Ay, chicas, no sé por dónde empezar. Acabo de salir de mi consulta y todavía tengo las piernas temblando. Me llamo Ana, tengo 28 años, soy psicóloga en Madrid y… uf, adoro el sexo. Me pone el riesgo, el deseo que explota de golpe. Hoy ha sido… inolvidable. Ese chico, Matthieu, entró nervioso, balbuceando. Olía a jabón barato y sudor nervioso. Sus ojos, grandes, perdidos.
—Hola, Matthieu. Siéntate, relájate —le dije, cruzando las piernas. Mi falda se subió un poco, noté su mirada bajando. Él se sentó, rígido como un palo. Empezó a hablar, o mejor, a tartamudear. ‘M-m-m…’. Silencio. En su cabeza, juraría que era un lío. Superhéroes, santos, un sargento… todo gritando.
La consulta que se volvió loca
Yo lo escuchaba, pero… mmm, su camisa ajustada marcaba un pecho decente. Imaginé mis uñas arañándolo. Le pregunté quién era. Él dudó, y de pronto soltó: ‘¡Soy SuperMatt!’. Reí bajito, el sonido ronco en mi garganta. ‘¿En serio? Cuéntame más’. Él siguió, voces cambiando: una santa pidiendo paz, otra militar dando órdenes. Olía a testosterona reprimida. Me excitaba.
—Dime, Matthieu, ¿cómo va con las mujeres? —pregunté, inclinándome. Mi perfume, vainilla y musk, lo envolvió. Él se sonrojó. ‘N-n-no…’. Toqué su mano, piel caliente, sudorosa. ‘Quizá necesitas… instrucciones claras’. Sus ojos se abrieron. En su mente, caos: ‘¡No toques al héroe!’, ‘¡Dios nos observa!’, gritaban sus voces internas, lo notaba en sus ticks.
De repente, le susurré: ‘Imagina que eres un actor porno. Órdenes: ponte duro y fóllame aquí, en el escritorio’. Su cara… priceless. Pero su polla… ay, se hinchó al instante bajo los pantalones. ‘¡A pelo!’, gruñó, voz nueva, ronca. Se levantó, manos temblorosas desabrochando. Yo rodeé el escritorio, corazón latiendo fuerte. Le di un condón, lo pilló con los dientes, salvaje.
El clímax en el escritorio
Levanto mi falda, string rojo apretado en mis caderas curvas. Él lo arranca, rasg. ‘¡Joder, qué coño tan jugoso!’, dice, oliendo mi excitación, almizcle dulce. Saca su verga, gruesa, venosa, palpitante. La envuelve torpe en el condón, demasiado justo. Me empuja contra el escritorio. Papeles vuelan, bolígrafo rueda. Clac. Sus caderas chocan mis nalgas. Sudor gotea, salado en mi piel.
‘¡Más fuerte! ¡Fóllame como un animal!’, gimo, voz ahogada. Él obedece, embiste profundo. Siento cada vena rozando mis paredes, llenándome. Mis tetas rebotan, pezones duros contra la blusa. Manos en mi culo, apretando, nalgueando. Plaf, plaf. Cada golpe, eco en la habitación. Huele a sexo crudo, fluidos mezclados. ‘¡Soy el profesional!’, ruge, acelerando. Giro la cabeza, beso su boca, lengua invadiendo, gusto a menta y deseo.
Orgasmo me parte. Grito, ‘¡Sí, coño, sí!’. Piernas tiemblan, coño contrae alrededor de su polla. Él sale, se acaba a pajas, semen caliente salpica mi vientre, pegajoso, blanco. Jadeamos. Huele a clímax, intenso. Se queda ahí, polla goteando, yo desparramada como una diosa follada.
Me recompongo, falda baja, pelo revuelto. ‘Muy bien, Matthieu’. Él, piernas abiertas, aún expuesto: ‘A tu servicio, cariño’. Le doy la nota: ‘Sé tú mismo’. Sale, libre. Yo sonrío, toco mi clítoris aún sensible. Mañana, más pacientes… pero este, uf, inolvidable. ¿Queréis más confesiones? Prometo detalles igual de sucios.