¡Ay, amiga, si supieras lo que me pasó anoche! Estoy aún temblando, con el cuerpo dolorido pero tan satisfecha… Soy Lira, tengo 27 años, sacerdotisa en Tuladanlq. Nos entrenan para servir al monstre, pero también para dar placer a los guerreros. La reina nos mandó al campamento de Gilou, el rey conquistador. Llegamos en caravana, nosotras con túnicas ligeras que apenas tapaban nada, oliendo a incienso y aceites dulces. Los soldados nos miraron como lobos hambrientos, sus ojos brillando, el aire cargado de sudor y deseo.
Yo elegí a uno grande, moreno, con cicatrices en el pecho. No, espera, era él mismo, Gilou, el jefe. Me miró fijamente y dijo: ‘Tú, ven conmigo al barracón’. Mi corazón latía fuerte, el coño ya húmedo solo de imaginarlo. Entramos, cerró la puerta de madera que crujió. El cuarto olía a cuero y humo de hoguera. Se quitó la armadura, su pecho ancho sudado, músculos tensos. ‘Desnúdate’, ordenó con voz grave. Yo dudé un segundo, pero mis manos volaron a la túnica. La dejé caer, quedé desnuda, pezones duros por el aire fresco, mi piel morena brillando bajo la luz de la antorcha.
La llegada de las sacerdotisas al campamento
Se acercó, su aliento caliente en mi cuello. ‘Eres perfecta para mis hombres… pero primero para mí’. Me empujó contra la pared de piedra fría, sus manos ásperas agarrando mis tetas, pellizcando los pezones hasta que gemí: ‘¡Ay, sí, más!’. Bajó una mano, metió dos dedos en mi coño empapado. ‘Estás chorreando, puta sagrada’, gruñó. Yo arqueé la espalda, el sonido de mis jugos chapoteando. ‘Fóllame ya, por favor’, supliqué, voz ronca. Se rio bajo, sacó los dedos y me los metió en la boca. Sabían a mí, salado y dulce.
Me giró de espaldas, me inclinó sobre la mesa tosca. Sentí su polla enorme rozando mi culo, dura como hierro, venosa. ‘¿Lista?’, preguntó. ‘¡Sí, joder, métela!’, grité. Empujó de golpe, partiéndome en dos. ¡Dios, el dolor-placer! Llenándome hasta el fondo, sus pelotas golpeando mi clítoris. Empezó a bombear fuerte, la mesa temblando, ruidos de carne contra carne, slap-slap-slap. Sudor goteando de su pecho a mi espalda, olor a macho en celo, a sexo crudo. ‘¡Más rápido! ¡Rompe mi coño!’, jadeaba yo, clavando uñas en la madera.
La entrega total en la noche de lujuria
Me levantó como una pluma, me puso de cara a él, piernas alrededor de su cintura. Sus ojos fijos en los míos mientras me follaba en el aire, gravedad hundiéndome más en su verga. ‘Dime que eres mía esta noche’, exigió. ‘¡Soy tuya, Gilou, fóllame como a tu reina!’, respondí gimiendo. Chupé su cuello salado, mordí suave. Él gruñó, aceleró, mis tetas rebotando contra su pecho peludo. Sentí el orgasmo venir, un tsunami: ‘¡Me corro, ay Dios, me corro!’ Grité, contrayéndome alrededor de su polla, jugos bajando por sus muslos.
No paró. Me tiró en el jergón de paja, que crujió. Me abrió las piernas ancho, lamió mi coño chorreante. Su lengua áspera en el clítoris, chupando mis labios hinchados, sabor a sexo mezclado. ‘Deliciosa, como miel salvaje’, murmuró. Yo agarré su pelo: ‘¡No pares, lame más profundo!’. Luego se puso encima, misionero salvaje. Besos brutales, lenguas enredadas, saliva. Empujones profundos, su vientre contra mi clítoris. ‘Córrete dentro, lléname’, le rogué. Rugió como bestia, se hinchó y explotó, chorros calientes inundándome, semen goteando fuera.
Caímos exhaustos, cuerpos pegajosos de sudor y fluidos. Su peso sobre mí reconfortante. ‘Eres la mejor puta sagrada que he tenido’, susurró besando mi frente. Yo sonreí, aún palpitando: ‘Vuelve cuando quieras, rey. Mi coño es tuyo’. Ahora, aquí estoy, oliendo aún a él, recordando cada embestida. ¿Quieres detalles del monstre después? Esa es otra confesión…