Confesión caliente: Mi aventura sexual en la expo de Niki de Saint Phalle

Estaba en el Grand Palais, segunda vez con mi hijo. Las obras de Niki de Saint Phalle… colores locos, formas voluptuosas, luces y sombras que me ponían la piel de gallina. Mis sentidos a tope, el arte me abre, me excita el cerebro… y el cuerpo.

De repente, oigo a un crío impaciente. Me giro. Un niño rubio, mamá susurrándole al oído. Se inclina, su escote… uf, el surco entre sus pechos, encaje negro asomando. No, espera, soy yo la que cuenta. Soy yo, la española de 28 años, rubia con coleta, pantalón ajustado, tacones que clac-clac.

El flirteo ardiente en el museo

Siento una mirada clavada. Levanto los ojos. Él. Alto, artista vibe, ojos que me desnudan. Me sonrojo, pero… me gusta. Sonrío coqueta, arrastro a mi hijo a otra sala. Miro atrás, él me sigue con la vista. Mi coño palpita ya, humedad sutil entre las piernas.

Paso el peso de una pierna a otra, explico las esculturas a mi pequeño. Siento su mirada en mi culo, en mis curvas. Imagino sus manos… ay, qué calor. Huele a museo, a pintura vieja, pero su perfume lejano me llega: madera, hombre.

Me alejo a una zona oscura, Klimt vibes en las esculturas. Él se acerca. No dice nada, pero está ahí. Mi hijo pregunta por las formas gordas. ‘Es para proteger la belleza, mi amor’, le digo bajito. Él escucha, cerca. Su calor me roza la espalda.

Me inclino a mi hijo, mi culo casi lo toca. Oigo su respiración pesada. Me excita. Sigue el baile: yo avanzo, él me pisa los talones. En la sala de proyecciones, nos sentamos juntos en un cubo. Cerca, muy cerca. Mi muslo roza su mano. No se aparta.

En la pantalla, Niki habla. Mi boca entreabierta, pechos subiendo con cada aliento. Su meñique toca mi pantalón. Temblor en mi piel. Absorbo el film, pero siento su mirada. Mi hijo se va, él susurra: ‘Tu hijo te espera en la tienda’. Me levanto, pero antes…

Última sala. Él se acerca, tropiezo fingido, manos en mis caderas. ‘Perdón’, dice. Me arqueo un poco, siento su polla dura contra mí. Dura, caliente. Asiento, no digo nada. Luego, papel en el suelo: su número. Lo recojo, lo guardo. Corazón latiendo fuerte.

La noche de sexo explosivo y real

Esa noche, sola en casa. Hijo dormido. Marco. ‘Hola… soy la del museo’. ‘Ven’, dice ronco. Taxi rápido. Su piso: olor a arcilla, taller de artista. Me besa en la puerta, salvaje. Lenguas enredadas, sabor a menta y deseo. Manos en mi coleta, tira suave.

‘Quítate eso’, gruñe, desabotonando mi blusa. Pechos libres, saltan. Areolas grandes, pezones duros. Los chupa, muerde. ‘¡Ay, sí! Más fuerte’, gimo. Huele a mi perfume mezclado con su sudor. Manos en mi culo, aprieta carne.

Pantalón abajo, tanga empapada. Dedos en mi coño, resbaladizos. ‘Estás chorreando’, dice. ‘Por ti, desde el museo’. Lo empujo al sofá. Desabrocho su pantalón. Polla gruesa, venosa, gota precúm en la punta. La lamo, salado, caliente. Chupo profundo, glups ruidosos.

‘Joder, tu boca…’, jadea. Lo monto, coño abierto sobre él. Deslizo lento, sensación de lleno total. ‘¡Qué prieta!’, gruñe. Cabalgo fuerte, tetas rebotando. Sonidos: chap-chap húmedo, piel contra piel. Sudor goteando, olor a sexo puro.

Me gira, a cuatro. Entra brutal, cachetazo en culo. ‘¡Más, fóllame duro!’. Empuja, bolas golpeando clítoris. Grito, orgasmo viene: contracciones, jugos bajando piernas. Él acelera, ‘Me corro…’. Chorros calientes dentro, lleno, rebosa.

Caemos jadeantes. Besos suaves. ‘Vuelve al museo conmigo’, dice. Sonrío. ‘Solo si acabamos así’.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *