Confesión erótica: Mi pasión lésbica con la sirvienta fantasma en un manoir escocés

Chicas, no puedo guardarlo más. Soy Carmen, tengo 28 años, española de Madrid, super abierta al sexo, me flipan las sensaciones fuertes, el deseo que quema. Acabo de volver de Escocia, y… uf, tengo que contaros esto como si os lo susurrara al oído, fresco, real, con todos los detalles que aún me hacen temblar. Llegué al manoir hace unas semanas, heredado de un tío lejano. Conduciendo el coche de alquiler por la izquierda, maldiciendo, era tarde, cielo gris, aire fresco de verano norteño. El manoir se veía siniestro, pero cuando aparqué, la puerta se abrió. Ahí estaba él, Nelson, el mayordomo, traje impecable, acento escocés fuerte. ‘Bienvenida, señora’. Yo, ‘¿Vives aquí?’. ‘Soy su empleado’. Entré, todo limpio, fuego en la chimenea. Calorcito bienvenido.

Luego apareció Tracy, la sirvienta, bandeja de té en mano. 19 años casi, pelirroja flameante, ojos de gato grises, piel blanca como la mía pero con pecas. Ropa simple, jeans ajustados, camiseta fina que marcaba sus tetas grandes, pezones duros visibles. Me miró, yo a ella… bum, chispa. ‘Buenas noches, señora Neville… eh, Carmen’. Cené sola, pero no podía quitármela de la cabeza. Subí a mi cuarto, enorme cama, vista al mar rompiendo en rocas, olor a sal. Me desnudé, string negro cayendo, tetas libres. Tracy entró a deshacer mi pelo. Nuestros ojos se clavaron. ‘Eres preciosa’, le dije. Ella roja como tomate. Le besé la mejilla, suave, con pecas. Me metí en la cama desnuda, y… chicas, me toqué pensando en ella. Dedos en mi coño húmedo, olor a mi excitación, gemí bajito, corrí fuerte imaginando su boca.

Llegada al manoir y la atracción irresistible

Al día siguiente, su voz clara: ‘Señora, ocho horas’. Estaba inclinada sobre mí, mano en mi hombro desnudo. Mis pezones se pusieron duros como piedras. Aparté la sábana, estirándome desnuda frente a ella. Sus ojos en mis tetas. ‘¿Nelson?’, pregunté. ‘En la ciudad’. ‘¿Solitas?’. Toqué su mejilla. ‘Quiero que seamos… íntimas’. Ella tartamudeó, ‘¿Cama conmigo?’. La desnudé despacio, cremallera bajando, sujetador verde cayendo, bragas al suelo. Cuerpo perfecto, tetas firmes, vello rojo tupido. ‘Eres deliciosa’. La besé, lenguas enredadas, saliva dulce mezclándose, slurp slurp. Rodamos en la cama, piel contra piel, calor subiendo.

‘¿Quieres seguir, pelirroja mía?’, gemí. ‘Sí… uf, qué rico’. Le besé cuello, hombros con sabor a jabón dulce. Mordí tetas, lengua en pezones rosados, duros. Ella jadeaba, ‘¡Señora!’. Bajé a su vientre tembloroso, muslos suaves. ‘Me encanta tu olor, perlas de jugo en tu vello’. Lamí pies pequeños, subí calves, mordí su culo redondo, lengua en la raja. ‘¡Me vuelves loca!’. La puse boca arriba, piernas enredadas. Besos eternos. Luego, entre sus piernas, coño hinchado, olor almizclado embriagador. Lengua dentro, saboreando su miel salada-dulce, chupando clítoris. Ella gritó, cuerpo arqueado, corrida brutal, jugos en mi cara, olor fuerte a sexo.

‘¿Quieres hacerme correr?’, pregunté. Guié su mano pequeña a mi coño chorreante. ‘Estás tan abierta…’. Empujé su puño entero dentro, ¡ahhh!, estirada al máximo, corrí como loca, viscoso saliendo. Le lamí la mano, sabor mío mezclado con ella. Luego descubrí: virgen. ‘Nunca con chico’. Nelson volvió, paramos. Pero esa noche, solas, toasts, té. Yo en camisón transparente, ella sentada a mis pies. Besos, cabeza en mis muslos desnudos, caricias en pelo rojo suave.

Noches de placer salvaje y el secreto sobrenatural

Noche en mi cama. Ella en camisón azul ceñido, tetas marcadas, pubis oscuro. La desnudé, froté mejilla en sus tetas, olor corporal cálido. Cama, besos pasionales, lenguas chupándose. Manos explorando, dedos en coños sin romper himen. Corridas múltiples, jugos por todos lados, piel pegajosa. 69, su lengua en mi clítoris hinchado, yo en su coño, sonidos húmedos chap chap, gemidos ahogados. Perdí el reto, corrí primero.

Días de amor: desayunos en cama, duchas, playa (ella miedo al mar), sexo nonstop. La desfloré en su cuarto, whisky viejo, olor a madera. Dedos suaves rompiendo velo en su orgasmo, sangre mínima. Ella me lamió, lengua experta en mi coño, corrí gritando.

Pero… encontré su tumba en el jardín: Tracy O’Hara, 1568. Ella confesó: fantasma. Muerta ahogada, Nelson también. Solo yo las veía. Para paz eterna, el 15 agosto debía confesar amor verdadero. ‘Te amo’, pero se fue a las 16:10. Llamada anónima irlandesa me salvó en hospital.

Un año después, Steve, descendiente, pelirrojo idéntico olor. Olor dulce-salado como ella. Noche loca: su polla dura en mi boca, semen caliente tragado, sabor salado. Follando toda noche, 6 corridas dentro, sudor, gemidos, piel pegada. Embarazada de él, niña pelirroja nacida 17 mayo. Tracy renacida. Aún huelo su esencia en mi piel. ¿Creéis? Uf, me he mojado contándolo.

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