Ay, chicas, no sé por dónde empezar. Tengo 28 años, casada con Pablo desde hace ocho. Él es un amor, tierno, atento… pero últimamente siento que falta algo. Ese fuego, esa locura. Quiero sentirme usada, dominada. Así que puse un anuncio en una web de encuentros: ‘Mujer casada busca hombre viril para cumplir fantasías. Sin ropa interior, porte-jarretelles’.
Marc me escribió. Charla tras charla, quedamos en el hotel Imperial, habitación 31, a las 21. Son las 18, Pablo va a llegar. Me miro al espejo: blusa escotada mostrando el encaje del sujetador, minifalda tan corta que se ve el liguero, medias de red. Nada de bragas, como pidió. Zapatos altos. Maquillaje fuerte. Me siento… disfrazada, pero excitada. El corazón me late fuerte. Cojo el abrigo largo y salgo corriendo antes de que me vea.
La huida de casa y la ansiedad creciente
En el centro, como algo rápido. Nervios. Hace 20 años que conozco solo a Pablo. Paramos la píldora para ser padres, pero antes quiero probar. ¿Y si no? Camino rápido, el aire me roza la piel desnuda ahí abajo. Humedad ya. Llego al hotel. 20:55. Toco la puerta.
—Está abierto.
Entro. Luz tenue, nadie. En la cama, una nota y un antifaz de seda negra: ‘Póntelo y espérame’. Dudo. ¿Ciego? Pero… me excita. Me lo ato. Oscuridad total. Oigo la puerta crujir. Pasos.
—Estás preciosa. Pensé que no vendrías.
—Te lo prometí…
—¡Silencio! Yo hablo, tú obedeces. Asiente si entiendes.
Hago que sí con la cabeza. Su mano en mi pierna. Caliente, suave. Sube despacio. Frío en la piel. Temblor.
—No llevas bragas, buena chica.
Dedos en mi coño. Húmedo ya. Gimo bajito. Labios en mi hombro, olor a colonia fuerte. Me derrito.
—Quítate la falda. Solo eso. Quédate con los tacones. Quiero ver ese culo.
Me levanto. Manos temblorosas. La falda cae. Desnuda abajo. Me cubro instintivamente.
—Rodillas en la cama. Camarón.
Obedezco. Culo al aire. Vulnerable. Oigo su silla. Se sienta.
—Qué culo perfecto. Necesita un poco de rojo.
¡Plass! Palmada. Duele, quema. ¡Plass! Otra. Grito ahogado. Tercera. Mi piel arde. Me muevo, meneo el culo sin querer. Huelo mi excitación, almizclada.
—¿Te gusta verme cachondo? Mi polla está dura por ti.
Asiento. Quiero que me folle ya.
El encuentro salvaje y el arrepentimiento
La puerta se abre. ¿Qué? Pasos nuevos. Silencio. Vergüenza total. ¿Quién es?
—Esta noche eres mía, pero quiero verte follar como puta. Mi amigo está aquí. Su polla también dura. Empieza chupándomela.
Una mano en mi pelo. Glande en mis labios. Salado, caliente. Lo lamo. Lo chupo. Entra y sale. Grueso, venoso. Sabroso. El otro se acerca, oigo el condón rasgándose.
Su polla roza mi coño. Húmedo, listo. Empuja. Lleno. ¡Ahhh! Me folla fuerte. Chapoteo. Sudor. Gruñidos animales. Pablo cruza mi mente un segundo… pero no. Placer puro.
Ahora al culo. Resiste. Presiona. Duele. ¡Plass! Otra nalgada. Entra. Estira. Quema, pero… rico. Gimo. Me folla el culo mientras chupo a Marc. Ritmo brutal.
Marc tiembla. Viene. Chorros calientes en mi garganta. Trago. Áspero, espeso. El otro sigue. Glorioso ahora en el culo. Se corre dentro del condón, gime:
—¡Joder, qué bueno!
Se van. Puerta cierra. Sola. Sabor a semen. Culo ardiendo. Lágrimas. Me quito el antifaz. Olor a sexo fuerte. Condón usado en el suelo. Me visto temblando. Salgo. Aire frío. Cambio de ropa en el coche.
23h. Casa. Pablo me abraza.
—¿Ya, cariño?
—Migraña. A dormir.
Ducha. No borra nada. Duermo fingiendo.
Quince días después. Embarazada. Dos meses. Pablo feliz. Yo… no. Esa noche me persigue. Distante con él. Una noche, confieso.
—No, Pablo. Te traicioné.
Me abraza fuerte.
—Lo sabía. Te perdono. Te amo.
Lloramos. Alivio. ¿Valió la pena? Ahora sí, con su perdón.