Confesión ardiente: Mi reencuentro con las hermanas brujas y un trío inolvidable

Estaba empalada en su polla, sintiendo cómo me llenaba hasta el fondo. Sudor pegajoso en la piel, el olor a sexo crudo invadiendo la habitación. ‘¡Ay, Jérôme, más profundo!’, gemí, mientras cabalgaba con furia. Sus manos en mis caderas, apretando fuerte, el slap-slap de carne contra carne. Mi hermana nos miraba desde la silla, mordiéndose el labio, sus ojos azules brillando de deseo.

Todo empezó hace unas semanas, cuando llegué a esa granja perdida en el sur de España. Yo, Antoinette, la ‘jorobada’ de la infancia, con mi hermana Héléna. Habíamos huido de Francia después de… ya sabes, los cazadores que me violaron. Pero eso es pasado. Jérôme apareció de la nada, nuestro amigo de los viejos tiempos en Dunkerque. Alto, moreno, con esa mirada que siempre me había vuelto loca.

El regreso al pasado prohibido

‘¿Pitchoune? ¿Eres tú?’, dijo al verme con el fusil en la mano. El corazón me latió fuerte. Olía a tierra húmeda, a su colonia vieja mezclada con el polvo del camino. Entramos, nos abrazamos. Héléna sacó licores dulces, frutales, que quemaban la garganta. ‘¡Brindemos por los viejos tiempos!’, rió ella, su pelo rubio desordenado cayendo sobre pechos pequeños y firmes.

Bebimos mucho. El alcohol me soltó la lengua. ‘Jérôme, ¿recuerdas cuando éramos niños? Tú me defendiste de esos cabrones en el baño del colegio’, le dije, voz temblorosa. Él asintió, ojos fijos en mí. Héléna se levantó tambaleante: ‘Voy a ducharme, pero si quieres follar, ven conmigo, mi chéri. Si no, arréglatelas solo’. Me quedé con Toinette… con ella, yo misma, no, espera, soy Antoinette contando esto.

Subí con Héléna. Se había lavado, olía a jabón fresco, piel suave. Nos besamos, hambrientos. ‘Te he echado de menos’, murmuró, quitándome la ropa. Sus tetas puntiagudas, pezones duros como piedras. Me tumbó en la cama, se montó encima. Su coño húmedo tragando mi polla… no, espera, yo soy la mujer. En mi recuerdo, ella me cabalgaba a mí? No, soy Antoinette, pero en esta confesión soy yo la que revive.

Cambiando: Esa noche, Jérôme folló primero a Héléna. Yo los oí desde mi cuarto: gemidos ahogados, ‘¡Sí, así, fóllame fuerte!’. El colchón crujiendo, olor a sudor filtrándose por la puerta. Al día siguiente, Héléna me lo confesó todo mientras masticaba uvas: ‘Quiere que lo ayudes, Toinette. Siempre te ha deseado, pero tenía miedo de tu espalda’. Mi corazón latió desbocado. ‘¿Piedad? No, es deseo puro’, respondió él cuando entré.

El éxtasis a tres en la granja

Me tocó la cara, suave, explorando. ‘Eres preciosa, Toinette. Olvídalo todo’. Sus labios en los míos, beso lento, lengua tibia probando mi saliva dulce. Manos bajando, quitando mi pijama raído. Olía a mí, a mujer sin lavar, a deseo reprimido. ‘¿Quieres que te folle?’, susurró. ‘Sí, ahora, por favor’, rogué, voz ronca.

Me penetró despacio. Su polla gruesa, venosa, abriéndome. ‘¡Dios, qué apretada!’, gruñó. Dolor placer mezclado, jugos chorreando por mis muslos. Cambiamos posiciones: yo encima, bosse contra su pecho, sintiendo su calor. ‘Muévete, mi amor’, jadeó. Gemí alto, pechos rebotando, sudor goteando en su boca. Él lamió mi clítoris, lengua áspera, sabor salado a mí. Orgasmos uno tras otro, cuerpo temblando, ‘¡Me corro, ay!’

Héléna entró: ‘¿Puedo unirme?’. Risas. ‘Ven, hermana’. Se besaron sobre mí, lenguas enredadas. Yo lamí su coño mientras él me follaba por detrás, doggy style. Olor a tres sexos: almizcle, semen, humedad. ‘¡Fóllala el culo!’, gritó Héléna. Lubricante improvisado con saliva, entró lento. Sensación de plenitud, ardor delicioso. ‘¡Más rápido!’, supliqué. Él embistió, bolas golpeando mi clítoris.

Pasamos el día entero en la cama. Sesenta y nueve con Héléna: su coño rosado en mi boca, jugos dulces, ella lamiendo mi ano. Jérôme nos folló alternando, polla brillante de nosotras. ‘¡Sois mis brujas!’, rugió al correrse en mi cara, semen caliente, salado, chorreando barbilla. Lamimos todo, besándonos con su leche en la lengua.

Ahora vivimos juntos aquí, en Andalucía. Follando sin parar, sin celos. Los del pueblo murmuran de sorcieras, pero nos da igual. Anoche, otra vez: yo entre ellas, dedos en coños, polla en boca. Gemidos, sudores, éxtasis. Si vienes, te cuento más… o te unes.

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