¡Ay, chicas, no os lo vais a creer! Acabo de vivir lo más guarro y excitante de mi vida. Tengo 28 años, trabajo en la granja familiar, y soy de esas que adoran el sexo fuerte, el sudor, los olores a macho. Hoy vino Ramón, el inseminador. Delgado, con manos expertas, pero con una mirada que quema. Llevaba calorazo, yo con mi camiseta vieja, sin sujetador, mis tetas gordas y firmes marcándose, rebotando al andar. Olía a heno y a mi coño ya un poco húmedo de pensarlo.
—Hola, Ramón, ¿vienes por la Rosita? —le dije, apretándole la mano fuerte, sintiendo su piel áspera.
La llegada y la tentación inicial
Él sacó el registro, se puso el traje plástico. Yo le llevé a la cuadra. La vaca ya atada. Él metió la mano con gel, empujó la pajilla… Cinco minutos. Plop, hecho.
—Bien hecho, experto —le dije riendo.
—Esta tiene buen ubre, equilibrado —murmuró él mirando la vaca.
—¿Y estas ubres qué? —pregunté, y zas, me subí la camiseta. Mis tetas saltaron libres, enormes, con pezones duros como piedras, oscuros y grandes. El aire caliente las rozó, erizándolas más.
Se quedó tieso, boca abierta. Olía a su sudor nervioso. Yo gloté:
—Tócalas, mira si soy buena lechera.
Se quitó el guante, acercó las manos temblorosas. Calientes. Primero rozó los pezones, suaves… Luego las agarró enteras. Firmes, pesadas. —Joder, qué duras… —susurró.
Empecé a gemir bajito, sus dedos pellizcando. Él se lanzó, chupó uno, lengua áspera girando, mordisqueando. Slurp, slurp. Mi coño chorreaba ya, notaba la humedad bajando por las piernas. Su polla asomaba tiesa en el pantalón.
—Espera, vamos dentro —jadeé, metiendo mi mano en su pantalón. Nada de bragas yo, directo a la mata rizada, empapada. Dedos resbalando en mi raja abierta, clítoris hinchado palpitando.
Él gruñó: —Estás… jodidamente mojada.
El sexo explosivo en la habitación
Lo arrastré a casa. Mathieu, mi marido, faenando lejos. Subimos escaleras crujiendo. Le arranqué la ropa. Su polla saltó, gruesa, venosa, goteando pre-semen. Olía a hombre puro, a deseo.
Yo me quité todo. Mi cuerpo: tetas colgando pesadas, vientre suave con pliegue, muslos gruesos enmarcando mi coño negro peludo, labios gordos brillando.
Se sentó en la cama, que chirrió. Yo me arrodillé, la engullí. Toda. Boca llena, lengua lamiendo el frenillo, glug-glug succionando. Él jadeaba: —Para… o me corro.
A mi turno. Me tumbé, abrí piernas. Él miró mi coño: —Qué peluda, qué guapa… —Bajó, lamió labios grandes, chupó clítoris. Zzzip, lengua dentro, saboreando mi jugo salado, ácido. Gemí fuerte: —¡Sí, chúpame, cabrón!
Mis muslos lo apretaron, casi lo ahogo en mi humedad. Olía a sexo crudo, a mi excitación. Luego, zas, me penetró de golpe. Polla dura abriéndose paso en mi coño apretado, caliente. Plaf, plaf. Sudor goteando.
—Dale, fóllame fuerte —grité.
Él embestía, manos en tetas amasándolas, yo arañándole culo, metí dedo en su ano. Se volvió loco, rotaciones, rápido-lento. La cama gimiendo como puta.
Yo venía: —¡Más, rómpeme el coño! —Hurlé, orgasmo brutal, contracciones chupando su polla, chorros mojando todo.
Él no aguantó, eyaculó dentro, caliente, espeso. Salió chorreando, mi coño lleno, pelos pegados.
Quedé jadeando, él en el suelo. —Eres el mejor inseminador —le dije con voz ronca.
Se fue sonriendo. Yo aquí, coño palpitando aún, oliendo a semen. Chicas, ¿repetimos?