Confesión erótica: Mi noche salvaje en el hotel embrujado de Biarritz

Ay, chica, no sé por dónde empezar. Es que acabo de salir de allí y aún me tiemblan las piernas. Me llamo Sofia, tengo 28 años, soy de Madrid pero vivo en San Sebastián. Me encanta el sexo, ¿sabes? Las sensaciones fuertes, ese deseo que te quema por dentro. Ayer conocí a Gabriel en Biarritz. Un tipo raro, rico, viviendo solo en ese viejo hotel Grizziera convertido en su palacio. Ojos rojos, piel pálida, pero… uf, qué intensidad.

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Estábamos en la playa, las olas rompiendo con ese rugido sordo, salitre en el aire pegajoso. Él me miró desde la promenade, descalzo, con pinta de loco sexy. ‘Ven’, me dijo por el talkie-walkie que llevaba, como si fuera su sirvienta. Subí al sexto piso. El ascensor zumbaba, olor a mar y a desinfectante fuerte, alcohol puro quemando las fosas nasales.

La llegada y el primer roce prohibido

—Eres Victoire? —pregunté riendo.

—No, soy Sofia. Y tú eres el vampiro del hotel, ¿no?

Se acercó despacio, su pyjama de seda gris rozando mi piel. Olía a café fresco y a algo dulce, como truffes de chocolate. Me tocó la cara con manos temblorosas, limpias hasta el delirio. ‘No me toques si no te has lavado’, murmuró, pero sus dedos bajaron a mis tetas, apretando suave. Gemí bajito, el corazón latiéndome fuerte.

De repente, me empujó contra la rotonda vitrada. El océano abajo, agitado, espuma blanca como crema. Sus labios en mi cuello, mordisqueando, lengua salada. ‘Hueles a mar, a vida’, susurró. Le arranqué la camisa, piel fría, vientre redondo suave bajo mis uñas. Él jadeaba, ‘Despacio, todo despacio’. Le bajé los pantalones, polla dura saltando, venosa, goteando ya. La olí, almizcle puro mezclado con jabón.

Me arrodillé, arena invisible en la boca del deseo. Lamí la punta, salada, su gruñido ronco como las olas. ‘Chupa, Sofia, chupa fuerte’. Lo hice, garganta profunda, babeando, él agarrándome el pelo. Tosió un poco, como si le doliera el pecho, pero empujó más. ‘Más, joder, más’. El sabor, umami intenso, pre-semen pegajoso.

Me levantó, me dio la vuelta contra el cristal. Frío en las tetas, calor de su cuerpo atrás. ‘Mojada ya?’, preguntó rozando mi coño con dedos. ‘Empapada’, respondí gimiendo. Entró de golpe, polla gruesa estirándome, dolor-placer agudo. ‘¡Ay, Gabriel!’. Embestidas lentas al principio, piel chocando, slap-slap húmedo. Olor a sexo crudo, sudor salado, mar.

El clímax frente al Atlántico furioso

—Más rápido, cabrón, fóllame como las olas.

Aceleró, manos en caderas magullándome, yo arañando el cristal empañado. El faro parpadeaba a lo lejos, luz blanca en su espalda sudada. Gemidos míos altos, ‘¡Sí, ahí, joder!’. Él gruñía, ‘Eres sucia, viva, me quemas’. Cambiamos, yo encima en su sillón de cuero rojo, oliendo a viejo Margaux. Cabalgué duro, tetas rebotando, clítoris rozando su pubis rasposo. Sensación de lleno total, útero golpeado.

Sus manos everywhere, pellizcando pezones duros como piedras. ‘Córrete, Sofia, córrete en mí’. No aguanté, orgasmo explotando, jugos chorreando por sus bolas. Él se tensó, ‘Me vengo…’, chorros calientes dentro, olor fuerte a semen fresco. Colapsamos, respiraciones entrecortadas, olas rugiendo abajo como aplaudiendo.

Pero no acabó. Me llevó a su cama enorme, sábanas de seda impecables. ‘Límpiate primero’, dijo pasándome alcohol, riendo yo. Segunda ronda, misionero lento, besos profundos, lengua explorando boca con sabor a nosotros. ‘Eres mi Léane’, murmuró febril. No pregunté. Sus embestidas profundas, roce en punto G, yo temblando otra vez. Él lamió mis pechos, succionando fuerte, marcas rojas mañana.

—Dime que te gusta mi polla obsesiva.

—Me encanta, Gabriel, no pares.

Clímax juntos, grito mío ahogado en su cuello, su semen mezclándose con el mío, pegajoso entre muslos. Después, silencio, solo mar y su mano en mi vientre. ‘Quédate’, pidió. Pero amaneció, bajé, piernas flojas, coño palpitando aún. Uf, chica, nunca olvidaré esa noche en el hotel embrujado. El deseo puro, crudo, frente al Atlántico furioso.

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