Ay, chicas, no sé por dónde empezar… Es que acabo de llegar de casa de Pierre, el fotógrafo que me ayudó con la maqueta para el boletín del salón de artistas independientes. Tengo 28 años, soy española, vivo en este pueblito francés desde hace unos meses ayudando en la asociación. Soy abierta al sexo, me encanta el morbo, las sensaciones fuertes… Y hoy ha pasado algo que aún me tiene el coño palpitando.
Estábamos en su cocina, yo preparando el café. Bueno, él lo preparaba, yo estaba en la veranda arreglando unos tomates que su vecino me dio. Me agaché, ¿sabes? La falda se me subió un poco, sentía el aire fresco en las piernas. De repente, noto sus ojos clavados en mí. Levanto la vista por la ventanita y le pillo mirándome el culo. Mi culotte blanca, ajustadísima, marcando todo: los labios hinchados, la raja profunda. Huele a tierra húmeda, a tomates verdes, y yo siento un calor subiéndome por el vientre.
La maqueta y el descubrimiento inesperado
—Brigitte, ¿estás cómoda ahí abajo? —me dice con una sonrisa pícara, trayendo el café.
—Calla, Pierre, que me distraes —le respondo riendo, pero ya noto humedad entre las piernas.
Pasamos al despacho. Fotos para el boletín, mi retrato. Quiero salir guapa, no como una vieja. Me pongo delante del reflex, me quito la blusa. Mis tetas… uf, son grandes, pesadas, con pezones oscuros que se endurecen al aire. El sujetador las aprieta, se ve el armazón bajo la tela.
—Tu marido es un afortunado con esas tetas de infarto —me suelta.
Suspiro. —Ni lo menciones. Llevamos años sin follar, cada uno en su mundo. Yo pinto, él jardinea. Quiero sentirme viva otra vez.
Él pone cara de pena. Yo me abro la blusa del todo, tetas al aire. Se le nota la erección en los pantalones. Tocamos, exploramos. Sus manos en mis tetas, amasándolas, olor a su sudor mezclado con mi perfume. Yo le agarro la polla, dura, caliente, venosa. Late en mi palma.
—Ven, siéntate aquí —le digo, en el borde de la cama. Abro las piernas, él se arrodilla. Su lengua en mi coño… Dios, qué húmeda estoy. Huele a mi excitación, salado, dulce. Lamidas lentas, chupando el clítoris. Meto un dedo en su pelo, gimo bajito: ‘Ahh… sí, así…’.
La transacción que cambió todo
Pruebo su ano con un dedo, sorpresa. —¡Oh! —exclama, pero sigue lamiendo. Mi coño chorrea, sonidos chapoteantes.
—¿Te apetece una mamada? —le pregunto, juguetona.
A cuatro patas, polla en mi boca. Sabe a piel limpia, un poco salada. La chupo hondo, garganta apretada. Sus manos en mis tetas colgantes, balanceándose, slap-slap contra mi barbilla.
—No condón, Pierre. Quiero tu leche dentro, caliente.
Me monto encima. Coño chorreando, engullo su polla. Arriba y abajo, rápido. Mis tetas rebotando salvajes, slap-slap-slap. Me toco el clítoris, frotando frenético. —¡Fóllame fuerte! —grito. Él empuja desde abajo, gruñe como animal. Huele a sexo puro, sudor, jugos.
Exploto en orgasmo, coño apretando su polla. Él se corre dentro, chorros calientes llenándome. Gimo: ‘Síii… lléname…’.
Después, me visto a medias, sin culotte. Se la quedé de recuerdo. —Llámame a Vanderm para el salón, ¿vale? Por esto y más…
Unos días después, con Roselyne. Pero eso es otra confidencia. Hoy solo Brigitte, yo, la capitana tetona, reviviendo este polvo que me ha despertado el deseo.