Eran las diez de la noche, un domingo cualquiera. Acababa de llegar de La Baule, cansada del viaje, pero contenta de ver a mi hermana Elisabet y a su marido. Les pedí si podía quedarme a dormir antes de mi reunión en París al día siguiente. Vivían en Nantes, cerca, y siempre era un placer.
Elisabet y yo somos supercomplices desde pequeñas, aunque de adolescentes tuvimos nuestras broncas por tíos. Yo siempre he sido la que llama la atención, con mis curvas, mi pelo castaño con mechas rubias, ojos azules y pechos generosos. Me encanta vestirme sexy, moverme con confianza. Pero detrás de esa fachada, soy frágil, busco que me deseen.
La llegada de mi hermana y la velada familiar
Con mi cuñado, siempre ha habido química. En vacaciones, le enseñaba un pecho ‘por accidente’ en la piscina. En Navidad, salía en toalla dejando ver mi cadera y el inicio de mi coño. Una vez en una boda, dormimos en la misma habitación… me levanté pasando por encima de su colchón, con mi tanga rosa asomando bajo la camisola. Sabía que me miraba.
Me ha contado sus aventuras: le encanta la levrette, a veces el culito si está bien preparado, y no le importaría con una chica. Una vez nos confesó lo del ‘dragón’: tragó semen de su novio y le salió por la nariz tosiendo. Me reí tanto… pero me excitó saber que le gusta que lo traguen.
Cenamos genial. Elisabet se fue a dormir temprano, se levanta a las cinco. Yo me duché y bajé al salón en mi camisola de satén azul, suave contra mi piel. Me senté en el sofá, piernas arriba, comiendo un yogur. Él veía una peli, 99 francos.
—¿No te vas a dormir? —le pregunté.
—Nan, estoy con los mails. ¿Y tú?
—Tengo estrés por la reunión. Me quedo un rato, ¿vienes a arroparme? —bromeé, sonriendo.
Se rio. En la tele, un chaval se pajea en el baño mirando lencería, y justo cuando corre, ve un perro y eyacula sobre las páginas.
—¡Puajjj! ¡Estoy con el yogur! —me quejé, riendo asqueada.
—¿El yogur te recuerda eso? —dijo divertido.
—Hoy sí…
Sin pensar, soltó: —Pero si no siempre te ha dado asco.
Me quedé fría. —¿Qué?
—Nada, por esa historia que contaste…
—Ah, esa… Vale, pero no es lo mismo. Ese era mi novio después de follarme bien. ¡Merecía premio!
—Pobre de mí, nunca me ha pasado —confesó.
—¿Ni con Elisabet?
—Ni con ella ni antes. Fantasía pura.
—Baja los pantalones, ¡tu día de suerte! —bromeé.
Exageró tristeza. —Es frustrante… sientes que viene, y zas, mano en el hombro, paja final.
—Cuando dejas ir… uf, el jet potente en la garganta, uno, dos, tres… ves su cara de éxtasis. Hay que tragar poco a poco, si no, ¡sale por la nariz! —le guiñé, recordando mi ‘dragón’.
Se excitó. —Si me hubieras conocido antes…
La charla caliente que lo cambió todo
—Uf, me has puesto cachonda. Ojalá mi hombre aquí.
—Pues yo no despierto a Elisabet. Tendré que pajearme.
—Cierra mi puerta con llave… o no la cierres —dije, acariciándome la pierna despacio, sintiendo mi piel erizarse.
—Para, Laure…
—Tú no harás nada, tan fiel… ¿o grande bocazas?
—Si me lanzo, tendrás cojones para decirlo.
—No lances, haz un strip primero.
Me levanté, desabroché su cinturón. Bajó el pantalón, polla medio dura en boxers. 18 cm, gruesa. Me miró.
—¿Elisabet fliparía viéndote así?
—Tú me lo pediste.
Sonreí. Su mano paró la mía al subirlo. —Muéstrame cuánto te pongo.
Bajé el bóxer lento. Su polla saltó, gorda, venosa. Olía a hombre, limpio, con un toque almizclado. Empecé a pajearla suave, viéndola crecer dura como piedra.
—Haz algo tú… —jadeó.
Puse su mano en mi teta, pero él agarró la mía y la puso en su polla. La apreté, subí y bajé, sintiendo el calor, las venas pulsando. Pre-semen en el glande, salado en mis dedos.
—Voy a correrme…
—¿Ya? —moqué, pero mis bragas chorreaban.
Acercó mi cara. —Tendrás un recuerdo.
Lamió el glande, plano de lengua, saboreando su gusto salado. Lo metí en mi boca, chupando suave. Caliente, dura, llenándome. Aspiré, lengua en la base, succionando. Gemí bajito, vibrando en su polla.
Agarró mi cabeza, folló mi boca lento al principio. Ritmo subiendo, embistes profundas. Oía su respiración agitada, ‘ah… ah…’, mi saliva goteando por su huevos.
Más rápido, profundo. Sentí su polla hincharse. Primer jet, caliente, espeso, directo a la garganta. Tragué rápido, segundo chorro potente, salado amargo, llenándome. Gemí fuerte, manos en sus muslos firmes. Tercero, cuarto… tragué todo, sin dejar gota. Su cuerpo tembló, éxtasis puro.
Me aparté despacio, tragué el resto, lengua limpiando labios. Le susurré al oído: —De nada…
Me fui a la cama, coño palpitando. Pero eso fue solo el principio… lo del día siguiente fue aún más loco.