Grito: “¡Fóllame el culo, Pablo! Más!”. Eyacula adentro, chorros calientes.
Esa noche, dejo a Juan solo. Con Pablo toda la noche: chupando su polla salada, semen en garganta; misionero, polla en coño; perrito, en culo. Gritos, sudores, olores mezclados.
Lunes, se fueron juntos. Mi vida… cambió. Pero qué placer, chicas.