Confesión ardiente: Mi aventura salvaje con el obrero de la pensión

Hace dos años, estaba hecha un desastre: divorcio reciente, sin curro estable. Me mudé a una ciudad termal en Galicia por un trabajo decente en la renovación de un hotel. Después de tres meses, mi jefa me propuso un proyecto largo, unos cuatro meses, con buen pasta. No lo dudé.

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Primera quincena en un hotel cercano, pero negocié volver cada dos semanas a mi ciudad. Allí conocí a un compañero que me recomendó una pensión familiar para ahorrar. Me instalé en casa de la señora López, habitación cómoda en el primer piso, desayuno abundante por cuatro duros. Otros huéspedes: curistas mayores, pesados. Entre ellos, un tío, digamos Manuel, borde, bigotudo, pasados los sesenta, siempre quejándose del tiempo lluvioso. Sabía que llevaba meses allí, habitación en el tercero.

La llegada y el encuentro inesperado

Al segundo mes, la dueña me pidió subir al tercero por obras. Así, vecinos de rellano con Manuel. Empecé a saludarlo con sonrisa, pero nada más.

Una noche, ehm… yo en mi cuarto, camisón de algodón hasta los pies, nada sexy, botones hasta el cuello. Mi tele portátil no iba. Llamé a su puerta. Él abrió, en slip, oliendo a jabón fresco del trabajo. ‘¿Puedes arreglarme la tele? Traje la mía.’

Entré en su habitación. Olía a hombre: sudor seco, colonia barata. Culotte mía en la silla, faldas revueltas. Arregló el cable roto rápido. ‘Mañana traigo herramientas para bien.’ Me fui, pero… esa noche soñé con su polla.

Al día siguiente, le llevé pinzas y destornillador. ‘Gracias, ¿cuánto?’ ‘Nada.’ Sonrió: ‘Merece recompensa.’

Noche, nueve. Me lavé los dientes, llamaron. Abrí: él pensó que era la tele otra vez. No, yo con camisón, cuatro botones abiertos, tetas asomando un poco. ‘Vengo a recompensarte.’ Cerré la puerta. ‘¿Puedo pasar? Tengo ganas de chupártela. ¿Quieres?’

Se quedó blanco. Yo, 28 años, tetas firmes, coño depilado, pero él vio solo mi sonrisa pícara. ‘No tengo mucho chance con tíos como tú.’ Él solo, curro duro, sin ligues. ‘Sí.’ Bajó pantalón, slip. Se sentó en cama. ‘Túmbate.’

Me arrodillé izquierda, polla semi en mano. Olía a hombre limpio, salado. La metí en boca, aspiré glande contra paladar… mmm, suave, venoso. Bombeé, lengua en meato, mejilla hinchada sin morder. Él gemía bajito: ‘Joder… qué bien.’ Paré, titilé, volví. Mano en huevos, masaje suave.

Cerró ojos, yo bombeé fuerte. Salió chorro caliente, tragué todo, glup glup. Lengua limpiando fondo. No solté, seguí… pero floja ya. ‘¿Bien?’ ‘Sí…’

Me levanté, quité camisón. Desnuda: tetas redondas, pezones duros, coño húmedo, labios rosados hinchados. Manos en sexo, abrí: ‘¿Te gusta?’ Él miró, tragó saliva. Masturbé clítoris lento, tiré labios largos.

Noches de placer desenfrenado

Se sentó borde cama. Me senté en sus muslos, manos en cuello. Tetas en su cara. ‘Tócalas, les encanta.’ Las amasó, succionó pezón… ay, eléctrico. Duro como piedra. Mano suya en muslo, dedo en coño: ‘¡Qué mojada!’ Entró índice, medio, pulgar clítoris. Sacudí cadera, ojos cerrados. ‘Más…’

Dedos blancos cremosos. ‘Pérdidas mías, por ti.’ Me excitó más. Polla dura otra vez contra barriga. Quise besarlo, pero no, bigote áspero. Deslicé, pero él: ‘Cubierta.’ Se levantó, limpió coño con toalla húmeda. Hilos transparentes.

En cama, piernas arriba, abrí coño. ‘Ven.’ Se puso condón, empujó: aspirado adentro, caliente, apretado. Vaivenes profundos. ‘¡Sí, sí!’ Clavó uñas en nalgas mías. Eyaculó, yo squirté un poco, orina mezclada? No, jugos.

Retiró, limpió. Fui baño, meé fuerte, chorro cascada. Polla suya cerca, no la chupé. Vestí camisón. ‘Buenas noches.’

Al día siguiente, desayuno: ni mirada, borde como siempre. Pero yo sonreí interior.

Noche siguiente, TV sonando suya. Volví a las diez, vestida. ‘¿Paso? ¿Repetimos? Hace diez años sin hombre.’ Desabotoné vestido, combinacion carne, transparte, sujetador-gaine-jarretelles, medias. Quité todo, culotte blanca doblada.

Faldas apretadas gaine, excitante. Mano en ellas, masaje. Pené en cuatro, dedo primero: limpio, húmedo. Polla dentro: ‘¡Qué prieta!’ Ondas en culo, topado gaine. Gemí suave. ‘No pares…’

Cambié? No, pedí más. Eyaculó dentro, yo orgasmo contracciones. Limpió, se fue con ropa en mano. ‘Mañana.’

Seis semanas, todas noches: mamadas, folladas, o ambas. Nunca pernoctó. Discreto, placer puro. Se fue, ni sé edad exacta. Pero esa boca bigotuda… mmm, inolvidable.

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